Literatura

La literatura y el arte pueden salvar al hombre (II)

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba
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Tiene aspecto de princesa y una melena leonada que hiende el viento. Es, sin embargo, una cubana cuando le escuchas  hablar y disfrutas su presencia en la escena. Ama los niños y ama el amor. Escritora prolífera pese (o gracias) a su juventud. Se lamenta de las pérdidas de una era globalizada y afirma que su esencia es la del árbol. Le hubiera gustado ser muchas cosas, quizá viajante en el Tiempo, aunque de algún modo la literatura le da ese permiso. Mujer comprometida con su época, que es, inevitablemente, momento de mejoramiento humano para redimir a la especie. Mirándose frente al espejo mágico de su vida y obra, Elaine Vilar conversa hoy para destejernos su quimera existencial, como un personaje más de aquellos que tanto admira o de esos, que a diario, sus afanes de diosa-araña, tejen frente a la insondable página en blanco…

Sé que has sido una activa promotora de la fantasía entre nosotros en revistas digitales, conferencias, eventos, etc. ¿Puedes hablar de los frutos de este trabajo?

He estado vinculada al movimiento de la ciencia-ficción y la fantasía en Cuba —una corriente de renovación e impulso, debo destacar— desde aproximadamente el año 2007. Gracias a eso he tenido la oportunidad de ser promotora, colaboradora, fundadora y coordinadora de muchos proyectos que han visto la luz en los últimos años, lo que constituye un maravilloso privilegio para un joven creador.

Te comentaré sobre todo de Espacio Abierto, taller literario especializado en el género fantástico del cual soy coordinadora, el cual pretende fomentar el gusto por ese tipo de literatura, amén de la formación escritural y teórica de nuevos valores literarios. Llevamos más de cinco años realizando nuestra labor —no solo en La Habana, sino en el resto del país pues somos un taller de alcance nacional que, a su vez, ha realizado seis ediciones homónimas de un evento teórico—: como resultado, hemos lanzado nuestra primera antología: Hijos de Korad, que fue publicada por la Editorial Gente Nueva en el 2013 (cómplice y culpable es también la editora Gretel Ávila, madre de la colección: ¡larga vida a Ámbar!). Hijos de Korad obtuvo recientemente el Premio Juracán, otorgado por el Proyecto Dialfa-Hermes y el fandom cubano al libro fantástico más gustado entre los años 2012 y 2013.

Como ves, la salud de los proyectos de ciencia-ficción y fantasía se encuentra en una edad de oro: apoyo institucional, espacios de creación, editoriales que reciben los textos y la mejora de un estado de opinión hacia el género (¡venía siendo hora hace mucho, pero vale más tarde que nunca!) son algunas de las variables que podría mencionarte como indicadoras. Además, hemos desarrollado nuestra propia revista digital (que soñamos hacer en papel algún día no muy lejano): Korad, que recoge lo mejor de la producción nacional e internacional tanto en artículos teóricos literarios relacionados con el género como también en los campos de la narrativa, la poesía, la plástica, etc. Este mes inauguramos un nuevo diseño digital, más atractivo y de fácil manejo para nuestros usuarios y lectores.

Un poco más recientemente, fundé un espacio literario que pretende solventar —al menos, todo lo que pueda hacerse desde una escala humana y personal, aún sin apoyo institucional— la carencia de lugares donde los jóvenes inéditos o menos conocidos en el ámbito literario nacional puedan mostrar sus textos, inquietudes y sean capaces, así, de entablar polémicas y diálogos con otros creadores. Punta de Flecha —que así se llama— es un espacio realizado por una joven creadora para otros jóvenes creadores: podría decirse que es también una deuda de amistad. No solamente promueve la fantasía y la ciencia-ficción, sino todos los géneros que se escriben en Cuba: desde la décima y la poesía erótica, hasta la novela, la dramaturgia, la crítica literaria… todo encuentra su lugar.

Imagen: La Jiribilla

¿Te identificas con el movimiento de autores que están renovando en Cuba la CF y la fantasía?

Por supuesto. Más que movimiento, creo que somos una familia (por favor, evitar las implicaciones o deducciones mafioso-literarias) que trabaja junta por el mejoramiento del género. Mi generación escritural ya es heredera del trabajo de otros que, durante años, lucharon en un metafórico desierto. Ahora, como ya comentaba antes, el panorama ya comienza a verse esperanzador.

Creo que sería imposible no identificarme con el movimiento porque, como muchos otros creadores, siento una responsabilidad hacia el género y hacia los que sueñan con escribirlo. Esa es una de las facetas que aprendes cuando coordinas —junto a otros— un taller literario: asumes una posición ante la creación y la otredad que viene cargada de compromiso prolífero, no castrador, capaz de enriquecer tu creación tanto como el trabajo frente a la página en blanco. Y que, además, te obliga a mantenerte siempre en un constante ejercicio de autocrítica y revisión, de corrección y asimilación de nuevos proyectos.

