Varsovia: el retorno de los mirlos

Antonio Armenteros • La Habana, Cuba

Mientras viajas en un taxi hacia el aeropuerto en la periferia de Varsovia, contemplas con detenimiento el paisaje esquivo europeo: los suburbios confrontándose en su relatividad blanco-gris. Realizas en la cabeza falsas analogías con otras ciudades visitadas en los últimos tiempos. Es imposible atrapar el corazón, el sentir de esta ciudad en nueve días. Algo más de una semana y no habías podido admirar las orillas del Vístula. Inexpresivo fijas los ojos en esos pájaros que revoletean de un árbol a otro. La avenida casi desierta, apenas un sueño no atrapado en la felicidad. Un transeúnte lento, cauteloso en extremo, parece contar con todo el espacio del universo.

Automóviles veloces, silenciosos. En Varsovia, como en otras ciudades socialistas del Este, se veía el mundo desde la filosofía dela sospecha, o la decencia del callarse y no ver, o sentir nada en absoluto, como si lo ideal fuera crear introvertidos sociales:

   —Son mirlos— me explica Ilsa, polaca, esposa actual de Marcos el explorador, mi amigo, mi compañero, el incorruptible del preuniversitario, pero cambiado.

   Una trasformación de piel obligado por las circunstancias y no por los sentimientos, crees.

   —Mi abuela contaba— continúa relatándote Ilsa en su ruso inexacto, casi escolar—, antes de las manifestaciones, las huelgas, las guerras y las intervenciones foráneas, que Varsovia era una ciudad llena de aves, comprensión y amor.

   Te estudia y prosigue.

   —Ahora al parecer retornaron los mirlos. No sé qué sucedió con las palomas de los parques  y las plazas de antaño. Ambos sabíamos la respuesta: Les
faltó el amor.

Ni una sola vez en los días sucesivos has podido  acercarte al Marcos de antes, aquel muchacho murió…Desde que le confesaste la noticia del nacimiento del hijo en Cuba con Ana —la muchacha del Pre, la novia que espera—,se desmoronó. Luego no quiso tratar el tema contigo. A veces lo escuchabas rumiando en español por los rincones de la casa, como una fiera enjaulada. En el fondo ambos sabían que dialogaba con el fantasma de Ana, le pedía perdón, y en lo profundo deseaba regresar. Necesitaba construirse una atmósfera vibrante que repercutiera en su interior y lo ayudara a sensibilizarse, familiarizarse con: ¡Ana y su hijo!

Recuerdas la primera vez que escribió a Moscú hablando de Ilsa, la polaca dulce, dominadora de siete idiomas, pero algo mayor. Al otro extremo de la balanza estaban Ana y Cuba, o Cuba y su hijo, que es el precio exigido por Ilsa y Varsovia. Ana no contaba ya, lo sabían, pues Ilsa es una especie de salamandra, emblema de la medieval y misteriosa Sarlat, pequeño dragón que vive en el fuego; es también —si el diccionario de la Real Academia no se equivoca— un animal que se alimenta de fuego y que  se sirve de él para cambiar de piel.

Al principio te sorprendió esa inesperada invitación para visitar Polonia. Decidiste excusarte y no aceptar la invitación, pero no solo eras tú, o Marcos, o Ilsa, o Ana, o Cuba, era sobre las demás cosas el niño: Marquitos. Marcos nunca le explicó su relación con Ana a Ilsa o viceversa. Ana lo creía estudiando en Moscú y hacía más de un año que él se había marchado a Polonia con Ilsa. Ninguno de los dos intentó hablar. Mentir no es sólo decir lo que no es. También, y sobre todo significa, decir más de lo respecta al corazón humano, decir más de lo que se siente. Marcos quería huir de sí mismo, ser otro, pero nuestra época no tenía en cuanta lo que éramos y nos imponía sus gustos y deseos. Marcos movió los hombros en un marcado gesto de impotencia y desdén, señalando que resultaba inútil volver sobre el asunto. Giró con brusquedad en el centro del salón  y dio unos pasos hasta el final del pasillo. Se viró y el rostro dibujaba una larga y extraña tristeza, oscura, como si fuera él quien se marchara. Alea jacta est. A lo lejos su figura se apoyaba en la pequeña salamandra, Ilsa, su báculo…A lo lejos lo viste secarse las lagrimas o lo imaginaste. Varsovia, la ciudad de la primavera, se había vaciado de sus risas, sus pájaros…última advertencia, el avión se va: ¡Adiós Marcos, Marco Polo, nuestro explorador!

En Moscú, sumergido en la absorbente tranquilidad de tu habitación, decides escribirle a Ana, con esta letra rara, las funestas noticias de Varsovia. El zloty, como las demás monedas del mundo, compraba y vendía impíamente las almas de los hombres.

    Querida Ana:

   Recién llegado de Varsovia y admirando allí los árboles, he visto revoletear por primera vez en mi vida a los mirlos…? ¿Cómo fue la despedida habanera de ustedes, Ana? Los que se aman y tienen que separarse pueden vivir en el dolor, pero eso no constituye la desesperación. ¿Qué es el amor? ¿Acaso intuyes que la muerte de una etapa, la fuga de una ilusión…?

Tomas un trago de vodka casi sin respirar, mientras una idea fija bailotea en tu mente: ! Los mirlos? Comprendes que existen historia, relatos cuentos, anécdotas, explicaciones que es mejor ni comenzar. ¡ Los mirlos? Eso era Marcos en Varsovia, en las manos de la salamandra Ilsa, un ave que se domestica con facilidad y aprende a repetir sonidos— incluso el de la voz humana.

 

Antonio Armenteros: Poeta y narrador. Su obra abarca varios títulos de poesía: Nastraienie (2000), La caída (2000), Los estados crepusculares (2002), Casa Quebec (2002) y La cortadura y el signo (2003). En el año 2008 le fue concedido el Premio de poesía de La Gaceta de Cuba. El cuento “Varsovia: el retorno de los mirlos” pertenece al libro País que no era, publicado por la editorial Letras Cubanas en el año 2005.

Comentarios

un cuento genial, un monstruo

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