Camino a Camagüey

Omar Valiño • Camaguey, Cuba

Para Amado del Pino

Imagen: La Jiribilla

Desde hace tres años, al término de algunos de nuestros grandes eventos teatrales, he querido reflexionar a partir de cada uno de ellos sobre el estado de la creación teatral en Cuba y sus vínculos con el sistema institucional. Considerando que los festivales u otras celebraciones representan un punto insoslayable de convergencia de ambas esferas, he preferido esta perspectiva para el análisis. No obstante, en ocasiones la reflexión sobre el tema la he realizado desde una mirada más abarcadora sin vincularla a un evento particular.

Teniendo en cuenta lo acontecido en el reciente Festival de Teatro de Camagüey poco podría agregar a esas valoraciones antes referidas. Por tanto, prefiero detenerme en las interioridades de la sexta edición del festival, realizada ―bajo el auspicio de las instancias provincial y nacional del Consejo de las Artes Escénicas―, entre el 26 de septiembre y el 6 de octubre último. Quizá, a la luz de una experiencia concreta puedan ser mejor desentrañadas algunas problemáticas de la escena cubana actual.

En principio, el evento tuvo dos rasgos notables. Uno, garantizar la propia continuidad del festival. Si la agudísima crisis económica de los comienzos de la década hizo dudar sobre su destino, esta segunda celebración en el transcurso de los 90 parece consolidarlo de manera definitiva. No acostumbro a aplaudir los eventos por el simple hecho de realizarse, sino por el nivel real alcanzado. Pero en el caso camagüeyano representa una virtud en sí misma la naturalidad con que se facilita la comunicación entre los teatristas. Las características de la infraestructura que la ciudad pone a disposición del festival ―a pesar de sus insuficiencias―, contribuyen a ello y convierten a Camagüey en una plaza de confrontación insustituible.

Otro defendible atributo lo constituyó el hecho de dedicar en forma exclusiva el festival al acto escénico cubano. Al parecer, desterrando para siempre la bizantina querella sobre si para ser teatro nacional debía partir únicamente de la dramaturgia concebida en Cuba. Así, resuelto este asunto y asumiendo además la producción del teatro para niños y jóvenes, de títeres o no, el festival se dibuja como el espacio por excelencia de todo el teatro cubano de la Isla.

Ahora bien, ese todo no debe implicar la creencia en el traslado mecánico del conjunto de lo elaborado durante dos años hacia Camagüey. De hecho, ello no es así, ni puede ser materialmente posible. Pero la muestra tiende a otorgar un lugar excesivo a la representatividad, cuyos parámetros no se ajustan siempre a la ansiada calidad. Aun cuando participaron, en general, las mejores creaciones de los últimos años, puede lograrse mayor selectividad. Lo representativo puede resolverse a través de la presencia de determinados directores, actores, críticos o dramaturgos… sin la compañía de espectáculos o grupos innecesarios. Así, se comprende que aquel todo no es más que una posibilidad cierta, pero en dependencia de la calidad.

Entonces, este nivel selectivo podría redundar en varios beneficios. De una parte, reconocería el esfuerzo y los resultados de cada colectivo, otorgándole su debida jerarquización al ser seleccionados para la muestra. A su vez, evitaría gastos materiales y facilitaría tanto la organización como el trabajo de los jurados y la anuencia del público. Quizá permitiría también extender el tiempo de permanencia en el evento de algunos otros integrantes de los grupos y no solo de los directores. Por otro lado, admitiría la inserción de nuevos espacios de trabajo en el festival, que considero imprescindibles a esta altura y en el futuro inmediato.

Imagen: La Jiribilla

Este último asunto contiene un problema conceptual en la base del diseño del evento. Obviamente, el tiempo escasea, pero es así porque no se ha pensado de otra manera. Si junto a la muestra se abriera el cosmos del festival a través de talleres, conferencias, clases, demostraciones, encuentros… Camagüey se convertiría en un gran espacio de trabajo y de re-conocimiento. La confrontación a ese nivel propiciaría una relación más profunda. De ahí que pudieran surgir, además, proyectos concretos como programas de formación y superación tan necesarios para muchos grupos carentes de ellos. Alguna vez el propio evento sirvió para trazar estrategias en este sentido. Volver a ellas considero que es fundamental si aspiramos a un verdadero desarrollo nacional del teatro cubano.