¿Crees que la CF y la fantasía que hoy se escriben en Cuba se conectan con nuestra realidad de algún modo?

Quizá no toda, pero sí lo hace buena parte de la literatura fantástica que se escribe en la Isla. Aunque, debo decir, no es que ese sea objetivo a priori de lo que se proyecta en la página, y no por eso se debe calificar necesariamente de “literatura o creación escapista”. Creo que existen procesos más comprometidos con la realidad que otros. Algunos solo buscan lo lúdico u otras realidades que existan al margen de nuestros procesos e ideas. Al final, en lo único que redunda todo es en una polifonía de registros escriturales. Pero, ¿acaso no es eso lo que debería ser la buena literatura de género en cualquier país?

Sin embargo, ¡alerta! Invito a quienes lo deseen a buscar cualquier libro de autor fantástico cubano o antología de cuentos y verán entonces cómo prima la crítica y el compromiso, el llamado a mirar determinado proceso o realidad, con la capacidad de poner ante los ojos del lector un juego ficcional que muestra determinadas variables… En cambio, solo te exige mirar, comprender y — ¡oh, utopía!— actuar. Es ese el pilar de nuestros juegos ficcionales.

Imagen: La Jiribilla

¿Eres parecida a alguno de tus personajes?

Por semejanza o radical diferencia, ando por las páginas de mis libros convertida en los mil rostros de mis personajes. Y no solo yo, sino personas que he querido y conocido. El escritor voyeur es, sobre todo, un perfecto observador que va —cámara fotográfica mental entre las manos— y roba instantáneas al tiempo y la inmediatez. Luego, esas imágenes se procesan por largo tiempo y se transforman en algo: cuento, escena, personaje, el epicentro de una novela. Antes de sumergirme en la contemplación, trato de mirarme primero y descubrir el yo que muestro y el yo que reservo solo para mí. Y procedo entonces a robar mis propias instantáneas y recuerdos, los camuflo, transformo, pinto aquí y allá… no por miedo a la desnudez literaria, sino porque mi creación no pretende —al menos hasta hoy— tener visos autobiográficos.

Eso sí, me encanta cuando mis amigos o familiares se descubren en alguna escena o parlamento, o piensan que un determinado personaje se parece a mí (o a esa Elaine que ellos creen que soy, todo es cuestión de perspectiva). Quizá tengan razón. En las novelas que actualmente escribo es donde aparecen más aristas de mi rostro, pero no vale hablar de lo todavía inédito, ¿no?

¿Reconoces en tu estilo alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?

Indudablemente: es que en la literatura, en el arte en general, siempre somos hijos, nietos y bisnietos de alguien. Uno arrastra las taras y virtudes de aquellos que nos han marcado desde el punto de vista de la escritura. Lo que sucede luego es que el escritor arroja toneladas de pintura, pátinas de la creación propia para intentar disimular esas influencias. Algunos —escritores acomplejados o autosuficientes— incluso afirman que no son hijos de nadie, partenogenéticos genios que no deben ni buscan otra mirada que no sea la su propio codo y pluma.

Entonces sí, claro que soy deudora de una tradición de autores. En base a asimilaciones y rupturas y, sobre todo, de estudio, he tratado de encontrar rasgos que me definan, cosechas propias, líneas de trabajo que hablen de mi realidad y del ser que soy, en mi contexto y experiencia.

Imagen: La Jiribilla

¿Quién es tu héroe de ficción? ¿Quién, tu villano?

No me atrevería a hacer un top 5 de los más odiados y queridos, pero al menos aquí van algunos. Tengo varios héroes amados e inolvidables (¿traicionaré a alguno con el olvido?). En los campos del fantástico, supongo que me siento inclinada hacia Tyrion Lannister, de la reconocida saga Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin y que el público cubano podrá reconocer más fácilmente por la presencia en las pantallas, a través de la serie Juego de tronos. Y tendría que mencionar también a los monstruosos héroes — ¿o antihéroes?— de Las moscas, de Jean Paul Sartre: Electra y Orestes.

Y villanos: desde Hannibal Lecter (tanto el patrón narrativo como cinematográfico) hasta llegar al Macbeth de la tragedia homónima, de William Shakespeare. Estos van acompañados por esos otros personajes contaminados de luces y sombras que aparecen en Cien años de soledad, del Gabo. Tampoco podría renunciar a los dramatis personae —si me permites el empleo del término dramatúrgico— de la obra de Gina Picart: su noveleta Malevolgia me parece un delicioso texto donde las criaturas literarias luchan por microespacios de poder, cada vez más reducidos y caducos.

¿Qué te aportó haber estudiado en el Centro Onelio Jorge Cardoso?

