Confluencia feliz de todos los sonidos

Frank Padrón • La Habana, Cuba
Fotos: Gabriel Guerra Bianchini

El maestro Leo Brouwer no es solo ese genial músico a quien todos queremos y admiramos, sino un hombre cultísimo e informado cuyos dominios trascienden el arte de las corcheas para expandirse a otros campos del saber; su compañera en la vida, y colega, la musicóloga Isabelle Hernández lo sigue paso a paso en su obra, y esa fusión personal y profesional arroja frutos riquísimos, como el Festival de Música de Cámara Leo Brouwer, que todos los octubres desde hace seis años engalana la capital con propuestas contundentes y deslumbrantes.

El de este año no se quedó detrás, y el eslogan que preside cada edición ―“Un maridaje perfecto de músicas inteligentes”― se hizo de nuevo realidad con un grupo de conciertos y presentaciones inolvidables; eso que decía sobre la sapiencia de Brouwer le lleva a conocer de primera mano lo que vale y brilla en los linderos musicales ―lo mismo “populares” que “clásicos”, por utilizar la tan desgastada y artificial separación― e invitar a muchos de ellos a La Habana; también lo que en otras esferas de las artes y las letras no hay que olvidar, por eso este año fueron homenajeados  escritores  centenarios como el argentino Julio Cortázar, el mexicano Octavio Paz y el aún vivo Nicanor Parra, de Chile; músicos de la alta estirpe europea (Richard Strauss, en el 150 aniversario de su natalicio) o acontecimientos como la designación mundial al 2014  “Año de la música checa”.

Imagen: La Jiribilla

Con ese infaltable sentido integrador y a sabiendas de los vasos comunicantes entre todas las disciplinas estéticas, los organizadores saltaron de la música (que pudiera escribirse también en plural) a las artes plásticas, el video-art, la danza, las conferencias…(lástima que el cine, que me contó entre los entusiastas colaboradores durante anteriores ediciones, este año quedó un poco a la zaga); el resultado pudiera plasmarse de un tirón pero si se analiza con detenimiento arroja cifras muy estimulantes y definitivamente insólitas: cerca de 30 conciertos, artistas de 17 países y más de 40 estrenos mundiales y nacionales en períodos que abarcan desde el Medioevo hasta la música electrónica.  

Imposible reseñarlo todo, no solo por la dificultad física de estar en todas y cada una de las actividades programadas, sino porque se haría un texto demasiado largo, pero trataré de referirme a algunos de esos conciertos que, junto a mis entusiastas colegas de luneta, hicieron aportes enriquecedores.  

Imagen: La Jiribilla

Fito Páez esencial  fue uno de esos encuentros que colmó el inmensurable Karl Marx ―como lo hizo su colega Pancho Céspedes días antes, uno de esos a los que no había que faltar en la programación, y al que sin embargo resulté lamentablemente ausente― en una presentación que nos acercó a muchos de sus grandes éxitos, pero, a tono con las características del evento, lo acompañó un pequeño conjunto sinfónico que extrajo en singulares arreglos, muchas de las células que de ese tipo laten en su obra; dirigida con mucho tino por Daiana García, la orquesta de Cámara de La Habana, con la participación de un paisano del cantautor (el contrabajista Mariano Otero), logró tejer con motivos regionales y universales algunas de sus piezas exquisitas: los aires de zamba en “Detrás del muro de los lamentos” , los acordes altiplanenses para “Naturaleza sangre”  o toda la fuga barroca que significa la gloriosa “Tumbas de la gloria” , fueron algunas de ellas; sin olvidar al Páez pianista que regaló, por ejemplo, uno de esos tangos intensos y viscerales ―para él constituye el más grande― como es “La última curda” (Cátulo Castillo/Anibal Troilo) o la investidura clásica que asumieron piezas ajenas como “La vida” (Silvio Rodríguez) ―orquestado y dirigido por Brouwer― o “Para vivir” (Pablo Milanés), a quienes se dedicó el recital.

Una de las hijas de Pablo, a propósito, centralizó otra de las noches del Festival: Haydée Milanés, en un homenaje a Marta Valdés titulado como una de sus canciones más conocidas, y que da título a un CD que la joven intérprete acaba de finalizar: Palabras.

Con un equipo de músicos “todos estrellas” detrás (el piano de Ernán López-Nussa, los drums de Enrique Pla, el contrabajo de Jorge Reyes, la percusión de Yaroldi Abreu, el Cuarteto de Cuerdas Presto…), se diría, quién puede hacerlo mal, pero Haydeé, quien también diseñó los arreglos, aportó sobre todo una versión fresca y novedosa de esa cancionística que sobrevive décadas y modas, más aun con tantos significativos cantantes que antes la han versionado, comenzando por su propio padre, quien aquí la acompañó en dos momentos exquisitos: “Pequeña Haydeé” y “Deja que siga sola”.

