Los árboles me hablan

Víctor Hugo Pérez Gallo

Mi padre ha muerto. Pero no fue hoy, ni ayer: fue hace un año. Recuerdo que caminé detrás del carro fúnebre hacia el cementerio y no entendía nada.

Nada.

Esa es una palabra tan terrible como el rostro estresado de sufrimientos y hambre de los viejos que se arrastraban a mi lado, que me acompañaban al cementerio llevando la pesada carga de su vejez y de las medallas doradas que colgaban de sus curtidas guerreras verdes, llenas de manchas y de costurones mal cosidos. Había muerto mi padre, pero mañana sería alguno de ellos. Tal vez muchos. Ya no pensaban en el futuro sino vivían en sus glorias pasadas y ese día le habían dado brillo a sus condecoraciones, para que se vieran  mejor en lo que consideraban una magnífica oportunidad para mostrarlas ante el escaso público que acompañaba  los restos de mi padre.

Lo habíamos hallado muerto en la finca. De mañana, su cuerpo lleno de rocío y la boca contraída, los ojos abiertos mirando el azul. Sus manos callosas, fuertes, hechas al trabajo, ahora rígidas, como abrazando algo que no veíamos.  Algo que a lo  mejor sería imposible de ver por nuestros ojos llorosos.  Y por encima el horrible susurro de los árboles y el cielo.

A mi padre no le hicieron autopsia para ver de qué había fallecido. Era domingo y los médicos no iban a echar a perder su guardia aburrida y su juego de dominó por un viejo muerto, de setentaitantos años, con el rostro mustio sin afeitar y desnutrido.Me dijeron, molestos y quitándose los guantes, que había muerto de un infarto y listo, siguieron las fichas sonando sobre la mesa en la enfermería y corriendo el buen trago de alcohol de noventa rebajado con agua. Yo quise protestar pero pensé que así era mejor, dejarlo descansar en paz y que si los médicos decían eso debía de ser verdad. Al fin y al cabo ellos son el orgullo del país donde vivo, ¿quiénsoy yo para negar lo que dicen? Y me fui a la funeraria a decirle a mi familia que no hacía falta autopsia. Que estaba bien muerto y a los muertos hay que dejarlos en paz. Recuerdo que mi hermano se enfadó mucho pero lo convencí que era mejor así. El semblante ajado de mi padre estaba tras el cristal empañado de la caja barata de pino, la bandera encima, las paredes desnudas del cuarto y los del pueblo que venían a darnos las condolencias y a alegrarse ante el hecho de que no les hubiera tocado a ellos, a deleitarsepor estar vivos, por vegetarcon sus pequeñas miserias, temores, hambres y envidias, pero mezquinamente vivos. Y con sus condolencias recitadas y necesarias para mantener su conciencia higiénica. Yo abrazaba mecánicamente a los vecinos, caras teatralmente tristes;a los funcionarios del gobierno, bigote, camisa de cuadros, barriga prominente; a los ex combatientes de la resistencia, desmejorados camaradas de mi padre, a mi hermano enjuagándose una lágrima. Escuchaba los gritos de mi madre y los sollozos de mi hermana, y era como una  película muda que yo miraba panorámicamente desde mi posición  privilegiada de las lunetas. Alguien me pidió permiso  para dar un discurso sobre su vida abnegada y heroica y me negué, creo que le dije: sus últimos años fueron de hambre y de trabajo: no quejarse de los culpables fue  su verdadera heroicidad.

Y cuando lo llevábamos a enterrar un viejo murmuraba a mi lado que hubiera sido mejor llevarlo en andas, como a los héroes, pero yo sabía que sus palabras eran pura fanfarria: ellos no podrían andar con el peso de la caja ni siquiera un metro, tan escuálidos estaban, tan hambrientos; almas alimentadas con pan viejo y bajado, si había suerte, con un café de chicharos aguado, sino, agua con azúcar prieta; espaldas dobladas, cargadas de periódicos de hoy para revenderlos a peso después en la esquina del bar; brazos flacos, sarmentosos, cansados de vivir, jabassucias hechas de saco colgando flácidas, pomito vacio de café. Zapatos cosidos con alambre.Colegas de mi padre. Amigos tan exangües como el cadáver de mi padre. Camaradas de ideas. Yo lo venía a ver cuando murió, yo le llevaba un par de botas para que pudiera trabajar en el campo. Un par de botas conseguidas. Luchadas.Y no tuve tiempo de dárselas. No aguantaba verlo con sus  zapatos rotos, suela amarrada con una soga de yute, de donde escapaban unos dedos oscuros, casi gangrenados, de grandes uñas partidas y sucias. No aguantaba verlo trabajando en una finca propiedad de uno de los nuevos ricos, cadenas de oro, mano ensortijada agua marina, sonrisa satisfecha, perfume caro, sombrero de paño marrón. Un tipo que se iba todas las noches a beber con mujeres diferentes y que dejaba la finca al cuidado de mi padre, pagándole un poco de dinero, tres kilos mierderos que a veces le debía por meses completos. Mi padre no se quejaba, me decía que estaba bien alimentado allí cuando yo iba a verlo a la finca y le daba diez pesos para cigarros que después fumaba con fruición, en sus noches oscuras de monte, siempre el río y el monte sonando a sus espaldas.

