Elegir ser Hilda Oates

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Bastó que pusiera una imagen suya en mi página de Facebook para anunciar su fallecimiento, y comenzaron a sumarse, bajo esa foto que la deja ver en María Antonia, mensajes de cubanos de cualquier parte del mundo para unirse a mi despedida. Lilian Rentería hizo lo mismo, evocándola en los días en que compartían las tablas durante las funciones de Mariana, y más palabras en su honor llegaron a ese sitio desde el cual, a partir de ahora, Hilda Oates se sabrá recordada. Que haya muerto una actriz de imagen tan imborrable, de voz tan poderosa, de personalidad tan estremecedora, nos conmueve y nos deja saber las muchas aristas de esta pérdida. Con ella no morirá María Antonia, el personaje que Eugenio Hernández Espinosa le regaló en la puesta fabulosa de Roberto Blanco, pero sí una manera de hacerlo sentir, de comunicar a la platea la tragedia de esa mujer republicana que pedía a gritos un jarro de hombres que beberse a pulso, o nos advertía en frase inolvidable acerca del uso de un cuchillo. Queda una grabación en video de su modo de adueñarse de María Antonia. Queda más: el mito de ese espectáculo en el que ella salía triunfante a recibir los aplausos. Aunque nunca la viéramos creerse mítica, ni leyenda en pose, Hilda Oates fue una mujer que no conocía límites entre la escena y su existencia.

Imagen: La Jiribilla

El apellido le venía de Jamaica, pero nació en Guanabacoa. Como su madre, fue criada, y sin embargo alentó el sueño de hacerse actriz. El recuerdo de una rumbera a la que vio en un circo de paso la fascinó, y al triunfo de la Revolución, al ver la convocatoria de la Academia de Arte Dramático, dejó su trabajo como sirvienta en una casa del Vedado y allá se fue. Me contó que le dijo a la dueña de la casa: “Voy a ser actriz, como Raquel Revuelta”. Y ante las risas de la señora, se largó de allí. Y se llevó una cartera que le gustaba, como respuesta a aquellas carcajadas. Qué habrá dicho aquella mujer desdeñosa si es que llegó a saber que Hilda Oates repletaba el Teatro Mella, en 1967, cuando María Antonia convocaba a cientos de espectadores. Y qué cosa rara, pensar ahora, a diez años de la muerte de Raquel, en todas las grandes actrices cubanas que la tuvieron como ejemplo y modelo. El tiempo hilaría lo suyo, y muchos años después, Raquel dirigía, en Teatro Estudio, a Hilda Oates.

Haber entrado al Conjunto Dramático Nacional no le bastó para ser una figura reconocida. Pasó por diversas experiencias, incluyendo el teatro de títeres. Roberto Blanco la probó una y otra vez hasta convencerse de que ella podía ser María Antonia. Fue la de ellos una de esas relaciones extraordinarias en las que ambos talentos se combinan hasta cruzar lo insospechado: se necesitaban, entendían, discutían y peleaban a sabiendas de que uno dependía del otro. Hilda nunca quiso bailar en escena, y cuentan que Roberto, en un ensayo general de la obra que la consagró, le rompió en la cabeza el abanico de Oshún que ella se negaba a manejar. Pero esas son solo anécdotas. La reclamaba para sus siguientes puestas en escena, y la mantuvo a su lado una y otra vez. Como las grandes pasiones, una pelea los alejó casi definitivamente. Pero tal vez ella nos regaló su mejor aparición cuando, ante la tumba de Roberto, declamó los versos martianos que él le enseñó, desgarrándose en aquel tono épico tan suyo, que esta vez era un adiós que no necesitaba de las luces de ningún escenario.

Fue también la actriz de otros creadores, que supieron encontrar en ella un índice de verdad que la hacía de algún modo una presencia siempre llamativa. Se cuenta que en Teatro Estudio, cuando Berta Martínez la eligió para que encarnara a la Madre de Bodas de sangre, hubo su revuelo. Pero durante la gira triunfal a España que tuvo aquel montaje deslumbrante, la propia Raquel aclaró, en una conferencia de prensa, el porqué de tal elección más allá de cualquier suspicacia. Con Berta, también, hizo La casa de Bernarda Alba. Hace ya 30 años, al entrevistarla para la revista Tablas, Juan Carlos Martínez confesaba que ver a Hilda interpretando a la Criada de la puesta, le hacía pensar en cómo esta mujer empleaba fragmentos de su biografía, para hacer más nítida la imagen de su personaje. Armando Suárez del Villar la convirtió en Clitemnestra Plá, y en la Madrina de Santa Camila de La Habana Vieja. También la reclamó para Réquiem por Yarini. Y a Lorca regresó, de la mano de Roberto Blanco, ya con Teatro Irrumpe, como la Clavela de Mariana. Su grito en la escena final marcaba un clímax en el que, combinándose con el talento de Roberto Bertrand, Lilian Rentería o Susana Alonso, vibraba la sala Covarrubias, y aquel drama de juventud se alzaba a los tonos de una gran tragedia.

