El presagio de Tomás Oliva

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

La Casa Museo Oswaldo Guayasamín, en la parte antigua de la ciudad, acoge hasta inicios de noviembre una muestra del escultor y pintor cubano Tomás Oliva, artista que reside en EE.UU. desde los años 90 y quien desde esa fecha no expone en la Isla.

La muestra personal se titula Hay un presagio en el aire y está compuesta por piezas escultóricas, instalaciones, dibujos y pinturas e incluye un aparte en el que le rinde personal tributo al escritor checo, Franz Kafka.

En reciente conversación con La Jiribilla, el reconocido artista reveló que “uno de sus sueños es emplazar en La Habana vieja una escultura” y agradeció “a la Oficina del Historiador que aprobara el proyecto”, presentado a finales del pasado año.

Imagen: La Jiribilla

¿Importancia de exponer en La Habana?

Es muy significativo para mí hacer esta exposición en Cuba porque tiene que ver con los orígenes de la cultura taína, que es una gran fuente de inspiración en mi trabajo. En realidad este proyecto surgió hace unos diez años y vengo laborando en él desde el 2000, a partir del desarrollo de una serie de imágenes que habían sido previamente ideadas exactamente en el año 1983. En el 2000 empiezo a desarrollar la serie bajo el título To–To que no es más que la abreviatura y repetición de mi nombre: Tomás Oliva-Tomás Oliva.

Este volumen creativo tiene mucho que ver con la cultura taína que fue la fuente de inspiración iniciática, a partir del potencial expresivo que tiene el indio y el cemí, el ídolo taíno. Los cemíes ejercieron una magia extraordinaria y a partir de una meditación profunda, surgió la apropiación. Aparentemente puede parecer un poco prosaico, pero no lo es: el inodoro, en cierta medida le encuentro una gran similitud, y lo reanimo y lo utilizo a modo de cemí, como si fuera el símbolo más importante de lo que es la ruptura entre la civilización occidental con los orígenes naturales, es decir, con la naturaleza en sí. Pienso que esa ruptura comienza a gestarse en el neolítico cuando el hombre decide transformar la naturaleza y convertirla en algo que le sirva y no estar, como antes, en  función de la naturaleza como madre. A partir de ahí es que surge esta idea.

Uno de los pilares de nuestra nacionalidad es el aporte indígena, sin embargo, es una de las fuentes que no se tiene muy en cuenta en los procesos creativos de todo tipo.

La presencia indígena se barre, se extermina en la Isla —aunque recientemente se han descubierto grupos que tienen una fuerte descendencia. El doctor Rivero de la Calle, quien ha hecho muchas investigaciones de campo, me comentó que es muy difícil encontrar en nuestro país un nativo puro: no existe porque está mezclado con otras razas. Sin embargo, en la parte oriental del archipiélago aún existen algunos grupos que están bastante vírgenes y se puede rastrear genéticamente la presencia india.

¿Qué encuentra el espectador en Hay un presagio en el aire?

Hay esculturas y dibujos sobre lienzo de gran dimensión —de hasta cinco metros de largo—  y también incluí  combinaciones de pintura y dibujo. Incorporé una obra que es, eminentemente, participativa y la ubiqué en la galería cerrada; esa pieza posee en sí misma un gran componente de sorpresa e igualmente está la instalación El silencio de las sirenas.

Imagen: La Jiribilla

El silencio de las sirenas está basada en la obra de Kafka, ¿por qué ese interés?

Comienzo a trabajar con estas imágenes en Kiev y las abandoné debido a que estaba sometido a un entorno muy dinámico y exigía demasiada concentración —en ese momento, no tenía tiempo para la experimentación artística. Precisamente por esa época me sumerjo en la obra de Kafka gracias a una amiga ucraniana, ceramista, de origen judío que me facilitó mucha bibliografía y es cuando empieza mi fascinación por el mundo kafkiano del escritor judío-checo. El silencio de las sirenas, que está dentro de la serie To-To, nace de la fuerza con que Kafka plantea de que ‘el silencio de las sirenas puede ser mucho más letal que su canto’. A partir de esa tesis surge esta serie.

