Los días de Malakhov

Aracelys Avilés Suárez • La Habana, Cuba
Fotos: Yuris Nórido

“A veces me he topado con coreógrafos muy malos, con una música fatal, pero no los rechazo, lo que hago es inventarme una historia, y todo comienza a tener sentido”, dice Vladimir Malakhov en perfecto inglés a unos pocos oyentes en el patio de la UNEAC de Holguín. El bailarín ucraniano, quien se ha presentado en escenarios de Europa, Asia, Canadá y Nueva York, como primera figura de reconocidas compañías como el American Ballet Theatre, el Tokio Ballet y el Ballet Clásico de Moscú, entre otros, y que ya supera los 40 años, habla de sus experiencias a un grupo de bailarines jóvenes acostumbrados ya a tenerlo cerca, aunque en sus rostros se adivina aún algo muy próximo a la veneración y el deslumbramiento.

Imagen: La Jiribilla

Vladimir Malakhov no solo vino a Holguín en el 2013 para bailarle a los citadinos, sino que regresó un año después con el propósito de instituir un Premio, cuya convocatoria generó un Festival de Danza con presentaciones, clases magistrales, conferencias y conversatorios. En casi todas las actividades de lo que se dio en llamar I Concurso Internacional de Danza del Atlántico Norte, estuvo Malakhov, acompañado por Maricel Godoy, coreógrafa y directora de Codanza; y de su manager, traductor y amigo, Paul Seaquist.

“Es un problema de proyección de los directores, las compañías cubanas se concentran mucho en el virtuosismo. ¿Por qué un bailarín tiene que dejar de bailar a los 35 cuando todavía tiene tanto que dar en el escenario?”, comenta Maricel, y Malakhov espera, sereno, a que su amigo Paul le traduzca en voz baja. Cuando por fin se le ilumina el rostro por el entendimiento ―lo mismo sucede con cada frase devuelta al inglés por su intérprete― sigue la conversación.

“He visto a muchos chicos en las escuelas de Ballet tratando de imitar a Carlos Acosta ¡No! Todos tenemos algo y no tienen que ser los grandes saltos y las 20 piruetas en el escenario”, dice Malakhov determinante, y a la vez humilde, sonriente, como quien se siente en casa, admirado y querido por quienes lo rodean, y trata ―casi con ansiedad― de reciprocar ese cariño con un poco de lo que ha aprendido en sus casi cuatro décadas de vida artística.

Una taza de café

Al parecer buena parte de las grandes conversaciones del mundo se tienen con una taza de café en la mano. “Y fuimos a tomar café”, me dijo Paul Seaquist, un hombre generoso y de mirada tranquila, al relatarme la historia de cómo conoció a Maricel Godoy y cómo fue a parar a Holguín, una ciudad metida en el Oriente, 800 kilómetros al este de la capital de Cuba.

“Nosotros vinimos a La Habana en el 2010, y Vladimir tuvo una recepción excelente, la crítica, la prensa, pero sobre todo el público. Cuando salimos del teatro, después de la presentación, la gente lo devoraba, lo querían agarrar, le tocaban el pelo, una cosa impresionante, algo así como Los Beatles. Y cuando nos montamos en el avión, Malakhov me dijo, “tráeme de nuevo a Cuba, busca la forma”. Entonces yo empecé a idear la manera de traerlo y creé el concepto El regalo de Malakhov. Todo el tiempo pensé que debía bailar con el Ballet Nacional, era lo más lógico, por el estilo clásico, etcétera, pero ellos no quisieron ese regalo”.

Conversábamos en la primera fila del teatro Eddy Suñol, unas horas antes de la noche de premiaciones. A un costado del escenario y bajo una luz naranja, una pareja ensayaba como dando los retoques finales. En una esquina del tablado un grupo los mira, mientras que a nuestras espaldas se escucha la risa de otros bailarines, sentados entre los palcos y el pasillo. Malakhov acaba de dar una clase magistral, la última; se han definido, además, los 12 finalistas de la noche, y todos lucen sudorosos y cansados.

“Me acerqué entonces a Danza Contemporánea y creamos un proyecto. Invité a Buena Fe, para que hicieran un tema que Malakhov pudiera bailar, con coreografía de George Céspedes. Él iba a bailar con la banda tocando en vivo, luego habría unos números de la agrupación. Todo lo recaudado lo donaríamos a los niños con cáncer en La Habana. Y no sé por qué razón, el proyecto se desarmó en el último momento, cuando ya Buena Fe estaba haciendo sus ensayos.

“Una tarde estaba en el Lorca y me presentan a Maricel Godoy, y nos fuimos a conversar, a tomar un café, y me pregunta, ¿qué haces por acá? Entonces le cuento de este proyecto que no se da, y me dice: “ven a Holguín”. Yo no sabía lo que era Holguín, ni sabía de la compañía.

“Maricel armó un programa para que yo lo viera y quedé enamorado de Codanza, del teatro, no te encuentras un teatro así en ningún lugar de Cuba. Vinimos a Holguín, trajimos El regalo de Malakhov, y fue un éxito. Al final de las presentaciones hice una cosa muy loca, que fue subirme al escenario y decirle al público que en un año estaríamos de vuelta.

“Nosotros nos dimos cuenta de que Oriente estaba muy silenciado y no nos pareció justo, así que decidimos volver para fomentar la danza en un lugar donde la gente lo necesita. Al inicio la idea era entregar un lauro de interpretación y otro de coreografía. Tuvimos tres días de preselección, y lo que vimos fue impresionante, espectacular, vimos tanta calidad que decidimos ampliar los premios”.

