Reinaldo Funes Monzote

“La Historia no es una novela”

Daymaris Martínez Rubio • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del entrevistado
 

Sevilla, 2002. Archivo General de Indias. Obsesionado con la espiral de la memoria, atrapado en la urdimbre del tiempo, un hombre miope detiene sus dedos sobre el enigma de tinta y aguada de un viejo pergamino. El delirio que le produce el hallazgo no ha sido inscrito en los dominios terrenos. Descubrir —ha llegado a creerlo— es un antiguo verbo sicodélico.

Afuera la capital andaluza le recuerda a La Habana de otros siglos, salvo por la pálida tez de sus fachadas, que a ratos parece de un blanco enfermizo. Una ciudad, sospecha, es también un gran jeroglífico; y descifra el smog, las catedrales, los parques, y el tráfico, atravesado como un hueso en la garganta de la estación del metro.

Camino a la Universidad Jaume I, de Castelló de la Plana, en Valencia, medita en que lo más seductor de su oficio es ese trazo de larga duración que “reconstruye” un paisaje a través de sus huellas. Al menos, eso intenta Del bosque a los cañaverales, una historia ambiental de Cuba entre 1492 y 1926, que en palabras del reconocido historiador español José Antonio Arenas Piqueras, es un texto riguroso y prolijo.

En 2008, la crítica cubana reconoce en aquella obra el engranaje sutil de las fábulas, y la impronta desprejuiciada y vital de una nueva hora de la historiografía en la Isla. Pero a sus 45 años, con un catálogo efervescente y varios premios encima, Reinaldo Funes Monzote dice estar más inspirado por el blanco de las cuartillas y las bellezas pequeñas y cotidianas de la vida.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Alexander Isla Sáenz de Calahorra
 

Funes ¿el memorioso?

Primero quiso ser pintor. Pero, la suerte de contar con un público escéptico “es tener un pasatiempo y una profesión” (risas). Entonces, llegó a la Historia casi por inercia, de una forma que no alcanza a explicarse del todo. Al menos no encajaba en los estereotipos —“salvo por los espejuelos”, dice divertido—, y acepta que fue “más bien, un lector tardío”.

De niño, recuerda, el Mundo se resumía a la experiencia de trepar árboles, tirar piedras, y correr por los pastizales del Instituto de Ciencia Animal (ICA), donde trabajaban sus padres como científicos, en la antigua provincia habanera.

Tenía, sí, un abuelo materno que era todo un personaje. Antes de la Revolución, Rafael Monzote había sido músico (saxofón y clarinete), viajante de medicina, y “salvador” de los famosos duques de Windsor de un tremendo aguacero en La Habana, según cuenta su amigo y vecino, el periodista Ciro Bianchi Ross.

“Por aquella época, mi abuelo también dirigió la orquesta Continental, una jazz band que actuaba para la élite de Cuba, y lo mismo se presentaba en el Montmartre que en el Palacio Presidencial. Bajo su batuta estuvieron glorias de la música como Duchesne Cuzán, y de la ciencia, como Gilberto Silva Taboada”.

Sin embargo, el de sus recuerdos más tiernos, es aquel conversador dicharachero que gustaba de coleccionar recortes de prensa, indagar por su “linaje”, y, sobre todo, contar la historia “a su manera”. Y esa experiencia de aprenderla como un cuento, marcó una vocación de “resistencia” a un entorno familiar donde todavía hoy no abundan las letras.

“Yo quería ser algo diferente” (pero no un “memorioso”, como cree alguna gente). Memorizar, piensa, puede ser un verbo trivial, cuando lo importante es corregir el absurdo de una Historia “cada vez más fragmentaria. Incluso, es visible que, por mucho que se ha diversificado su espectro, la imagen de la profesión sigue siendo limitada a la linealidad de fechas, héroes y sucesos”.

Pero, “la Historia es mucho más creativa”, insiste. Tanto que, entre un detective y un anticuario, de seguro escogería sin mirar: “a veces me gusta decir que un historiador se acerca más a lo primero, por ese afán de descubrir y, al mismo tiempo, hilvanar esos retazos que van apareciendo, de interpretar la evidencia, de reelaborarlo todo...”.

Imagen: La Jiribilla
Junto al abuelo, un cubano “atrevido”: músico e historiador autodidacta,
y rescatista de los duques de Windsor de un tremendo aguacero en La Habana.
 