Aquí en Cuba ingresó en el Instituto Superior de Arte, cursó el primer año, y le llega la beca para estudiar en Kiev, ¿qué le aportó este traslado?

Al principio fue un choque porque todo es distinto: la idiosincrasia, el idioma, el clima y la cultura alimentaria, pero a la vez fue muy educativo porque fue entrar en otro mundo. Aquí habíamos recibido clases de profesores soviéticos y yo tenía la idea de que iba a ser algo parecido, pero no. Allí la manera de enseñar era muy demandante  y había que pasarse las madrugadas trabajando: era muy fuerte, no obstante me dotó de herramientas. Lo que más me importaba era dominar el realismo y lo logré, aunque no me interesaba el realismo socialista como tendencia artística.

En San Alejandro impartió clases, ¿cómo ha asumido la  pedagogía?   

Cuando regresé de Kiev traje ese sistema rígido y exigente —tal y como me habían formado—, pero poco a poco me fui ablandando y aunque siempre he sido riguroso con el tiempo uno se va moderando. Por más de 25 años he sido profesor —diez años en Cuba y luego en la Universidad Autónoma Metropolitana, en México, y en varios colegios de EE.UU.— y pienso que el haber trabajado con personas que enfrentan incapacidades de todo tipo, que van desde niños autistas hasta otros con síndrome de Down, te cambia la perspectiva de muchas cosas. Tengo anécdotas preciosas que me enseñaron sobre el ser humano y, sobre todo, la manera de llegarle al alumno.

Imagen: La Jiribilla

Usted trabaja por series: las comienza, las abandona, las retoma, ¿por qué las series cómo método de trabajo?

Es una pregunta interesante que no tiene respuesta; quizá, porque la obra se produce bajo determinados parámetros estéticos y conceptuales o tal vez depende de la manera en que mi cerebro genera un grupo de piezas.

Efectivamente, cada cierto tiempo retomo las series y nunca las abandono. Hace unos años volví a la serie de los Estados, que tiene que ver con una exposición realizada en el año 1991 en la galería de 23 y 12, en el Vedado habanero. En esa muestra hice una serie de dibujos que me habían encargado en Nueva York y que tenía que ver con la impresión que me causó esa ciudad. A esa pequeña miniserie la titulé La luz de Nueva York. Todo está fundamentado a partir de la luz, pero en la serie Estados también la luz jugaba un factor importante y aparecían los materiales de construcción, los hierros, los óxidos. Venía del entorno de la costa del oeste de EE.UU. y al  llegar, por primera vez, a Nueva York —ya no me causa la misma sacudida—, me impactó la antigüedad de las cosas, el fenómeno de la fosforescencia en los metros y la luz natural, que es tan preciada, cuando un rayo se filtra en algunos lugares. En las grandes avenidas sí, pero en general es más complicado enfrentarse a la luz del sol y la manera en que se comporta y filtra; basé la obra en ese choque que me causó la luz neoyorkina, que es muy particular. 

La pintora mexicana Frida Kahlo, también, ha sido ícono recurrente a lo largo de su carrera…

Frida Kahlo es una serie que aún está en proceso y no creo que tenga fin. Estoy desarrollando una serie-homenaje a Frida en distintos lugares del mundo. Existe una carta que le escribí a Frida, en el año 1987,y que nunca envié porque ella murió el 13 de julio de 1954: fue algo muy romántico y a partir de ahí decidí hacer —cada vez que tuviera una oportunidad— una columna-homenaje a Frida en diferentes lugares del mundo. Hice una aquí, en La Habana, que se exhibió en una salón colateral de esculturas contemporánea durante la II Bienal de La Habana —de esa pieza nada más que quedan fotos—, posteriormente realicé una en la India (Frida India, realizada en granito), otra en Chile  (Frida inquebrantable, realizada en piedra arenisca y acero), y dos en la ciudad norteamericana New Hampshire, al noreste de EE.UU. (Frida embarazada de un jugador de bolas y Frida rota, ambas en granito).

Pero, ¿por qué Frida?

Esa pregunta me lleva a pensar en mi afinidad con Kafka. Creo que soy tan hipersensible como lo era el escritor checo y esa manera de ser me hizo reaccionar muy intensamente ante la obra de Frida. Cuando aún era estudiante, se realizó en el Museo Nacional de Bellas Artes una muestra de pintura mexicana y entre las obras que se expusieron, estaban Las dos Fridas. Cuando estuve delante de Las dos Fridas, sinceramente, sentí un rechazo que fue provocado por lo que de visceral e intensa tiene esa pieza; fue algo que sentí muy profundo y años después quise pedirle disculpas a Frida por haber tenido esa reacción frente a su obra.

¿Cómo ha sido la reacción del público ante la obra emplazada que reverencia a la Kahlo?

Por ejemplo, cuando estaba concluyendo el emplazamiento de Frida rota, pasó por allí un homeless (vagabundo) y exclamó: ` ¡esculturas de este tipo son  las que hacen falta en esta ciudad!´ Yo quedé impactado ante esa confesión que venía de un hombre  sin dientes, sucio, sin recursos y me di cuenta que, también, tenía hambre espiritual. Eso me llegó muy hondo, me estremeció.

Imagen: La Jiribilla

¿Dónde está el punto en que equilibra su sensibilidad con la rudeza de la escultura?

Los materiales de la escultura son muy diversos; el barro, por ejemplo, es blando y uno de los elementos más moldeables del planeta y se endurece con el fuego, que es proceso ajeno a él y hay otros materiales que sí son muy duros. En mi vida he transitado por muchos materiales —acero, piedra, granito, mármol y bronce—, pero al único al que no me he acercado jamás ha sido al hierro. Mi padre, el escultor Tomás Oliva, alcanzó una notoriedad trabajando el hierro y él mismo me confesó que no quería que yo fuera una especie de sombra de él; y ese consejo me lo dio cuando le comenté que iba a entrar en la escuela a estudiar arte. Recuerdo me dijo que era una carrera difícil, de mucho trabajo y que para asumirla tenía que tener un deseo irrevocable y que, además, tenía en mi contra que él era un artista reconocido y no quería que me sintiera mal porque ser ‘el hijo de’. Aunque seguí sus pasos nunca trabajé con el material que él lo hacía. La obra de mi padre es extraordinaria y mi madre Iris Agüero, también es escultora y fue profesora de San Alejandro. Es complejo. Mi madre fue maestra de anatomía y el método que aún se imparte hoy fue creado por ella.

¿Y desde pequeño sintió inclinación por las artes? 

Quería estudiar ciencias, quizá era una reacción natural por oposición, pero a la vez me fascinaba ver a mi padre trabajar. Pasaba horas observándolo.

¿Y cuándo llegó el llamado del arte?

El arte me fue persiguiendo y fue algo extraño. Apareció la oportunidad de hacer un examen extraordinario en San Alejandro porque no se llenó el cupo de estudiantes e hicieron una segunda convocatoria. Casualmente, supe de esa opción y como no perdía nada porque podía seguir mis estudios preuniversitarios, y como los retos siempre me han gustado, decidí hacer las pruebas. Después que entré en la academia —y transcurrido un breve tiempo— un día, parado ante el Obelisco de Marianao que está justo frente a la academia, miré a mi alrededor y me dije `¡qué hubiera sido de mí de no estar en esta escuela porque esto es mi vida!´.

Imagen: La Jiribilla

Comentarios

Gracias Estrella, muy buen periodismo.

Magnifica entrevista

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