Bajo la luz naranja ya no está la pareja ensayando, quedan menos bailarines sobre el tablado y hay más silencio en el teatro. “Nosotros nos quedamos en Holguín, nos enamoramos de Holguín, que nos recibió y entendió lo que queríamos hacer. Yo manejo la carrera de Vladimir desde hace casi 20 años y siempre trabajamos a través del cariño, el amor, por eso Holguín nos cautivó”.

Imagen: La Jiribilla

Premiados

“¿Cómo te enteraste?” “Por la convocatoria.” Le decía un joven a otro a mis espaldas durante una de las conferencias de Malakhov. “Sí, pero no es lo mismo un papel, hay que venir aquí para saber bien de qué se trata”, añadió el último.

Por casi una semana, bailarines de Guantánamo, Bayamo, Matanzas, Villa Clara, Camagüey, La Habana, y también de ciudad México, deambularon por Holguín. La ciudad de los parques los acompañó en esta experiencia, que de seguro resultaba inédita para la mayoría.  

Creí reconocer en plena calle a dos de los bailarines que habían exhibido el primer día del concurso una de las coreografías más espectaculares de esa noche, Metástasis. Después de presentarme, pedí por favor, hacer unas preguntas, y por la expresión de ambos supe que mis interrogantes debían ser cortas y escasas. Al final solo le arranqué unas pocas palabras.

“Cuando supimos de la convocatoria no dudamos en venir, trajimos lo más nuevo en el repertorio. Estamos encantados con el Teatro”, dijo Joel González, quien se hacía acompañar de Inés Preval, ambos de Danza Fragmentada, de Guantánamo.

A pesar de lo escueto de sus respuestas, me sentí complacida cuando horas más tardes, el jurado, integrado por Malakhov, Paul y Godoy, entregó a Joel y a su hermano Aurelio Planes Rodríguez el Gran Premio de coreografía por la obra Estáticos.

Esa noche se entregaron también dos Gran Prix de interpretación en igualdad de condiciones. El primero para Carlos Alberto Carbonell y Yeison Ortiz, de Codanza, por la obra de Nelson Reyes, Pasajera la lluvia; y el segundo para Lisbeth Saad Godoy por la interpretación de la obra Non, de Osnel Delgado.

Hubo, además, cuatro reconocimientos especiales para Jorge Pausant, de Danza del Alma (Cancionero); Elizabeth Mendoza, de Codanza (De ti… De mí); Álvaro Yoel González, de Danza Fragmentada (Cordero) y Libety Martínez, del Ballet de la TV Cubana (Cuerpo prestado).

Sin embargo, todos deberán coincidir en que los dividendos del Concurso van mucho más allá de los premiados, si contamos que hasta el teatro holguinero llegaron diez compañías danzarias, y que se presentaron 74 bailarines y unas 35 coreografías. Fueron noches con toda la diversidad que exige un evento de este tipo, estilos clásico, neoclásico y contemporáneo, solos, dúos, cuerpos enteros de baile.

“Queremos hacer este Festival todos los años, por esta misma fecha, entre el 10 y el 18 de septiembre. Para el 2015 vamos a agregar la modalidad de compañía”, dijo Paul Seaquist.

El público está de pie en un aplauso que parece eterno. Malakhov y Paul vuelven al micrófono, agradecen nuevamente y confirman la intención de regresar a Holguín. Poco a poco la escena queda desierta, se extinguen los aplausos y se apagan las luces, hasta el próximo año.

Imagen: La Jiribilla

Malakhov en la butaca y en retrospectiva

Las puertas del “Eddy Suñol” están a punto de cerrarse. La hilera de cuatro o cinco personas que se extiende frente a la ventanilla de las entradas, comienza a achicarse hasta que por fin todos cruzamos la puerta de cristal y seguido, la frontera del mulato corpulento que invariablemente todas las noches de presentación, pica los tickets en el teatro holguinero.

Es la primera jornada del Concurso, lunes 15 de septiembre. El teatro está casi lleno y solo quedan asientos en la segunda planta, desde la que todo parece más frío, por lejano. Se apagan las luces, y comienza la vida más allá del proscenio.

Malakhov está en alguna parte, y de seguro se siente observado, parte del suceso de la noche son sus emociones, la manera en que reacciona ante cada melodía, gesto, movimiento, palabra dicha, mascullada o gritada desde la escena. Todos quieren saber qué piensa, qué siente, pero difícilmente, aun cuando le veamos los ojos húmedos, podamos descifrar todo eso. Más allá de que tengan nombres ―amor, soledad, nostalgia―, los sentimientos son únicos para cada persona.

Eso no importa, de todas formas la gente cree tener una opinión acertada de él, como si lo estuvieran descifrando constantemente. “Es como un niño”, le escuché a alguien. “Anoche lloró todo el tiempo, es muy sensible”, dijo otro.

Lo más cerca que lo tuve fue el día en que conversé con Seaquist. Malakhov venía caminando por el pasillo, y al verme me saludó con timidez, como un japonés que va a entrar al tatami, con las manos en rezo delante y una ligera inclinación. La última vez que lo vi fue en el video que un amigo hizo de él mientras se despedía en el aeropuerto, dando saltos y volteándose para decir adiós una y otra vez a la cámara. No podría decir con exactitud quién es Malakhov, qué ve cuando mira a la escena y se emociona, pero por sus actos y la manera en que se conduce, tengo la impresión de que es un hombre humilde y agradecido.

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