Pero ahora mi padre había muerto. El hombre que tuvo el valor durante la llamada crisis del Mariel de salvar a nuestros vecinos del linchamiento dándoles hospedaje en nuestra casa. El mismo hombre que en el año 92, el Año Terrible, dejó su cargo de secretario del partido y me llevó con mi adolescencia al monte, a cortar árboles y hacer carbón y a cultivar maíz y arroz y a beber agua directamente del río Saramaguacán, un caudal turbio donde era un placer bañarse. Un río que se llevaba todo lo malo, me decía él mientras comíamos sopas de arroz condimentadas con un puñado de cebollas silvestres y por la noche, pan con moho, son más alimenticios así, me decía. Y en la oscuridad, nos acostábamos fuera del vara en tierra y mirábamos el cielo estrellado y me decía: los arboles me hablan, escúchalos siempre. Y el futuro es luminoso, llegará antes de lo que tú mismo te imaginas, todo tiempo que viene tiene que ser mejor, no puede ser de otra forma. Y el agua se escuchaba a lo lejos y yo me iba quedando dormido, cansado, soñando con esos tiempos mejores. Siempre me hablaba de la Guerrilla del Che en Bolivia, de Martí, de la justeza y del innegable vencimiento de los justos sobre los malos, porque siempre había hombres que guardaban en sí el decoro que muchos otros hombres no tenían, porque la pobreza pasa pero la honradez no, y siempre había que ser dignos. E invariablemente, antes de dormirme por completo, él me arropaba y me lo susurraba al oído, son los árboles, escúchalos siempre, ellos me hablan. Y el aire movía las hojas que caían sobre nosotros como una tenue lluvia oscura.

Era la nada cotidiana. Con su muerte se diluían mis recuerdos de infancia. Se iban a la nada una serie de mitologías, de historias legendarias, de vetustas discusiones filosóficas sobre el socialismo real. Con su deceso desaparecía ese niño risueño que una vez fui y que leía al osito Misha cuando el llegaba por las tardes, cansado, pero feliz, con una revista Sputnik en una mano y la revista infantil en la otra. Se apagaba mi propia imagen como él me había visto, descalzo, cara llena de fango, mataperreando, cazando ranas y lagartijas verdes con una cerbatana. Haciendo una honda, como la de David, para romperle el techo a pedradas a mi vecina Ego. Ya yo no cazaría más ranas, ya no leería más a mi pequeño carnicero Misha, ya no más correría bajo los árboles escuchándolos y cantando somos pioneros exploradores, descendientes del mambí. Ya no más.

Y de repente habíamos llegado ante la mole oscura del cementerio de San Miguel de Bagá, lleno de angelotes oscuros y tumbas llenas de epitafios hechos de mármol de Carrara. Ya oscurecía, en el norte se formaba otra tormenta. Alguien quería decir un panegírico sobre mi padre, fundador de las Organizaciones Revolucionarias Integradas y combatiente de Girón y Angola, y no tuve ánimo  de impedirlo, ante las miradas tristes de sus viejos compañeros de luchas, con sus ropas raídas, sucias y sus rostros demacrados. El veterano se subió sobre la tumba y yo me aparté un poco. Los zacatecas bebían un turbio ron de un pomito de plástico percudido, el más viejo, sombrero de guano roto, pantalón gastado en las rodillas, ojeras oscuras, me brindó un poco que bebí agradecido.  Me hablaban de un hipotético fin del mundo por una futura guerra nuclear, mientras el orador comentaba con efusión las batallas de mi padre en el continente africano, describía sus botas y boina que deberían estar en un museo. El viento ya nos golpeaba con fuerza y las primeras gotas humedecíannuestras espaldas, detrás de mí los zacatecas con su interminable murmullo sobre una peste que iba acabar con la humanidad, como en el medioevo, y frente a mí el discurso sobre la honradez de mi padre siempre firme en sus principios, nadie podía señalarlo con un dedo, porque al lado de tantos corruptos nunca se había llevado nada que no fuera  suyo y que había repartido televisores, carros ladas y casas y al final de la vida no tenía donde vivir, pensé yo con melancolía. Ya la gente se iba, ya se marchaban, a pie, o en el carro fúnebre, dejándome solo, con mi familia, con nuestros dolores y añoranzas y bellos discursos, solos ante la tumba llena de cemento fresco y de flores de plástico descoloridas. Llovía.