Vivir el Centro Onelio desde el compromiso con la literatura es una experiencia mágica que ningún joven escritor, inquieto por la virtud y la búsqueda de conocimiento, debería rechazar. Te hablo de magia sin ningún afán tremendista ni hiperbolizado. Es que el Centro Onelio es el reflejo de sus maestros y coordinadores: un lugar espiritual para comunicarte con los otros, un refugio para la desnudez escritural, un espacio para la experimentación. ¡Ojalá existieran muchos Heras León y otros muchos sitios como ese! Sobre todo porque uno llega allí con ínfulas de sabiondo, deseos de escribir y algunas herramientas empíricas: la primera lección del Centro es la humildad. Luego, aprendes la entrega frente a la página en blanco y, cuando menos te das cuenta, llega también el placer. Es entonces cuando sabes que estás atrapado: el mundo de la escritura se convierte en tu universo.

Los aportes del Centro Onelio Jorge Cardoso son invaluables en mi obra y en mi experiencia como ser humano. Porque en el Centro no solo se habla de literatura ni técnicas narrativas, sino también sobre ética y virtud, sobre desafíos y respeto ante el oficio, sobre entrega y esperanza; esos valores que no deberían olvidarse en estos tiempos que tanto lo necesitan y en un mundo —el arte— donde deberían primar por encima de todo.

¿Qué es lo que te enciende emocional-creativamente?

Muchísimas cosas. Trato de mantener la chispa siempre encendida, en los sentidos más amplios de la palabra. Tanto emocional como creativamente, me enciende encontrar en los otros pasión y entrega, porque las posiciones de desidia y fatalismo, de proverbial desamparo —que nunca sabré si es verdadero o fingido— tienden a alejarme. Pienso que toda obra de amor, a la larga o a la corta, brillará por luz propia. Intento también mantener vivo el asombro ante la vida. La felicidad me enciende. La tristeza me enciende. Siempre que sean estados auténticos, y no fabulaciones o impostaciones que solo existen para atraer las miradas de los otros. Cuando algo o alguien prende esa chispa en mis emociones, entonces también la creatividad se ilumina, porque no son registros que permanezcan desligados sino que funcionan en sinergia y conexión. Sin la emoción, el arte es solo vacío, la hojarasca de la cuál te hablaba antes y que quizá pueda convencer a algunos sapientes críticos o jurados pero que, en realidad, solo es palabrería hueca.

Imagen: La Jiribilla

Aparte de tu profesión actual, ¿qué otra cosa te hubiera gustado ejercer? ¿Qué profesión nunca ejercerías?

Cantante de teatro musical. Me habría encantado dedicar más tiempo de mi vida —tiempo comprometido y de total entrega, quiero decir— a la música. Tal vez mezclarla con la actuación —mi otro gran amor— sería la solución más justa. Además, también combinarla con el baile, el cual adoro.

Quizá habría sido una buena maestra, que es la profesión más humana y sublime, llena de ese altruismo necesario y nunca suficiente. Es curioso: todas las carreras que te menciono las he realizado temporalmente, al menos. Solo lamento no haber podido extender más mi trabajo en determinados perfiles pero, como siempre, era elegir entre la literatura y lo demás. ¡Y literatura es, fue y será siempre!

Ahora: jamás sería doctora. Respeto muchísimo la profesión, pero requiere de unas agallas y sangre fría que yo no poseo. No puedo imaginarme con un bisturí en la mano, ni aun sabiendo que eso salvaría la vida de un ser humano. Ni tampoco me atrevería nunca a ser piloto o aeromoza, porque las alturas no son mi espacio…

En algún momento escribiste en un poema que tu esencia es la del árbol, ¿por qué?

La frase es de Grotowski y dice: La verdadera expresión es la del árbol”. Y, por supuesto, cuando hablamos de expresión se alude también a una esencia, perceptible o secreta del ser humano. Para mí, el árbol es una de las metáforas más hermosas de la eternidad y la vida, ¿recuerdas que te comentaba antes que la vida de un ser humano no recorre ni la mitad de la de una secuoya? Entonces, creo que los árboles/el bosque son los símbolos más certeros y tangibles de que existe una inasible eternidad, presente en todo (llámese dios, creador, demiurgo, o como se quiera).

Los árboles aparecen sobre todo en mi poesía. Pronto verá la luz mi cuaderno Framboyán (Ediciones La Luz, Holguín): poemas que hablan sobre mis preocupaciones acerca del paso del tiempo y de la perdurabilidad a la que podemos aspirar los hombres. No solo en Framboyán, también en mis otros textos los árboles están presentes: son parte de mis recuerdos de niña, de mis silencios, de mi miedo a caer, de mi miedo al vuelo. Me veo en ellos y pienso. Veo también las ramificaciones de mi familia, muchos de ellos alejados por avatares del destino y por las circunstancias vitales de una época.