Imagen: La Jiribilla

La joven intérprete, que ha eliminado las repeticiones de todas las piezas, salió airosa en la mayoría de sus versiones, con sobresalientes para “Aida”  (que hizo junto a un trío vocal proveniente de Schola Cantorum Coralina ), “Sin ir más lejos” —en notable dúo con la propia Marta— o “Canción fácil”, pero en ocasiones abusó del falsete, descuidó un tanto el fraseo (como en “Mutis”) o apresuró el tempo original (“Tú no sospechas”), algo que esperamos no ocurra en el disco o en nuevas presentaciones. De cualquier modo resultó un concierto verdaderamente hermoso y emotivo.

Vivaldi Siglo XXI fue otro de los que merecen tales calificativos; la labor que ha realizado Sinfonity, orquesta española de guitarras eléctricas, con el gran barroco italiano, fue sencillamente admirable, como demostraron los aplausos cerrados, entusiastas, de un público mayoritariamente joven.

Los rockeros solo en apariencia realizan una labor ligera: en el fondo, hay mucha enjundia, y sale muy bien parado el mítico autor de Las estaciones desde esos gemidos guitarrísticos que nos lo devuelven en su esencia, aunque arropado por las armonías algo agresivas y festivas del rock; pero no solo vivaldianas nos trajeron: no escapó a su homenaje el propio Leo, con algunos de sus estudios, desgranados con todo conocimiento de causa y precisión , como el propio maestro reconoció con sus ovaciones desde el auditorio.

De Praga a la Habana reverenció el año checo con otra velada excepcional, comenzando por un guitarrista de excepción: Pavel Steidl, quien recreó desde las cuerdas algunos compositores de su país en los siglos XVII al XX; elegancia y sutileza caracterizaron su ejecución; a él y su coterránea Alzbeta Vicková (cello) se unieron  la flautista cubana Niurka González y la violista Gretchen Labrada, quienes interpretaron magistralmente a Schubert y a W.T.Matiegka; no por mero chauvinismo elogiaré la participación del patio, en serias y a la vez gráciles ejecuciones.

El Artemiss Trío —también de República Checa— deleitó con un virtuosismo sereno pero impactante, particularmente en los movimientos que asumieron de su ícono nacional Antonín Dvorak, emprendidos con suma pericia; por último, se incorporó la orquesta de Cámara de La Habana bajo la batuta siempre recia del maestro Brouwer.

Piano posmoderno resultó, como todo lo innovador e irreverente, un concierto polémico; una vez más el escenario del recién incorporado a la vida cultural habanera, Teatro Martí, prestó su adecuada acústica y su perfecta climatización a una presentación de altos quilates, al menos a juicio de quien escribe.

Imagen: La Jiribilla

Jenny Q. Chai (EE.UU.) ha abierto un curioso puente no solo entre las vanguardias (ya algunas incorporadas a la tradición) sino a las conexiones interdisciplinarias; bajo sus potentes dedos, que a veces literalmente “se cogen toda la mano”, el piano es registro audiovisual, instrumento percutivo que trasciende las teclas y ataca otras partes de su geografía, y también simpática propuesta lúdicra;  la concertista transitó por siglos, escuelas, tendencias  que incluían  a Kurtág (1926) o a Ligeti (1923-2006), Baker (1978) o San Martin (1968) en lo contemporáneo, pero se remontaban a un peculiar —más respetable en su estilo— Debussy (1862-1918) o a un Charles Ives (1874-1954).

En la segunda parte y recordando el cincuentenario de la muerte de Colin Mcphee (1900-64), la concertista  hizo algunos momentos de su Balinese Caremonial Music (1934) con algunas de esas proyecciones en pantalla que convierten la ejecución pianística en todo un performance, pero antes incorporó otro grupo de vanguardistas de prestigio (Cox, Stroppa, Kapouscinski…) con algunas de sus interpretaciones, que constituyeron premier mundial.

Imagen: La Jiribilla

Fue una noche de no pocos inconvenientes técnicos, en un programa donde la técnica era precisamente, tan necesaria; por otra parte, algunos de las versiones de Q. Chai deslumbraron más por sus curiosas interrelaciones de lenguajes que por su valor musical intrínseco, mas quedó claro que estuvimos frente a una artista tan anti-convencional —desde su vestuario ora clásico, ora pop— como desenfadada y auténtica, a la que premió el respetable (aun con el explicable desconcierto de algunos) con merecidos y continuados aplausos.

En definitiva, lo de posmoderno que tituló este concierto, sirve para todo el festival Leo Brouwer: la amalgama de estilos y escuelas, la fusión de lo tenido por “alta” y “baja” culturas que proclama el controvertido paradigma estético, es bandera, en el mejor sentido, de estas noches con buena música, cualesquiera que sean su procedencia y características.

Quedan funciones, otras pasaron y, como ya decía, no pude “cubrirlas”, pero una certeza me inunda: cada vez que finaliza octubre, tras las provechosas jornadas de esta fiesta de los sonidos internacionales, todos sentimos que hemos crecido con el disfrute de tardes y noches sencillamente inolvidables.

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