Fito esencial

Leandro Maceo • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora

La vida” tan de Silvio como suya irrumpió y desde entonces no hubo pausas. Teatro lleno y el Fito de siempre, el de ida y vuelta a una Habana que también le pertenece, encendía las luces al ritmo de “Y dale alegría, alegría a mi corazón”, mientras con certeza «afuera se iban la pena y el dolor».

Imagen: La Jiribilla

Chico Buarque tenía puestos los anteojos que dejó sobre un cuaderno con su rostro, iluminando el cuarto, algo entrando… “Carabelas de la nada”.

Luego vinieron ellos, quienes solos "pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo" con tan solo “Once y seis”.

Como todavía quedaban restos de humedad y olores llenando soledades decidió inundar a sus cómplices con “El breve espacio en que no estás”,  sutilezas de su "hermano Pablo".

Todo poco a poco fue dejando de importar. Todos esos, menos esos paraísos en el mar…Y se detuvo el tiempo “Detrás del muro de los lamentos”, junto al canto de voces que desde lo oscuro lo acompañaron sin pudores.

Aún cuando su corazón iba otra vez, en plena conexión con los demás y tan diferente a un barco en alta mar, recomendaba tirar un “Cable a tierra” y en silencioso diálogo entre dos almas “La última curda” sonaba con su auténtico sabor a tango.

Miraba alrededor las heridas que vendrían, las sospechas que van, mientras pensaba en el alma que piensa y que por pensar no es alma, “Desarma y sangra” y Charly García viniendo de algún lugar a hacerse presencia en una noche llena de agradecimientos.

Imagen: La Jiribilla

Entonces, llegó de pronto, como para no ser olvidada aquella “Muchacha ojos de papel”, corazón de tiza y le dijo ¿a dónde vas?, quédate hasta el alba…no corras más, cuando todo duerma te robaré un color. Y se alzaron ladrones confesos de sus asientos, deseosos de robar cualquier arcoiris después de la lluvia más intempestiva y fugaz.

Pero su amor abrió una herida, porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal…porque todo el tiempo estuvo en un mismo lugar, bajo una misma piel, pidiendo no caer en las “Tumbas de la gloria”.

Nadie lo sabe ni nadie la vio, nada estaba allí, ni mejor ni peor, solamente sus ojos cambiaban de color, a una hora del día se teñían de un “Ámbar violeta”. Sin pedir permiso él decidió cantar su secreto, y todos los oídos atentos recogieron cada sílaba de sus palabras.

Pero como existe un cielo, un estado de coma y cambia el entorno de persona en persona hay que dar “Giros”, dar media vuelta y ver qué pasa allá afuera, donde no todo el mundo tiene primaveras.

Que estúpido que fue, se dice. Estaba allí y nunca la vio. El chiste le salió caro y recurre al perdón… «A veces es difícil estar en mis zapatos», es parte de la “Naturaleza sangre”. De todo lo que hierve incontenible y nos hace criaturas peligrosas y esquivas.

Imagen: La Jiribilla

Minutos más tarde no sabía si era un ángel o un rubí…pero esta vez sí la vio… Ella salía entre la gente a saludar, los astros se rieron otra vez, la llave de mandala se quebró… Tenía “Un vestido y un amor” y él simplemente la vio. Todo lo que diga está de más.

Todos yiran y yiran, todos bajo el sol, cada vez que me miras, cada sensación, se proyecta la vida… “Mariposa tecknicolor”… Y sin darse tiempo más que para compartir un pedazo de cariño salió a poner delante de los ojos un documento inalterable, mientras confesaba a todo aquel que se arriesgó a buscarlo esta noche de octubre “Yo vengo a ofrecer mi corazón”…, en un canto apretado y lleno de certeza de que no será tan fácil, ni tan simple como abrir el pecho y sacar el alma.

Y no fijarse en ella y su manera de actuar. Y no decirle a nadie si quedarse o escapar. Cuando el mundo te pregunta del por qué, por qué, por qué, casi siempre se dan las señas equivocadas, aunque ronde como una constante la convicción de que  “Dar es dar”, la oportunidad de encontrar en alguien lo que nunca encontrás.

Y fue entonces cuando llegó el momento de conquistar con vano afán este tiempo perdido que nos deja vencidos sin poder conocer, eso que llaman amor “Para vivir”. El público cubano lo había esperado dos años. Una deuda que no podría ser saldada de ninguna manera, de modo que las dos horas dejaron una sed insaciable de melodías.    

Todos querían más, debía volver y entonar las notas de ese, su himno. Recitar la letra inmortal de esa canción que le devuelve el credo en las palabras. Estaba obligado a retornar “Al lado del camino” y decir hasta siempre al estilo de esas estrofas tan esenciales como su propia existencia.

Imagen: La Jiribilla

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