Horacio Franco sin fronteras

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
Fotos de Internet

H

oracio Franco no encaja como un tradicional intérprete de música de concierto. Leo Brouwer, al anunciar su presencia en el sexto Festival de Música de Cámara que lleva su nombre, nos lo había advertido: “Es el mejor intérprete de flauta dulce que he conocido”. Pero no lo dijo todo: Franco, mexicanísimo de pies a cabeza, hasta con esa incontinencia verbal que se les da a los habladores de su tierra, es un músico excepcional que con sus flautas de pico derriba prejuicios y barreras, desde la propia imagen con la que llegó a la escena del teatro Mella, de la capital cubana; chaqueta desmangada, botas negras, calzón blanco ajustado y cresta punk.

De sus instrumentos, subvalorados hoy día como accesorios escolares, ha hecho cátedra. De la afición a la perfección, del canto a la virtud. Sí, es un virtuoso, pero a la vez un codificador de mensajes. A falta de originales para la flauta dulce —muy escasos en el legado de los compositores reconocidos por la tradición occidental del Renacimiento a nuestros días— adapta y versiona, dignifica la flauta dulce como instrumento solista de primerísima línea y logra una empatía imantada con los auditorios.

Imagen: La Jiribilla

Como alfa y omega, Vivaldi. El preste rosso aporta una materia prima contundente y brillante, que al encontrar cauce en transcripciones impecables, abre para la flauta el espacio primariamente ocupado por el violín en las sonatas del opus 2 o en la de Fa mayor del opus 5. Lo mismo sucede con una página de Arcángelo Corelli o al entrar en tratos con Bach. El Barroco, con sus fluidas melodías y secuencias piramidales, le va como anillo al dedo, secundado por el clavecín ejecutado por Santiago Álvarez.

Pero Franco no se detiene en esa instancia fundacional y explora otras músicas, en compañía del contrabajista Víctor Flores. La que le antecede y nutre, con un aerófono de la cultura maya–quiché, y la que palpita en su entorno cotidiano: temas de Lennon y MacCartney y sabrosos danzones de Cuba y México, como el inefable “Almendra”, de Abelardo Valdés, y “Nereidas”, de Amador Pérez. Y qué bien el tránsito de la edad del prerrenacentista Jacopo da Bologna a las delicias danzoneras del “Rigolettito” de Tomás Ponce.

Nada, que la música en los labios y la mente de Horacio Franco no reconoce fronteras.

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