Entonces, sí: mi esencia es la del árbol. Lo intenta.

¿Cómo te ves a ti misma?

Sigo siendo la misma niña que hace casi 19 años dijo como en juego: “Quiero ser escritora”. Le he sido fiel a esa niña y a sus deseos, y ella también lo ha sido conmigo.

¿Tienes rituales a la hora de escribir? ¿Un sitio específico? ¿Un conjuro antes de sentarte?

Antes tenía muchos rituales. Me gustaba escribir de noche porque tenía tiempo para hacerlo. Podía hacerlo hasta las cuatro de la mañana y luego despertar a las 11 del día siguiente como si nada. Pero las rutinas universitarias me han quitado la “mala maña” (¿o era buena?, ya no recuerdo). Hoy día, tengo horarios estrictos y trato de exigirme lo más posible; a veces, incluso, afectando las rutinas familiares o sacrificando el tiempo de los otros. Recuerdo que en aquellos años de escritura libre solía escribir con música: rock progresivo, clásica o celta. La música siempre ha sido vital en mi vida, y en los caminos de la escritura era una herramienta que ayudaba a construir determinadas atmósferas de trabajo.

Ahora, la verdad es que escribo donde me coja el reloj y el tiempo (ahora mismo respondo tu entrevista sentada en el suelo y escucho la música falsamente romántica que mis vecinos imponen como background). La música no me desconcentra, pero ya no la necesito para construir mis espacios narrativos, poéticos o dramáticos. En realidad, puedo escribir bajo casi cualquier condición, aunque siempre prefiero cualquier espacio de mi casa para hacerlo. Suelo sentir una determinada incomodidad cuando no tengo cerca la disposición de lo conocido.

Aunque esta puede parecer una cruel pregunta, suelo hacerla a mis entrevistados. En el lance de un naufragio ¿cuáles libros escogerías para llevarte contigo? ¿Alguno de los que has escrito?

¿Puedo llevarme la obra completa de Saramago, Faulkner, Martí y Sartre? Ojalá. Y permíteme también el exceso: no podría abandonar La estación de la calle Perdido, de China Miéville y Vergüenza, de Salman Rushdie.

¿De los míos? El que en el momento del naufragio me encuentre escribiendo. Así garantizo mi felicidad en la isla desierta.

Si se te diera ser algún personaje del canon de la literatura, ¿cuál escogerías?

Esta pregunta es más cruel aún. Supongo que sería la Belle de La Bella y la Bestia, de Madame Leprince de Beaumont. No me importa si la historia se considera demodé o el tratamiento epocal de la escritura sea demasiado convencional: sigo creyendo en la magia y en el poder del amor que ve a través de lo aparente.

¿La princesa Elaine cree en el amor?

Tanto como creo que la literatura y el arte pueden salvar al hombre. Todo lo que sea tocado por amor tiene “la esencia del árbol” y crece.

Siempre trato de vivir y escribir con amor: aun lo que en mi obra parece angustioso o desamparado, desvirtuado o roto, lleva siempre esa genésica luz. E intento actuar siguiendo esa norma de hacer bien y no dañar, que es también otra manera de amar… casi siempre menos comprendida.

Imagen: La Jiribilla

De verte frente a un espejo mágico, ¿qué le preguntarías?

Me gustaría ser entonces bien vieja, para que la pregunta tenga entonces más sentido que ahora. Pienso que entonces sabré interrogar a ese espejo mágico con verdadera astucia. Veamos: Elaine anciana preguntaría: “¿Puedo volver a empezar de nuevo? Prometo que esta vez lo haré todo mejor”.

Y espero que ese espejo mágico pueda también complacer deseos (no necesito tres, con uno basta).

¿Puedes adelantar a tus lectores cuál es tu próxima obra por aparecer, en qué estás trabajando ahora?

Trabajo en mi proyecto de tesis, a punto de definir el tema que —si todo marcha bien— ha de tocar a la figura de Rasputín, el llamado monje loco o diablo santo de la Rusia Imperial. Ahora mismo me encuentro en fase de investigación y estudio.

Pero, además, estoy literalmente enfrascada en una batalla campal de escritura: me refiero a mi última novela, El trono de Ecbactana, que retoma elementos de El Fantasma de la ópera, de Gastón Leroux, pero en clave de steampunk, un subgénero del fantástico bastante poco conocido en Cuba. La novela no es precisamente una reescritura del texto Leroux, pero sí le debe puntuales referencias que es necesario no obviar. No puedo decir que todavía me encuentre dándole los famosos “toques finales”, pero avanza a buen paso. Por ahora, El trono de Ecbactana ocupa mi tiempo y espacio: no puedo imaginar mejor cosa para ser feliz.

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