La divulgación ambiental y el cambio
de comportamiento

Alejandro Palmarola • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor
 

Calentamiento global, contaminación, extensión de especies, invasiones biológicas, fragmentación, pérdida de hábitat… ¿quién no ha escuchado estos términos en los últimos años? Muchas veces sin saber su significado a ciencia cierta, estas palabras nos persiguen en los medios de comunicación, en los programas educativos e incluso, corroen nuestra conciencia como eternos “pecadores ambientales”, condenados a vivir en un mundo caliente, inundado, sin bosques ni oxígeno.

Aunque existen numerosos ejemplos de programas de educación ambiental —o educación para la conservación— con resultados positivos mesurables, la mayoría de los proyectos ambientales que conozco, evalúan el éxito de sus objetivos, en cantidad de información distribuida, personas capacitadas o voluntarios involucrados.

Imagen: La Jiribilla

Creo, lamentablemente, que desde hace algunos años, los proyectos medioambientales entraron en un círculo vicioso al utilizar los mismos métodos para, supuestamente, hacer llegar su mensaje y modificar conductas: concursos de dibujo, festivales ambientales o culturales, recogida de desechos en playas, producción de afiches y folletos, etc. Con objetivos loables, muchas veces con problemas bien identificados, estas iniciativas reproducen una y otra vez el mismo esquema de “proyecto ambiental”, muchas veces sin detenerse a pensar en el impacto real sobre sus públicos meta.
 

“No pretendas que las cosas cambien si siempre actúas de la misma manera”
Albert Einstein

 

Por otro lado, los mensajes catastrofistas sobre el estado del planeta, el papel de hombre en la destrucción de la biodiversidad, el estado irreversible de la situación actual, están —en mi criterio— muy lejos de promover un cambio de mentalidad hacia la conciencia ambiental, y lo que es más importante aún, un cambio de comportamiento. Creo que el sentido de culpabilidad no genera sentido de pertenencia o de responsabilidad. ¿Qué logramos con que un niño escuche, una y otra vez, que en pocos minutos desaparecen más de diez mil hectáreas de selva? ¿Estaremos sembrando conciencia e impulsando adultos ambientalistas? Ya en 1995 el profesor  David Sobel se preguntaba: “¿Pero qué es lo que ocurre realmente cuando depositamos el peso de los problemas ambientales sobre espaldas de ocho o nueve años, ya angustiados por demasiadas preocupaciones y con escaso contacto con la naturaleza?” En los casos de abuso físico, por ejemplo, los niños aprenden a aislarse del dolor, desarrollan personalidades múltiples o simplemente no registran las experiencias dolorosas; ¿no sucederá lo mismo en el caso del catastrofismo ambiental? Es, al menos válido, evaluar si esta información no terminará igualmente distanciando a los niños del mundo natural en vez de vincularlos con él. Si la naturaleza está siendo maltratada, no querrán acercarse a ella.

Imagen: La Jiribilla

La reiteración de estos mensajes produce, en la gran mayoría de las personas, lo que es conocido por muchos autores como “ecofobia”. Es decir, una fobia a todos los problemas ambientales e incluso a los temas relacionados con los problemas ambientales. Estamos, tal vez, creando nosotros mismos una barrera para el cambio de comportamiento que queremos lograr: como en toda reacción fóbica, la persona siente ansiedad y trata de escapar de la situación.

Una forma de conocer qué debemos hacer es indagar cómo fueron los inicios de las personas que hoy tienen una tendencia ambientalista. Varios estudios señalan que la mayoría de los ecologistas de hoy tuvieron una infancia vinculada a ambientes naturales y a una persona que les enseñó sobre la naturaleza. Es muy importante darles a los niños la oportunidad de vincularse con su entorno natural y aprender a amarlo, antes de comenzar a cuestionarse cómo sanar sus heridas. El problema es cuando tratamos de exhortar a la responsabilidad, antes de permitir que una relación afectuosa florezca.
 

“Lo que no se hace sentir, no se entiende y lo que se entiende no interesa”
Simón Rodríguez

 

Buscando plantar en los cubanos el orgullo por nuestra flora nativa, como primer paso para involucrarlos en su conservación; la Sección de Conservación de la Sociedad Cubana de Botánica, creó en 2012 “Planta!” una iniciativa para la conservación de la flora cubana. La campaña de divulgación de esta iniciativa, que desde sus inicios tuvo un carácter positivista, enfocada en las características que hacen a la flora cubana única a nivel mundial, fue creada por jóvenes biólogos, diseñadores, comunicadores sociales, fotógrafos, creadores audiovisuales, músicos, cantantes, bailarines… en una suerte de “enjambre creativo”. La colaboración entre tantos profesionales fructificó en una campaña medioambiental con una imagen diferente, atrevida y con personalidad propia; demostrando la importancia de la multidisciplinariedad de la conservación de la biodiversidad y el papel fundamental del trabajo en equipo.

Imagen: La Jiribilla

La campaña de comunicación ha sido la plataforma ideal para gestar acciones concretas de divulgación ambiental, capacitación, entrenamiento, promoción de iniciativas locales de conservación de la flora; así como, el reclutamiento de un ejército de voluntarios ambientales que multiplican el accionar en todo el país.

Esta experiencia, muy alejada de la perfección, deambula por los caminos del ambientalismo de Cuba, con una propuesta visual diferente y mensajes comunicacionales pensados desde la simbiosis de las ciencias ambientales y las ciencias sociales. El futuro de la iniciativa “Planta!” es prometedor, aun cuando su corto trayecto no permita evaluar la efectividad de su quehacer; tarea pendiente para los “plantófilos” que ya se cuentan en centenas por todo el país.

 

Este ensayo utiliza fragmentos del artículo de David Sobel (1995). “Beyond ecophobia: reclaiming the heart in nature education”. Orion Nature Quarterly, Autumn.

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