Como mi madre, Hilda

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Se me pierde en el tiempo el primer encuentro personal con Hilda Oates. No sé si fue rastreando información para una entrevista a Roberto Blanco o en aras de convocarla a una intervención pública en un evento. Sí recuerdo que la visité en su pequeño apartamento ubicado en Playa. No puedo precisar cuándo sucedió. Pero desde entonces tuvimos una cálida relación, salpicada por las chispeantes salidas de Hilda ante cualquier cosa y su transparencia total ante cualquier pregunta.

Imagen: La Jiribilla

En el teatro había sucedido mucho antes, en el Hubert de Blanck o en la sala Covarrubias haciendo Baltasar, de la Avellaneda. De esa puesta salió una anécdota que cuento con frecuencia. Los testigos fueron mis compañeros de Actuación, del Instituto Superior de Arte, que figuraban en la puesta en escena de Armando Suárez del Villar. Hilda atravesaba la escena portando una antorcha encendida y clamando “¡Baltasar, Baltasar!”, pero la antorcha se apagó y ella, al tiempo que daba la cara al público en la desesperación de su personaje, se pegaba a las cortinas volteando el rostro y exigía imperativa al resto de los actores: “Fuego, que esta mierda se apagó”, y una palabrota.

Desde mucho antes, arrastraba la leyenda de ser María Antonia, la protagonista de la tragedia homónima de Eugenio Hernández Espinosa. Un clásico de la literatura y la escena cubanas a partir de su estreno por Roberto Blanco a fines de los años 60. Nació el mito y su relación con Roberto, su indiscutible director.

Negra, alta, bella, corpulenta, fuerte… Hilda se hizo a sí misma gracias a su empeño indomable y a la Revolución que le brindó la oportunidad de probar el talento que mascullaba entre los múltiples oficios de una criada doméstica. La escuché más de una vez contar ese trayecto y ese salto. Y cómo de niña sobrevivía con las viandas que caían de los camiones alrededor del Mercado Único. Jamás lo olvidaré. Surte en mí el efecto de un talismán para explicarme el caudal que el río de enero trajo al teatro, a la cultura, a la nación.

No tuvo hijos, pero yo asocio su nombre a una condición maternal porque así se nombra mi madre, de tan distinto carácter. También guardo en la retina esa imagen de Hilda Oates empujando un carrito de verdulerías en María Antonia, cual Madre Coraje cubana. Porque eso fue.

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