Claro, los estereotipos son un peligro permanente. Nadie está a salvo, sospecha, y habla de su propio desconcierto cuando en su primer día laboral llegó a la puerta del Museo Nacional de Historia de la Ciencia. “Estaba escéptico y no muy convencido de hacer algo de lo cual no tenía ni idea. Porque, en la carrera, por increíble que parezca, nunca nos relacionamos con el tema.

“Pero, tal vez, eso que conocemos como destino sea más una combinación entre lo que uno llega a creer que es y lo que haga en función de conseguirlo”.

De aquella experiencia surgió su primer libro, El despertar del asociacionismo científico en Cuba, y también, los motivos para un giro académico: “mi tesis de graduación la había dedicado al estudio de la industria azucarera, específicamente al tránsito del trapiche al ingenio. Entonces, decidí retomar el tema desde un nuevo ángulo: buscaría la otra cara de la moneda, es decir, no la riqueza que había creado, sino la que se había perdido y sus consecuencias.

 “Poco a poco, me convencí de que ese tipo de mirada, que combina geografía e historia socioeconómica, me interesaba más que ninguna otra. Encima, aquel ambiente de trabajo me marcó muchísimo, porque llegué sin ningún tipo de referencia y, después, se volvió fascinante, cuando comprendí que no es posible entender la sociedad contemporánea sin la perspectiva transformadora de la ciencia y la tecnología, sobre todo, desde el salto a la sociedad industrial”.

Lo demás fue cosa del azar, dice, mientras rememora su encuentro con la Historia ambiental, que no tuvo más glamour que la pura coincidencia: “Una colega del Smithsonian Institution, de EE.UU., me habló de un movimiento con puntos en común con mi visión. Comencé a estudiar sus propuestas y me sorprendí de que fuera un ámbito ‘desconocido’ en Cuba, pese a la existencia de antecedentes importantes desde el siglo XIX: Ramón de la Sagra y Miguel Rodríguez Ferrer, por ejemplo, escribían a la par sobre ciencias naturales y sociales. De modo que, había una tradición, aunque no suscrita a ningún concepto”.

Imagen: La Jiribilla
Con Marx y Engels; para Funes, dos gigantes, “así, literalmente”.
 

Deslumbrado por la fuerza retadora de aquellas ideas, viaja a la Universidad Jaume I, de Castelló de la Plana, en Valencia, donde en 2002 se titula doctor en Ciencias bajo la guía de uno de los más importantes estudiosos de la Historia de Cuba en España, el maestro José Antonio Arenas Piqueras.

Nace así Del bosque a los cañaverales..., que es un libro, y acaso un paisaje salido de la sepia soledad de los archivos, con su peculiar aroma a reminiscencias, con su virtud de anular las distancias, de hacerlas menos absurdas, menos eternas.  

Pero, a más de cuatro mil millas náuticas de su tierra, el ocio es un seguro naufragio. Lo sabe el joven de 33 años que decide trabajar, sin un solo día sabático, en espacios informales y académicos.  

A su regreso a La Habana, integra la Fundación Antonio Núñez Jiménez para la Naturaleza y el Hombre (FANJ) como coordinador del Programa de Investigación Geohistórica, “una gran oportunidad” que agradece a Lupe Velis y a Liliana Núñez.

La FANJ, afirma, ha devenido “una forma de aprendizaje permanente” por la cercanía con la obra de Antonio Núñez Jiménez, y “por ser ese espacio propicio para la creación, rodeado de personas como el maestro Armando Fernández, de quien he aprendido mucho en temas de ecología política, por ejemplo. Creo que el valor que adquiere mi formación como historiador ambiental en ese entorno es la posibilidad de poner el énfasis sobre la influencia de los seres humanos sobre el medioambiente, más que a la inversa, que es la visión más lineal.

Imagen: La Jiribilla
Montado ya en su próximo proyecto, Funes dice estar listo para el contrapunteo
del azúcar y el ganado, una historia no escrita sobre el paisaje cubano.
 

