Yerberos en La Habana

Un libro que sabe a hierbas

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Hay obras que parece despertarnos de un letargo increíble para hacernos notar que la vida cotidiana está llena de hermosas historias que obviamos por montones de sinrazones.

Así acaba de ocurrirme con el libro Yerberos en La Habana, de Julio Ismael Martínez BetancourtFundación Fernando Ortiz, 2013—, texto que un amigo me ha prestado en versión digital y del cual había oído hablar, pero no había visto en ninguno de los formatos posibles.

La dedicatoria hace justicia «A los yerberos de La Habana, a los ausentes y a los presentes», y nos deja pensando cuántas historias, cuántos personajes interesantes hubo en la realidad nuestra de cada día a los que nadie les dedicó unas cuartillas y hoy se los ha tragado el olvido.

Yerberos en La Habana nos factura en sus 333 páginas las historias de yerberos y vendedores, poseedores de “un rico caudal de conocimiento, generalmente heredado de sus antecesores y transmitido de una generación a otra de forma oral y con el ejercicio de la práctica diaria. El saber tradicional de los yerberos está influenciado, al igual que la nación y la cultura cubanas, por los diferentes antecedentes étnicos: aborigen, hispano, africano y asiático. Asimismo, la flora cubana atesora especies nativas y de otras regiones, introducidas en diferentes momentos históricos, las cuales son cultivadas, usadas y manejadas por la población para diversos fines”.

El autor es alguien enterado del tema, por ser máster en Botánica. Y conocedor de la relación naturaleza/humanos, por su Licenciatura en Educación en la especialidad de Biología. Pero en su obra no interviene como relator de especies y remedios.

Quien pueda hacerse de Yerberos en La Habana, sabrá de historias como la del origen de una canción que muchos cubanos, al menos una vez, hemos tarareado:

Néstor Milí Olivera (La Habana, 1940), hijo del autor de “El yerbero moderno”, contó al autor, en su casa de la calle Valle no. 2, en el capitalino barrio de Cayo Hueso, detalles de la vida de su padre relacionados con la creación del número musical, desconocidos hasta este momento: Según me contó mi padre [Néstor Milí Bustillo], quien era barbero y compositor, un día, a finales de la década del cuarenta, y estando sentado junto a su amigo Armando Medina D’ Wolf, en un banco del parque Trillo, en el barrio de Cayo Hueso, muy cerca de nuestra casa, pasó frente a ellos una yerbera llevando una cesta de yerbas sobre la cabeza.

“Con paso lento la yerbera recorría el parque, mientras pregonaba cada una de las yerbas que llevaba en la cesta, provocando que mi padre casi de inmediato le agregara una frase.

“Cuando ella decía: «Traigo yerba santa», él le agregaba «pa’ la garganta»; «Traigo caisimón», «pa’ la hinchazón»; «Traigo abrecamino», «pa’ su destino»… La rima o el juego de palabras fue tal, que mi padre le dijo al amigo: «Me voy para la casa, aquí tengo un número y voy a terminarlo»”[1].

Tal vez el libro provoque controversia porque la ciencia reconoce como certera toda actividad humana que pueda encajarse en protocolos, experimentos, repeticiones y resultados comprobables.

Y en el arte de curar son muchas y encontradas las investigaciones científicas, los saberes ancestrales, las creencias, la fe y las predicciones que acuden a las hierbas y los palos del monte.

No son pocos los que se han sentido estupendamente después de beber una infusión estomacal de salvia, esa socorrida planta herbácea o arbustiva labiada, de flores violáceas, blancas o amarillas, común en los terrenos áridos, que se cultiva por sus propiedades tónicas o como planta ornamental.

De niños, a mi hermano y a mí una tía nos daba, de vez en vez, unos ramalazos con hojarascas, además de soplidos fumígenos, para ahuyentar males.

Pero en Yerberos en La Habana  hay explicaciones para todo y hay también visiones de la vida según el interlocutor que asume su tarea:

 “Una cosa es la religión y otra el oficio del yerbero, no se deben confundir las cosas ni ser fanático, y cada vez que se va al monte no hay necesidad de pagar un tributo o «derecho» a Osaín, lo que hay es que obrar de buena fe y cuidar la naturaleza que nos lo da todo. Dejando la ambición y la avaricia a un lado, no tendrás problema. Este negocio no es para hacerse rico, y nunca se debe engañar a una persona, ni darle un palo por otro, es preferible decirle que no lo tienes (Luis Rojas, com. pers.)”.

Otros testimonios recogidos son más resueltos y audaces:

“Un día llegó a la yerbería un amigo mío, que es instructor de yoga, buscando un remedio para un viejo amigo suyo, que tenía problemas en la próstata; el enfermo había sido operado, pero seguía con molestias. Le recomendé el remedio de la sábila con miel de abeja y tres cucharadas de aguardiente, del más fuerte que haya, puede ser güisqui o vodka, y se debe tomar una tacita pequeña tres veces al día.

“Unas semanas después, mi amigo yoga me comentó que la persona había mejorado muchísimo, y como yo padezco de glaucoma, me mandó unos ejercicios yoga para controlar la presión intraocular, que hago todas las madrugadas en mi casa.

“Yo tengo fe en las yerbas, ellas son curativas; pero el enfermo primero debe visitar al médico para que este diagnostique la enfermedad y después, si es posible, aplicar un tratamiento natural”.

Hace algunos años descubrí en Centro Habana un raro local que vendía hierbas y elementos rituales afrocubanos y que con cartel llamativo se anunciaba como El Polvazo.

Sin conocer del libro que ahora leo y sin saber de la investigación que dio lugar al texto y que seguro ya andaba en ciernes, volví poco después por el lugar con una Nikon D-80 prestada —acción de alto riesgo—, para fotografiar sobre todo el cartel, pero todo había desaparecido.

Pudiera sugerir a quien pueda interesar que tal vez en la vieja casona de la calle 27 esquina a L, sede de la Fundación Fernando Ortiz, pueda comprar Yerberos en La Habana, pero no sé si está a la venta. El mío es prestado.


[1] El yerbero moderno
Autor: Néstor Milí Bustillo
Género: Pregón
 
Se oye el rumor de un pregonar
que dice así:
el yerberito llegó, llegó.
Traigo yerba santa, pa’ la garganta;
traigo caisimón, pa’ la hinchazón;
traigo abrecamino, pa’ tu destino;
traigo la ruda, pa’l que estornuda.
También traigo albahaca, pa’ la gente flaca;
el apasote, para los brotes;
el «vetivé» [vetiver], para el que no ve;
y con esa yerba, se casa usted.

 

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