Aleja a tu teatro del desalme

Vivian Martínez Tabares • Camaguey, Cuba

Hace rato que crucé las cinco décadas y la experiencia vivida —ya se ha dicho que somos tan hijos de nuestra época como de nuestros padres—, me sitúa en posturas dispuestas a moverse y reformularse por obra y gracia de la dialéctica aprehendida, y me dispone a cierta suspicacia para no aceptar cualquier discurso como bueno, por muy cargado de buenas intenciones que parezca. ¡Tanta palabra se ha malgastado en nombre de las buenas intenciones! Pero mis ideas están generalmente ancladas a valores incorporados en muchos casos inalienables y defender los cuales implica, en los tiempos que corren, buena dosis de dolor y angustia.

Imagen: La Jiribilla

Por eso no me identifico fácilmente con la elocuencia de un proyecto escénico como Aleja a tus hijos del alcohol aunque pueda percibir en él, luego de desbrozar la hojarasca de cinismo, parte de mis propias desazones y ansiedades. Por eso, me dispongo a penetrarlo y a tratar de entender el alegato de una generación que creció golpeada, con poca comida y menos referentes, entre pérdidas materiales que condujeron a pérdidas espirituales y afectivas; jóvenes que atravesaron y atraviesan los momentos más difíciles de un proyecto social azaroso y complejo como el que desde esta Isla ensayamos construir.

El teatro no es bulla. Demasiada hay en entornos públicos y privados, confundida con alegría y entusiasmo, como un cáncer que corroe el tejido social, para que lo que aspira a ser arte renuncie a las mil y una posibilidades de construir belleza —no rosadita y almibarada, ni picúa, belleza desde el dolor pero belleza—, también como antídoto contra la abulia, el adocenamiento y los falsos discursos humanistas. Porque no le temo a la rabia ni a la obscenidad; me encantan si logra convertirse en filosas imágenes, que sugieren y engrandecen un pensamiento. Pero no puedo aceptar como alternativa estética una canción pésimamente cantada por indolente escepticismo, porque da igual o porque no es importante para quienes la entonan, en irrefrenable relativismo, pues si hasta en plena calle podría escucharla mejor, esta tendría que ser más efectiva para penetrar mis oídos y enseñarme que el teatro puede construir desde ahora un mundo más interesante, anticipo del mundo mejor a que aspiramos.

Imagen: La Jiribilla

El teatro no es activismo; puede vincularse con él y ambos retroalimentarse, pero el momento de la representación —o de la presentación performativa—, debe seguir cauces en los que la imaginería siempre pretenda sorprendernos con lo no visto. Algo así logró el “monólogo de la sueca”, pero es una voz implantada artificial y defectuosamente, que por demás, debería crecer como obra propia.

El teatro no es teque al revés. El antecedente que para la dramaturgia de Rogelio Orizondo ha sido la lectura de Carlos Díaz, fiel y dilatada, no es la única posible, pero luego de alcanzadas semejantes cotas, hay que pensar cómo lidiar, para mejor, con una poética de la crudeza que, por ese mismo precedente, urge de ser dinamitada. Reconozco de José Ramón y su equipo el arrojo, pero me falta alma.

Fuente: Gestus, boletín del Festival Nacional de Teatro

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