Sab, un ensayo sobre la libertad

I. Cristina Hamze • Camaguey, Cuba

La creación danzaria y sus entresijos han sido siempre una fascinación para quienes descubrimos en el arte del movimiento esa libertad vivificante de la que el teatro está cada vez más urgido. Asistir a un espectáculo de danza es una experiencia grata y provocadora que obliga a ensanchar la mirada teatral para intentar comprender el lenguaje dinámico del movimiento. Sin embargo, puede ocurrir que en una suerte de préstamo de otros lenguajes, la danza y la libertad se crucen en la escena y sigan andando, cada una en dirección opuesta.

Imagen: La Jiribilla

El Ballet Folklórico de Camagüey también nos regala un homenaje a la Avellaneda en su bicentenario y nos presenta una versión de Sab con dirección y coreografía de Reinaldo Echemendía Estrada. Los traslados de la literatura a la danza son siempre retadores para coreógrafos e intérpretes, pues la palabra narrativa insiste, pesa, explica y el cuerpo sugiere, propone, baila. Un tránsito difícil pero posible que los integrantes de la compañía se deciden a intentar.

Sab, conocida por muchos como la primera novela antiesclavista de lengua hispana sigue siendo una suerte de orgullo para los cubanos. Releer la novela desde la danza, atravesada por el espectro más convencional de lo teatral, puede ser un mérito que lleve consigo el riesgo de libertad, huidiza e inatrapable como el ciervo dorado de Esteban Borrero.

La puesta en escena es el resultado evidente de un profundo estudio de la época que contextualiza la acción de la novela desde lo visual, el diseño de vestuario y los bailes tradicionales del momento. Un espejismo de otra época que el público de hoy recibe con cierto agrado y admiración a la par que disfruta de la orquesta y su precisión. Al mismo tiempo podemos apreciar una historia contada desde múltiples resortes, que si bien apunta hacia una investigación epocal refractada en un espejo realista, la danza queda, en ocasiones, relegada a un segundo o tercer plano. El espectáculo se resiente en ese cambio de roles de bailarín a actor, en ese intento constante por demoler fronteras que solo desaparecen cuando se puede volar sobre ellas.

Imagen: La Jiribilla

Por eso disfrutamos tanto los bailes de los esclavos en la escena de la barraca o el frenético enfrentamiento de Sab con la muerte, una imagen en movimiento y solución escénica importante que deviene símbolo y enunciación más allá de la palabra maltrecha. En esos instantes la libertad detiene su marcha y se queda junto a Sab y la danza como estandarte anunciador de una batalla que aún está por librar.

El espectáculo consigue ser un verdadero alegato en contra de la esclavitud, como bien se percibe desde la novela escrita en 1841. Los influjos antiesclavistas que poco a poco fueron permeando el pensamiento del siglo XIX llegan hasta nosotros en el espectáculo como una pauta que la figura de la Avellaneda, especie de narradora, va marcando con su presencia en la escena. Sin embargo, creo que en una relectura de Sab no deben faltar las ideas desde la visión particular de hombres y mujeres de este siglo sobre el tema de la esclavitud. Un tema que sin dudas está ligado a la historia, pero también a la formación de la nacionalidad cubana, aún en crecimiento y cambio, donde el concepto de libertad sigue siendo un punto de atención para la cultura y las artes.

Sirva esta versión de Sab del Ballet Folklórico de Camagüey y el maestro Reinaldo Echemendía Estrada para coronar a la Avellaneda en su ciudad natal, para lanzar un grito libertario, para que se vuelvan a encontrar en la escena, quizás, alguna vez, la danza y la libertad.

Fuente: Gestus, boletín del Festival Nacional de Teatro

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