Tantas lágrimas como aplausos: Osiris invita

Norge Espinosa • Camaguey, Cuba

Da gusto enfrentarse a un trabajo de madurez. Eso pensaba cuando vi Las lágrimas no hacen ruido al caer, unipersonal de Monse Duany que llega al Festival de Camagüey con el proyecto Mujeres, fuente de creación. Es la tercera vez que esta actriz se arriesga en este terreno, enfrentándose en solitario al público. Antes, lo hizo con Emelina Cundeamor, célebre monólogo de Eugenio Hernández Espinosa; y luego lo hizo con La Lupe, sobre texto de Roberto Pérez León. Esta vez la acompaña el verbo de Alberto Pedro, que estará además representado en este evento con la reposición de Delirio habanero, a cargo de Teatro de la Luna.

Imagen: La Jiribilla

La cartelera nos lleva a hilar conexiones entre las dos puestas en escena, entre los dos textos de este dramaturgo crucial, fallecido prematuramente. En ambos títulos la música popular cubana deviene sustancia unitiva de lo cubano, por encima de desmemorias y paisajes, y de alguna manera, le estamos rindiendo culto al autor de Manteca al tenerlo por partida doble en este Festival con dos puestas que insisten en hablarnos de la importancia de su legado.

Osiris, mulata santiaguera, está haciéndose santo. Nada más y nada menos que en Lituania, adonde ha llegado empujada por el azar, aunque su anhelo mayor sea arribar a Miami. El fantasma de La Lupe, tan santiaguera como ella, se le cruza en esa conversación que va y viene del más allá hasta el más acá sin miramientos. Espejo turbio, Osiris se ve en la imagen de esa mujer tremenda para reconocer su tragedia, sin quedar anclada en la biografía de la gran cantante, sino trascendiéndola para, más allá de los boleros y baladas que interpreta a lo largo del montaje, hablar del drama de la emigración, de su condición de mujer negra en paisaje tan distinto al natal, de su angustia ante un marido foráneo que no la comprende, tan raro entre sus manos como el samovar que ella emplea en su rito.

Imagen: La Jiribilla

Como Delirio habanero, este es también un texto arduo, en el cual la protagonista tiene que combinar dimensiones, saltos temporales, vacíos y referencias diversas entre las que funcionan, a manera de puentes, las canciones que la actriz va desgranando. Monse Duany hace del espectáculo, dirigido por Miguel Abreu, algo más que un recital, aunque en cierto punto pueda prescindirse de alguno de los temas seleccionados. Su trabajo es tan sólido, su desapego a los clisés que la han perseguido, su entrega vibrante al original y su manera tan nítida de encarar al público, devienen las armas de su desempeño, en el que nos dice de qué manera esas otras experiencias previas le han servido de preparación para entre momento en que ella misma se exige mucho más.

La puesta existe en función de su presencia. No evita ese lugar común de los unipersonales, que consiste en tener a la vista todos los elementos que la actriz empleará, lo cual anula mucho de la expectativa que el espectáculo podría tener a su favor si no resultara demasiado obvio en ese empleo de los objetos. Pero Monse también sobrepasa ese escollo, y ataca sus canciones para desdoblarse en muchos otros homenajes. No solo La Lupe, sino Celia Cruz, Olga Guillot y muchas otras divas de la canción cubana, se apoderan de su garganta, cuando nos devuelve “Pruebo” o “Tu voz”. El fantasma de Alexander Petróvich le sirve de pretexto para desatar su fiero monólogo, y sabe mantener esa energía desafiante cuando va del canto a la palabra del dramaturgo, en acto que algunos definirían como “discurso de género” y que, para mí, es el gozo de verla en uno de sus momentos más brillantes. En ese punto de una carrera en el que una actriz nos revela lo que ha aprendido, y se lanza al vacío con nuevas interrogantes, para seducirnos y recordarnos que el teatro es tener ante nosotros a ese cuerpo vivo y vulnerable, que llora y ríe a cambio de nuestros aplausos. Monse Duany consigue aquí tantos aplausos como lágrimas. Ella es Osiris, mujer de nombre ambiguo, y también ella misma, digna de esas ovaciones que consigue con su canto y con su entrega tan dramática.

Sírvase pues el espectador de ir a aplaudir esta propuesta. Y cante con ella. Y deje que el espíritu de la Lupe se posesione de nosotros y nos haga cantar. Monse Duany y este montaje han venido a Camagüey para lograr todo ello. Como dijera el estribillo de un célebre danzón que tocaba la Orquesta Aragón en sus días de gloria, pase, déjese embrujar y seducir: Osiris invita.

Imagen: La Jiribilla

Fuente: Boletín del Festivalde Teatro Gestus

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