La vi esperar pacientemente durante los ensayos de Un sueño feliz, la pieza de Abilio Estévez, en 1991, para dejarse ver solo al final de la obra, como la Marquesa viuda de Campo Florido. En los ensayos de Dos viejos pánicos, le hacía maldades a Omar Valdés, con quien tejió una relación no menos colorida ni contrastante. Fue ella quien estrenó el personaje de la Reina, en la primera puesta de Perla Marina, también de Abilio, que recuerdo en una función de aquel año 1993, en la que no faltó el apagón inevitable, y hubo que esperar a que regresara la luz para llegar al ciclón que finalizaba aquel acto de fe en el que los poetas cubanos volvían al teatro para salvar un hálito de espiritualidad. Entre una puesta y la otra nos veíamos, me contó anécdotas tremendas y delirantes. Ella misma era una sorpresa viviente, escribiendo poemas, en pos de nuevos amantes. Libre y segura de su paso.

Imagen: La Jiribilla

El cine cubano y la televisión, si bien la reclamaron, no le ofrecieron casi nunca papeles a su altura. Qué hacer con una cámara y aquella mujer negra y retumbante, que como ella mismo dijo, le devolvía a Roberto Blanco todas sus indicaciones de modo mucho más grande. Cuando se le entregó el Premio Nacional de Teatro a Eugenio Hernández Espinosa, ella, que ya tenía ese galardón, volvió a las tablas del Hubert de Blanck para revivir uno de los parlamentos de María Antonia. Bastó que entrara a escena. Pudo incluso no haber dicho una sola palabra. Los que la vimos en ese instante sabíamos que con su sola presencia, ella era el teatro, y una de las grandes presencias de toda nuestra memoria escénica.

Fui a su casa a entrevistarla en el 2005. Le pregunté qué había de María Antonia en Hilda y viceversa. Me dijo que había mucho de común entre ambas. Pero que si tuviera que elegir, siempre sería Hilda Oates, porque ella buscaba la paz y amaba la poesía, pero María Antonia era, así la definió, un volcán. Quise ir más allá en el tema y me gané mi merecido. Le pregunté, como final del diálogo, qué quedaba aún en ella de la María Antonia de la primera función de uno de los clásicos de nuestra escena. Y entonces hizo una de esas cosas que solo los grandes artistas pueden hacer a los demasiado curiosos. Me agarró la mano derecha, se la puso entre sus piernas y me dijo: “Eso que estás tocando está en el mismo lugar del día del estreno.” Y nos echamos a reír. Así quiero recordarla, lista para la fábula tremenda, actriz de cuerpo entero.

La vi por última vez subir a escena durante la temporada que nos devolvió a María Antonia, en el montaje que su autor dirigió en el Teatro Mella. Se empeñó en alentar y acompañar a Monse Duany en su caracterización del personaje que ella misma había parido, al que le había dado su estatura, su gesto, su garganta, algo de su biografía. Como una madre, celosa y al mismo tiempo ansiosa de dar, seguía los pasos de la actriz que ahora decía las que fueran sus palabras. Y salía a recibir nuevos aplausos, cada vez que iba a una función, compartiéndolos con todo el elenco. Para cerrar la noche del viernes, me fui a ver a Monse, en el café Bertolt Brecht, donde se presentaba con Las lágrimas no hacen ruido al caer, el texto póstumo de Alberto Pedro. Monse, por supuesto, le dedicó la función. Cantó para ella temas como:“Tu voz”, o “Pruebo”. Le rindió tributo como se merece: desde las tablas. Desde ahí quiero recordar a Hilda Oates, desde ese mismo cardinal. Con su voz entera, que hacía estremecerse al Mella o la Covarrubias. Orgullosa de esa corona de girasoles que va lucir eternamente.

Comentarios

Gracias Norge. Gracias por la magia de tus palabras que me hacen llorar y reir con la pasión que se respira junto a la grandeza de nuestra actriz Hilda Oates.Gracias!

gracias Nirge, muy linda crónica sobre alguien tan especial. La seguí en su extenso y valioso recorrido por las tablas y como éramos vecinas con apenas dos cuadras de separación, siempre nos encontrábamos y mucho conversábamos, de todo, alegre, a veces algo dispersa ya hace dos años cuando estaba convalesciendo de unos malestares, ya después no la volví a ver, ahora me entero de su mutis , siempre habrán de seguirla llos aplausos de los que fue dueña! EPD, HILDA OATES,

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