A esas nociones de intercambio y conocimiento, por ejemplo, se le adjudican hoy, con razón, parte importante dentro de las causas del desarrollo experimentado por el teatro para niños y jóvenes. Aunque en Camagüey faltaron algunas presencias de este ―por razones no imputables al festival―, que no permitieron aquilatar, en toda su medida, ese desarrollo, considero utilísima esa convivencia entre todos los segmentos de nuestro teatro.

Para el reinado de aquellas nociones, también resulta insoslayable la recuperación ―pues Camagüey lo ha probado―, de los Encuentros con la Crítica. No me cansaré de insistir en la necesidad de análisis de cada espectáculo. Es allí, en un nivel concreto, donde puede ser más útil y fructífero el diálogo entre creadores, especialistas y espectadores. Desde esta perspectiva la crítica no debe entenderse como el juicio exclusivo de unos sobre otros y mucho menos como patrimonio de los críticos, sino como un ejercicio intelectual del conjunto de los teatristas y su público sobre su quehacer. Sí, incluso el público laxo, mucho más difícil de convocar a estas sesiones, pero portador de una mirada que no podemos seguir postergando o soslayando. Bien diseñado y con respeto es posible ese diálogo, que tampoco fue posible mediante el boletín. Esa indagación hubiera evitado, por ejemplo, desafortunados criterios aparecidos después del festival sobre algunos espectáculos.

Al mismo tiempo, estoy convencido de que ese diálogo necesario y posible se presenta como un camino difícil y con numerosos obstáculos. Las jornadas que ocuparon las tres mesas redondas efectuadas allí, vinieron a corroborarlo, a pesar de su desaprovechada potencialidad. Sin preparación en las dos primeras, sobre dramaturgia cubana actual y teatro para niños y jóvenes, respectivamente, y muy deficiente conducción en la inicial, las intervenciones no pasaron de las anécdotas, el refugio en el pasado y los lugares comunes. En la segunda, con algunos buenos análisis, tampoco se propició el debate. Y en la tercera, organizada hasta el detalle y con tres textos polémicos como pórtico, centrados en la puesta en escena hoy, apenas hubo escasas y pobres intervenciones. Buscarle una explicación plausible a este fenómeno puede alumbrar el estado de nuestro movimiento teatral: ¿no está diseñado el festival para este tipo de discusiones?, ¿impedirá el nivel empírico una discusión a fondo sobre cuestiones técnicas?, ¿se sigue menospreciando el papel de la reflexión conceptual?, ¿se teme a la verdad y a la crítica?

En el plano artístico, el festival exhibió un pequeño conjunto de espectáculos de alta calidad artística y otros con logros parciales. Muy plurales entre ellos, muestran lo mejor del rostro del teatro cubano actual. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que además de ser muy contadas excepciones, son la acumulación de dos largos años de trabajo. De tal manera que la producción de calidad sigue siendo exigua ante el volumen de agrupaciones.

Imagen: La Jiribilla

Otro aspecto que pareciera poder discutirse, es el sistema de premiaciones. Aunque personalmente preferiría un evento no competitivo, resulta evidente el consenso alrededor de su necesidad. Los premios siguen siendo un estímulo y confieren una cierta jerarquización. Ojalá las excesivas entregas no lastren esta última y que, a su vez, se convierta en un real rasero para la promoción nacional e internacional de todos los agasajados. Si se reconoce en el conjunto de ellos su pluralidad, esto debe traducirse en la colocación de todos los colectivos en los muy diversos espacios del panorama escénico interno y externo.

Si a la natural concentración de intereses y la abrumadora respuesta del público (aun aquel viciado que reacciona exageradamente, al que tiene que atender el Consejo Provincial de Artes Escénicas, entre otras cosas, con una programación habitual), la responsabilidad de los técnicos y trabajadores de las salas, la preocupación de la dirección del Consejo Provincial, se sumaran algunas de estas ideas, el movimiento teatral cubano siempre estaría dispuesto a partir “camino a Camagüey”.

Este texto sobre el Festival de Teatro de Camagüey de 1996, permaneció inédito hasta hoy. Insistí en recuperarlo para mi libro Rieles. Teatro en torno a Camagüey, en proceso de edición por la Editorial Ácana. Lo pongo a disposición de los lectores de La Jiribilla para establecer puentes entre pasado y presente.

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