“Mucha de la importancia de este campo de estudios, puede estar dada por el rescate de algunas formas de vida de esas sociedades preindustriales, que hoy nos parecen arcaicas, pero que eran conscientes de asuntos todavía pendientes para sus similares contemporáneas. Leví Marrero, por ejemplo, cita que la primera disposición conservacionista del Cabildo habanero fue dictada en 1550. Pero hubo muchas, al estilo de: evitar la tala de bosques en el nacimiento del Río Almendares, con el fin de proteger esa cuenca.

“Ahora mismo, seguimos dependiendo mucho de los animales y bastante de la fuerza humana. En el futuro, probablemente, pasemos a una mayor dependencia. Sin embargo, cuando con la gran crisis de los 90, una de las alternativas fue la vuelta al trabajo animal, nuestra mentalidad desarrollista lo interpretó como un atraso, sin tener en cuenta lo que habría de lección.

“Todos son temas a reevaluar desde una perspectiva diferente. Pero, ¿qué sucede?: la historia en los últimos tiempos ha estado dominada por una visión muy lineal del desarrollo siempre en una escala ascendente. Sin embargo, para ser conscientes de las potencialidades y riesgos de nuestro modo de vida actual, es importante tener una idea del curso de nuestra relación con el resto de un paisaje, donde definitivamente, no estamos solos”.

El sueño de la razón

Con las letras confiesa tener tantas afinidades que es incapaz de aburrirse de escribir o leer libros. Pero, la sola perspectiva de “hacer pura ficción”, ya le habría bastado para mudarse de oficio: “No, no suscribo del todo que la Historia vaya a convertirse en una novela. Es cierto que llegará a mucha más gente en la medida en que se escriba mejor, pero, su carácter científico es algo que nunca debería perderse”. Sería, supone él, la anarquía de la imaginación.

A veces, gusta más del silencio, otras, las menos, habla sin resuello, como si la verdadera urgencia de la vida pasara por la velocidad de todos los verbos. Por sus fobias, dice en broma, “debo estar envejeciendo”: cada vez que mira el reloj le parece que no alcanza para todos sus sueños.

“Si ves ahí (señala muchas islas de libros dispersos), esos son mis proyectos”. Y todos temerarios, y todos serios. Algunos son un doble desafío por su solo argumento: “Fernando Ortiz escribió el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar…, pues, yo quisiera escribir el contrapunteo cubano de la ganadería y el azúcar, sobre todo, desde finales del siglo XVIII hasta la Guerra de los Diez Años”.

Luego le gustaría continuar la historia de la ganadería hasta el presente. “Porque es uno de los temas menos estudiados, y porque en el caso de Cuba me interesa mucho la transición entre esa sociedad basada en la energía humana y animal, hacia la era de los combustibles fósiles”.

¿Lo más difícil para un ambientalista? “El debate existencial”, confiesa. “Si quisiéramos adoptar una actitud del todo ecologista, probablemente dejaríamos de hacer muchas cosas que forman parte de nuestras vidas. Dejaría yo de tener esa obsesión por investigar y dar a conocer la historia ambiental de Cuba, porque sé que a la larga implicará más gasto de papel (árboles talados) o relaciones profesionales que me harán viajar (mayor huella de carbono).

“Si fuera a tener constantemente ese cargo de conciencia, a lo mejor me sentiría muy limitado para hacer mucho de lo que hago. ¿Y ves?, esa encrucijada no puede ser ajena a mi trabajo. Por eso, me pregunto si basta una visión evolucionista de que la humanidad sea cada vez más consciente de los peligros a los cuales se enfrenta, o si habría que tomar medidas drásticas urgentes; primero, para disminuir la desigualdad entre los más y los menos industrializados. Y no se trata de apostar por la pobreza, sino de ir a un futuro de mayor equidad.

“Por eso, de la trilogía libertad-igualdad-fraternidad, prefiero fraternidad. Probablemente, estemos entrando en la época en que necesitemos más de ese espíritu. Porque, puede que haya salvaciones individuales, pero serán muy relativas si no hay salvación colectiva.

“Hay una frase que me gusta, aparece en una viñeta de Goya, y dice algo así como ‘el sueño de la razón produce monstruos’. Siempre me ha parecido enigmática, porque nunca se sabe la causa: si es la razón, o la falta de ella... Esa interrogante nos va a acompañar siempre”. Como diría Borges, “toda una vida entera”.
 

Versión de la entrevista original que se publicara en la revista Juventud Técnica No 363 en el año 2011. 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato