La edición de historietas en el centro de Cuba

Arturo Delgado Pruna • La Habana, Cuba

No hay estudio alguno que ilustre la presencia de la historieta en las publicaciones espirituanas. Quizá el punto de partida sea el año 1979, debido a la inclusión de tiras en las páginas del entonces recién fundado Escambray, firmadas por Jorge Oliver y Ernesto Padrón. Ambos creadores enviaban sus dibujos al periódico, con el que colaboraban como parte de una campaña de propaganda dirigida a la educación de los niños.

Siete años después nos visitaba Manuel Lamar Cuervo, Lillo. Aunque la exposición que traía era de dibujos humorísticos, conversó con el público sobre los motivos que lo condujeron a la invención de Matojo, personaje de historietas que llegó a ser tan popular como Elpidio Valdés, y cuyas aventuras vieron la luz en varios libros, revistas y dibujos animados. También alentó a un bisoño aficionado a que, tal como lo hacía Juan Padrón con los mambises, recreara gráficamente la vida de los rebeldes.

A finales de 1999 ocurre en Trinidad un hecho singular: se publica el fanzine independiente La Anguila Cerrera, dedicado al cómic humorístico. Sin embargo, la intención de mantenerlo se malogró por el alto costo, puesto que el dinero de la producción lo aportaban los propios artistas. El único número que pudo salir contaba con obras de Ramsés Morales Izquierdo, Fabián Sotolongo Fernández, Ángel Fernández Quintana (Ández), Daniel Acebo Rodríguez y Osvaldo Pestana Montpeller, un desconocido principiante de 14 años de edad. No obstante lo efímero de la empresa, La Anguila Cerrera demostró que aun siendo una publicación alternativa de escasa circulación, podía brindar oportunidad a los jóvenes.

La entrada del siglo xxi trajo consigo una novedad editorial al venderse en 2001 el pequeño volumen de humor gráfico Descabezados y otros garabatos, con el que se pretendió sentar un precedente y establecer la posibilidad de que los caricaturistas contaran en lo adelante con una vía segura para mostrar y comercializar su trabajo; pero el desconocimiento provocó que no tuviera continuación el empeño, frustrado bajo el argumento de que las casas editoras provinciales no eran para publicar «muñequitos». La errónea decisión y el hecho de que no existiera en esa época en la provincia un grupo capaz de destacar en el cómic a la par de los demás géneros, díganse narrativa, poesía, investigación, ensayo; hicieron que no hubiese una propuesta para incluir el noveno arte en el plan de publicaciones de Ediciones Luminaria. Quienes se agruparon antes en torno a La Anguila Cerrera andaban ahora por rumbos diferentes: Fabián y Ández regresaron a Cienfuegos luego de graduarse de la Escuela de Artes Plásticas de Trinidad, Acebo realmente no era historietista, Ramsés se estaba dedicando a la caricatura y Osvaldo Pestana no había despuntado aún como el excelente artista que es hoy.

En el mismo 2001, Spirit Bloody Spiritus pujaba por sobrevivir en la cabecera provincial; sus páginas, dedicadas a noticias del mundo del rock, acogían además tiras cómicas. Así, la historieta se mostró en forma discreta de manos de Fabián en una revista no oficial que, pese al entusiasmo de sus realizadores, apenas superó unos pocos números.

Al cabo de los seis años, cuando parecía que los ánimos creativos estaban adormecidos, la aventura fantástica Auroria. La gran alianza, dibujada por Osvaldo Pestana y escrita por Fermín G. Vega Boyce, colmó el salón de la galería de arte con vista al bulevar. En las palabras del catálogo, el reconocido caricaturista Ares vaticinaba que a Montos se le abrirían en lo adelante más espacios editoriales. Pero lo cierto es que las puertas se le habían entreabierto en Ediciones Luminaria, sitio en el que trabajó como ilustrador y diseñador. No obstante, el deseo de dar a conocer mucho más sus trazos lo llevaron a Escambray, donde comenzó a publicar caricaturas; aunque como era sabida su inclinación por el cómic, la dirección del semanario le confió la realización de La tirilla, una mini historieta que durante casi un año expuso temas tan disímiles como el alcoholismo, los perros callejeros, el reguetón, el día de los padres, la crisis económica, el hábito de fumar, etc.

El regreso de Ramsés al cómic fue alentador con Volver a Trinidad, un librillo a todo color —sufragado por la Oficina del Historiador de su ciudad natal en 2008— que debió merecer más divulgación. Un par de años después, cuando la editorial cienfueguera adscrita a la Asociación Hermanos Saíz sacó del anonimato al dueto Montos-Boyce con la impresión de Auroria. La gran alianza y la consideró como «probablemente la mejor historieta publicada en Cuba en los últimos años» [1] y Ramsés repitió su experiencia con Alejandro de Humboldt, de La Habana a La Trinidad; Ediciones Luminaria razonó que debía apostar por la historieta. En ese sentido, el Taller Regional del Sistema de Ediciones Territoriales, celebrado en Ciego de Ávila en 2011, vino como anillo al dedo pues confirmó que la exclusión de la gráfica había sido una pifia, ya que el Instituto Cubano del Libro nunca la prohibió.

Para beneplácito de creadores y lectores, Ediciones Luminaria abre con Los hijos del Quasar una colección dedicada a la historieta. Este primer volumen, que recoge la obra de Arístides Hernández (Ares), Osvaldo Pestana, Fermín Vega, Janley Perdomo, Milagro Ortiz, Dariee Valle y Fabián Sotolongo; y el segundo, que está en proceso de edición, desean alentar un empeño mayor: la publicación de los clásicos de la historieta cubana en nuestra casa editorial. 

Notas:
1. Enrique González Rojas: «Prólogo», en Auroria. La gran alianza, Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 2010, p. 8.

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