Sopa húngara

Horas   de   televisión,   tomando   cerveza   barata,   galones de grasa refrita de MacDonald’s. Bid Pratt, Slowpoke Rodríguez, Kenny the skinny y yo, calcinándonos las últimas neuronas a medianoche.

De repente, Bid Pratt nos dice 'No aguanto más, chicos. Me salgo.'

'¿Qué vas a hacer?' le digo.

'Me dijeron que  los húngaros  tienen una mercancía nueva.  Voy a probarla'.

  Los   húngaros   de   South  Woodbury,   con   su   olor   permanente   a remolachas con pimienta, nadie se mete con ellos. ¿Qué puedes ir a buscar al distrito de South Woodbury a la una de la mañana, a cinco grados bajo cero y el pavimento resbaloso por la escarcha? Pero Bid está resuelto. Slowpoke y yo nos miramos con mezcla de fastidio y resignación. Hasta el lento Kenny bufa tras una última mordida de hamburguesa. No hay nada que hacer.'Vamos contigo, Bid'.

  La   66   parece   en   una   película   en   blanco   y   negro,   solo   niebla   y sombra.  En la radio Credence con “let   the midnite special shine a light on you”.  Salida 7 a  la derecha, rumbo a South Woodbury,   la ratonera portuaria sin salida. Aparcamos el viejo Ford en un sitio bien iluminado, cerca del paso de peaje. A nadie se le ocurre aparcar en las calles malolientes y oscuras del distrito bajo. Cerca del peaje, al menos   estarán   los   guardias   echándole   un   ojo   al   viejo   Ford.

Cruzamos el viejo puente a pie.

  Los   húngaros   nos   reciben   como   pieles   rojas   a   un   convoy   de pioneros.  El   gordo  Kenny   se   queda   aparte,   a   una   yarda.  No   le gustan los húngaros, dice que tienen la piel demasiado blanca, los ojos demasiado negros.  Slowpoke y yo nos miramos mientras Bid Pratt habla con ellos. Parece un presentador de concursos de la tele.

  El jefe húngaro saca un frasco.

‘Solo   unas   gotas   debajo   de   la   lengua,’   dice   en   su  mal   inglés, arqueando las cejas como cuernos.

  Nos   vamos   con   la   mercancía.   El   frasco   es   ámbar,   con   un cuentagotas   en la  tapa  y  dice  “Magyar  Leves”.  No sé  qué  coño significa  “Magyar Leves”.

 ‘Chicos,’ dice Bid Pratt, ‘vamos a probar esto.’

  Estamos a seis manzanas del paso de peaje, a seis manzanas del viejo Ford, en medio de las calles malolientes y oscuras del distrito bajo.   Bid   Pratt   nos  mira   con   su   expresión   de   presentador   de concurso, en fin. Nos echamos las gotas bajo la lengua. La oscuridad total. ¿A dónde fueron  las luces,   las pocas  luces de farolas de South Woodbury? Las sombras se alargan en la sombra.

  El olor del miedo. Siento que alguien nos persigue, alguien con olor a remolachas   con pimienta.  Corremos.  No  veo  un  carajo,  no  sé dónde están los demás. Yo solo corro, sin parar, para salir de este mal viaje.

Se hace la luz. Ya puedo ver el paso de peaje, el viejo Ford intacto y esperando. Cruzo el puente casi sin aliento. Me detengo al fin, a cien metros del peaje. A mi lado llegan Slowpoke y Bid Pratt. Solo falta Kenny the skinny. Como es tan gordo no puede correr.

  ‘¡Oh, no!’ grita Bid apuntando hacia la mitad del puente. Kenny  the skinny está en el  suelo,   inerte.  En segundos lo rodean seis sombras blancas, otra vez el olor a remolacha y a pimienta. Una sombra se inclina  sobre el  cuello de Kenny.  Luego las  otras.  La primera sombra se levanta y nos mira. Por alguna razón creo que no puede cruzar a este lado del puente. Sin embargo está ahí, la veo perfectamente, con sus cejas arqueadas como cuernos. La sangre en sus labios contrasta con la piel tan blanca. Las sombras se marchan, dejando a Kenny en medio del  puente, pálido,   la   sangre   empapándole   la   camiseta.  Bid  Pratt,  Slowpoke Rodríguez y yo, de este lado del puente.

Bid no mueve ni un músculo, ni siquiera de la garganta.

Grita Slowpoke: ‘¡Oh, Dios mío, han matado a Kenny!’

‘¡Hijos de puta!’ grito yo.

Y los tres nos echamos a reír.

 

Abel Fernández-Larrea. (La Habana, 1978). Narrador, ensayista, traductor, editor y profesor. Es editor de la Editorial UH y profesor en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Miembro de la AHS. Tiene publicado el libro de cuentos Absolut Röntgen (Caja China, 2009). Sus cuadernos Berlineses y Los héroes de la clase obrera obtuvieron en 2012 el premio Fundación de la Ciudad de Matanzas y el Premio Uneac de Cuento Luis Felipe Rodríguez, respectivamente. El cuento que publicamos pertenece a Berlineses.

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