Hace un año que ha muerto mi padre, pero parece ayer. Hoy también llueve, tenuemente, como con timidez.Fui al cementerio a sacar sus huesos, sus pobres restos y llevéun paquete y una botella de Havana Club, 7 años, para rociar los huesos y beberme el resto en su nombre. El zacateca más viejo me reconoció, señor, usted es el que lloraba aparte cuando enterraban a su viejo y me sonreía con su boca llena de dientes podridos, enfermos, y de repente estábamos bebiendo de la botella y hablando de las glorias pasadas, de la Zafra de los 10 millones, las Olimpiadas de Moscú 1980, de los muñequitos rusos, entonces me lo dijo, ya casi borracho, sollozando conmigo y bebiéndose un último trago, compay usted si es un compañero, un revolucionario de verdad, yo nunca había bebido este rontan bueno. Sentí que algo se me rompió adentro y lo quise abrazar porque en el fondo él era como yo, un miserable que con todos mis estudios y aspiraciones no había logrado el bienestar de mi padre, yo era igual que él, un sepulturero de mierda que vivía el diario y cuyo salario no le daba para una botella de buen ron, un lujo que no podía permitirse. En el fondo era como mi padre que tampoco nunca se comió un buen bocado de comida y nunca bebió ese ron que su jefe, nuevo rico, tragaba todos los días.

Y entonces se acabó la bebida y nos miramos todos sorprendidos, la orgía de recuerdos había terminado muy pronto para nuestro gusto y ellos,generosamente,iban a sacar el sucedáneo de ron, la walfara, el “diente de tigre”, el hombre y la tierra, de su pomito plástico sucio, cuando yo di el paso al frente y desenvolví el paquete que llevaba arriba, véndelas le dije, véndelasy compra otra botella de ron, y el viejo me miraba sorprendido, pero las cogió y dijo, ¿cien pesos? Y ante mi gesto afirmativo fue a venderlas, a ofrecer las botas que yo había robado del almacén de la Fábrica Che Guevara para llevárselas a mi pobre padre que, en el momento de morir, andaba descalzo, barbado y todavía lleno de sueñosgloriosos y medallas.

 

Ficha: Víctor Hugo Pérez Gallo (Cuba, Nuevitas, 1979). Narrador, sociólogo y ensayista. Premio de Cuento Escalera de papel, Santiago, 2000. Mención Premio Cuento Erótico, Camagüey, 2000. Premio NEXUS de cuento fantástico, La Habana, 2003, Premio de Cuento Corto Miniatura, La Habana, 2003. Mención Premio Celestino de Cuento, Holguín, 2003. Tercer Premio de Cuento Tristán de Jesús Medina, Bayamo, 2006. Beca de Creación Sigfredo Álvarez Conesa, La Habana, 2007. Premio del II Concurso de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado, La Habana, 2010, en el género Ciencia Ficción. Ha sido publicado en la antología de cuento erótico Nadie va a mentir (Ácana, 2001), en la antología de cuento fantástico Sendero del futuro (Sed de Belleza, 2005) y en diversas publicaciones electrónicas internacionales; además, en revistas literarias cubanas. Miembro del Consejo Editorial de la Revista electrónica de Ciencia Ficción Disparo en Red. Formó parte del segundo curso del Centro Nacional de narradores Onelio Jorge Cardoso. Tiene inédita su novela El mar por el fondo. Dirige un taller literario con adolescentes que viven en las montañas, en la comunidad de Farallones y otro en la universidad de Moa, donde en la actualidad cumple su servicio social. Forma parte de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

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