¿La leyenda se despide?

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Foto: Roberto Ruiz

Imagen: La Jiribilla

Un poeta que solía especular con la tiranía del tiempo dijo alguna vez que todo lo que tiene fin es breve. El verso vino a mi memoria cuando supe, a inicios de este 2014, que Buena Vista Social Club (BVSC) emprendería la gira del adiós, un periplo mundial que debe culminar en 2017.

De acuerdo con ese anuncio, la duración de este fenómeno de la música cubana no llegará a completar dos décadas. BVSC comenzó a ganar crédito comercial en 1997, casi un año después de que la grabación del disco que consagró el nombre del proyecto se hiciera realidad en La Habana. La obtención del Grammy fue un pasaporte para trascender fronteras y abonó el camino para que de inmediato el célebre cineasta alemán Wim Wenders filmara el documental homónimo, laureado en diversos festivales.

No voy a detenerme en la historia de Buenavista, aunque valdría la pena en otro momento ponerla definitivamente al derecho, sin las tergiversaciones ni mitificaciones que han permeado el proceso de incubación y desarrollo de un proyecto de múltiples aristas.

Bastaría comprender, por ejemplo, que BVSC no fue ni es una resurrección de músicos preteridos, como tampoco mero producto de una operación transnacional de la industria del espectáculo, llevada a cabo por el sello británico World Circuit, encabezado por el promotor Nock Gold, y el guitarrista y productor norteamericano Ry Cooder.

Si bien es cierto que varios de los protagonistas del primer disco y parte de su saga posterior no habían gozado hasta ese momento de un reconocimiento global a la altura de sus méritos profesionales, tampoco eran desconocidos en su tierra. Aún el más golpeado por la crisis de los 90, Ibrahim Ferrer, había tenido su momento de gloria a la vera de Pacho Alonso en el conjunto Los Bocucos.

Gold y Cooder vinieron a La Habana no con la idea preconcebida de armar el BVSC. Ya tenían contacto con Juan de Marcos González, conocido por su liderazgo en el conjunto Sierra Maestra y su contumaz batalla por preservar y actualizar las tradiciones soneras. El disco Dundumbanza se hacía de un espacio en el público europeo. Los de World Circuit inicialmente pensaban aprovechar la atmósfera peculiar de los estudios de la EGREM de la calle San Nicolás en medio de la extraña fascinación que ejercía Cuba en una época donde la palabra socialismo parecía condenada a los museos, y grabar allí a músicos africanos y cubanos, con Cooder y su hijo Joachim (percusionista) como puentes. 

Los africanos nunca llegaron y Juan de Marcos, que sabía de la riqueza con que contaba a la mano, completó el elenco y propuso un repertorio en el que, por cierto, no todo era son: sino un abanico de géneros tradicionales.

Buena Vista tampoco era una apuesta cerrada. De hecho se grabaron dos discos y, para acomodarlos comercialmente, a uno se le llamó Buena Vista Social Club, por el danzón homónimo,y al otro A toda Cuba le gusta con el Afro Cuban All Stars. El primero, que corrió mejor suerte, se decantaba por un formato instrumental más cercano a la sonoridad de los antiguos septetos y las agrupaciones danzoneras; el segundo, también nominado al Grammy y con buena aceptación en el mercado, apuntaba más a la transición del conjunto típico de finales de los 40 al tipo de orquesta que cristalizó en la radio y las grabaciones en la década siguiente. En ambas combinaciones hubo muy buenos boleros.

Las voces de Compay Segundo, Eliades Ochoa, Ibrahim Ferrer, Omara Portuondo, Manuel Licea (Puntillita), Pío Leyva y Raúl Planas fueron decisivas en el proyecto, pero también el oficio y la gracia del pianista Rubén González, del guitarrista Manuel Galbán, del laudista Barbarito Torres, del contrabajista Orlando López (Cachaíto), del timbalero Amadito Valdés, del trompetista Manuel Mirabal (El Guajiro), en líneas consolidadas en el tiempo por el trombonista Jesús Ramos (Aguaje), que ha llevado el peso de BVSC en giras y conciertos, y en más de un momento por su colega Demetrio Muñiz.

BVSC no cayó del cielo. Surgió en el lugar preciso en el instante adecuado.Una generación de vocalistas e instrumentistas cubanos tenía muchos caudales que ofrecer, afincados en la tradición pero no desde una visión arqueológica de esta: eran portadores vivos y como tales actuaban en su entorno sonoro natural.

La música cubana, aún antes de las míticas grabaciones en La Habana, volvía desde comienzo de los 90 a los planos estelares en los circuitos internacionales. Compay Segundo ya se había convertido en un ícono en París; el Cuarteto Patria, con Eliades Ochoa, saltaba el marco referencial de los especialistas, y más allá de los músicos de BVSC, otros como Frank Emilio Flynn y Los Amigos, Vieja Trova Santiaguera, Los Jubilados, los Septetos Nacional y Habanero y las Hermanas Ferrín estaban dando batalla.

Era también la hora de las llamadas músicas del mundo, con una mirada discutible, pero mirada al fin, hacia las identidades particulares de los complejos sonoros del Tercer Mundo. Además, de la saturación de la electrónica se pasaba hacia los planos acústicos.

Buena Vista concluye pero no termina. La paradoja quedará despejada en la medida que sus grabaciones y testimonios audiovisuales continúen activos y enriquezcan los espíritus abiertos a la excelencia musical y la autenticidad que la sustenta.

Imagen: La Jiribilla

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