Un festival diverso, inclusivo, singular

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
Fotos: Gabriel Guerra Bianchini

Basta con rastrear los programas de los festivales internacionales de música en cualquier latitud planetaria y compararlo con el del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, de La Habana,  para llegar a la conclusión de que el evento cubano rebasa esquemas y dinamita convenciones.

La diversidad es uno de sus signos capitales.  A la trama de conciertos en salas casi siempre abarrotadas por un público ávido y heterogéneo, suma exposiciones de artes plásticas, jornadas académicas, performances, proyecciones fílmicas y presentaciones teatrales y danzarias, enfocadas desde la música, pero bajo un concepto cultural sólidamente fundamentado y plural.

Imagen: La Jiribilla

En la sexta edición del Festival, se hizo nuevamente evidente lo que el maestro cubano ha llamado “maridaje perfecto de músicas inteligentes”. La frase dista de ser un lema publicitario, para convertirse en realidad conscientemente asumida. Ser incluyente no ha sido principio sin sustento ni complaciente, sino ejercicio de máximo rigor. Si la música de cámara se abrió hacia la llamada música popular, lo hizo con artistas que toman muy en serio su oficio y predican con el ejemplo, tales los casos de Marta Valdés, en la órbita de lo más depurado de la canción cubana como lo es también su joven intérprete, Haydée Milanés; Pancho Céspedes, heredero y a la vez renovador del bolero y la trova, a partir de un contacto con el pop verdaderamente creativo; y el argentino Fito Páez, quien ocupa una jerarquía indiscutible en el rock latino.

A ello habría que añadir las sesiones nocturnas denominadas Noches blancas, abiertas e informales pero igualmente rigurosas y espléndidas, dedicadas al jazz (con Julio Cortázar en la memoria), al flamenco, a la rumba y al son.

Imagen: La Jiribilla

Pero también en el orden de lo que se considera estrictamente música de cámara, la propuesta brouweriana se desmarca de tópicos. El público tuvo acceso a músicas que habitualmente no son frecuentadas en la programación de concierto ni confrontadas estilísticamente, tanto en Cuba como en otros países. Que haya conciertos dedicados a la música antigua y a la más reciente creación, que se junten coros y solistas, orquestas de cuerda y elementos electroacústicos y que convivan figuras mundiales de primerísimo orden con talentos emergentes, constituye uno de los fundamentos de la singularidad del evento.

En esta oportunidad contribuyeron a ese panorama personalidades del relieve del catalán Jordi Savall, experto en la viola da gamba y la recuperación de partituras olvidadas; el franco-norteamericano Yo-Yo Ma y el mexicano Carlos Prieto, calificados entre los grandes violonchelistas del mundo; la china Jenny Q Chai, reconocida por su proyección postmoderna; el mexicano Horacio Franco, el más encumbrado ejecutante de la flauta dulce; la orquesta española Sinfonity, única formación de guitarras eléctricas en abordar transcripciones del repertorio clásico; el mexicano Cuarteto Latinoamericano, agrupación líder entre las de su tipo; y la orquesta argentina Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías, por citar los más conspicuos elementos presentes en el Festival… y si vinieron a La Habana se debe al enorme poder de convocatoria del maestro Leo Brouwer, el más universal de los músicos cubanos vivos.

Al prestigio de Leo debe agregarse la capacidad de gestión de su Oficina y su interacción con instituciones culturales y entidades patrocinadoras. Sería interesante tomar esta experiencia y adaptarla a las necesidades de perfeccionar el sistema de eventos de la cultura en nuestro país.

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