El amor en el baile. Inéditos pianísticos cubanos del siglo XIX

Miriam Escudero • La Habana, Cuba

Sólo es posible completar el «ciclo vital» de la inves­tigación musical cuando se hace realidad el evento sonoro. En ese momento preciso, el investigador se relaciona —por fin— con el resultado real de sus pesqui­sas, la circunstancia que le permite aquilatar la razón que sustenta su labor. Es ese el máximo propósito del Gabinete de Patrimonio Musical Esteban Salas de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana que para esta ocasión se ha propuesto completar la obra de la Dra. Zoila Lapique, quien durante años se dedicó a la localización de la música que quedó atrapada en las publicaciones periódicas de La Habana, la música de «moda» que era interpretada por mujeres-músicos en la primera mitad del siglo XIX. Intérpretes anónimas, relegadas al salón y al piano de las grandes casas señoriales, a veces sin más protagonismo que el que podría alcanzarse entre los invitados a una tertulia y otras con la relevancia de un concierto organizado con propósitos benéficos por aquella otra mujer influyente entre los intelectuales del Liceo Artístico Literario que fuera la Condesa de Merlín.

Tras la huella de Zoila, una joven musicóloga, Indira Marrero, ha completado el ciclo transcribiendo cada obra hallada y un grupo de músicos talentosos y generosos ha contribuido a hacerla sonar, la tarde del 11 de octubre de 2014. ¿Dónde y en qué contexto? En la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, el más añejo templo dedicado a la música en el Centro Histórico de La Habana, es allí que ha sido pronunciado el conjuro que devuelve a la vida esta música de antaño, a propósito de festejarse 20 años de labor ininterrumpida, desde que un día de San Francisco de Asís, el 4 de octubre de 1994 se abrieran sus puertas para alcanzar la dimensión absoluta de la restauración: la conjunción entre el arte y su función, entre la investigación y el resultado sonoro, entre el rescate y la puesta en valor.

El Gabinete ha sumado fuerzas al Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, porque ha sido este, durante seis ediciones, un espacio de excelencia y absoluta novedad en el entorno musical cubano. El Maestro Leo Brouwer, maestro por sus artes de compositor excepcional y por su vocación de pedagogo siempre presto a enseñar, conjuga en su festival lo antiguo y lo moderno con la sola condición de que redunde en beneficio del arte.

Los intérpretes convocados al acto milagroso de la restitución de esta música, han sido jóvenes talentos de Cuba, la pianista Liana Fernández, especialista en la música de Ignacio Cervantes, quien conoce a la perfección el lenguaje de la microforma pianística del siglo XIX. Junto a ella, la soprano Milagros de los Ángeles Soto y la mezzosoprano Teresa Janet Pérez, que aprovechan su experiencia en el ámbito de la ópera y la zarzuela para interpretar esas pequeñas canciones, unas veces de íntimo lirismo y otras de tono burlesco emparentadas directamente con el género chico del teatro musical. Lianne Vega, Lisa María Blanco y Gabriela Piñeda, jóvenes talentos de la pianística cubana se estrenan en estos repertorios. Y a estas mujeres se une Josué Tacoronte, guitarrista que con la frescura de la improvisación resuelve magistralmente los acompañamientos de las que fueron canciones de «moda».   

En las notas al programa, Indira Marrero explica detalles de este repertorio: “Los títulos de las obras son muy sugerentes: La preferida, La preciosa Lolita, La Graziela, y es que muchas de estas piezas fueron publicadas en una hemerografía dedicada al bello sexo, es decir, pensada y destinada para las mujeres habaneras.

“Es la contradanza el género más representado en este repaso. La primera que hemos encontrado es La Matilde (1829), la cual escuchamos quizá por primera vez después de casi 200 años de su composición y publicación en La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo. En esta pieza se comienzan a visualizar características propias de la contradanza cubana como la preferencia por la métrica en 2/4, la estructura bipartita, la recurrencia al manejo de las terceras y sextas en la línea melódica con ritmos sincopados e irregulares y el uso recurrente del acompañamiento de tango que abarrotaron los repertorios musicales de los salones decimonónicos habaneros.

“Están presentes, además, obras del compositor Clemente Peichler, aún desconocido por la historiografía musical cubana. Sus contradanzas habaneras La Entralgo, La Peñalver y La Martínez hacen alusión al concierto a beneficio de la casa de pobres dementes organizado por la Condesa de Merlín —importante gestora cultural de nuestra Habana— el 24 de julio de 1840, dedicadas a las cantantes que participaron de aquella velada: Catalina Entralgo, Teresita Peñalver y María de Jesús Martínez de Serrano.

“El pelado a la derniére y La piedad manejan la distribución a dos voces conjuntas, con una sencillez en el discurso sin grandes saltos y utilizando la distancia interválica entre las voces de terceras y sextas, muy recurrentes en las líneas melódicas de géneros bailables como la contradanza. Estas canciones pueden significar uno de los primeros exponentes de la trova tradicional cubana, esa que es cantada a dos voces con acompañamiento de guitarra, cuyo texto relata y valora la realidad circundante, la cual significó uno de los géneros más representativos de la cancionística cubana.

“Es El amor en el baile (La Prensa, 1842) la primera pieza publicada y catalogada como “nueva canción habanera” que hereda las características ya mencionadas de la contradanza. La habanera tuvo en la segunda mitad del siglo XIX un éxito absoluto en Europa, lo que demuestra ese ir y venir de maneras de hacer, en el que tiene lugar una rica retroalimentación bidireccional.

“La Yumurina y La Flor del Valle contradanzas compuestas por Joaquín Gavira, compositor, profesor y violinista cubano vinculado a las actividades religiosas de la Catedral de La Habana como maestro de capilla de la misma y reconocido por Serafín Ramírez como autor de una multitud de obras sagradas de singular mérito, demuestra, en La Habana decimonónica, el desdoblamiento simultáneo de los músicos tanto en el ámbito religioso como en el profano.»

“Reconocidos artistas europeos compusieron obras en su paso por La Habana. Tal es el caso de la obra editada por la Revista Pintoresca del Faro Industrial de La Habana: La Estrella del Faro, de Luis Arditi (Italia, 1822-1903) violinista, director de orquesta y compositor, quien nos dejó esta contradanza para piano que catalogó de habanera, donde plasmó sus impresiones sobre el entorno musical cubano que lo hospedó. A pesar de que en la primera parte la línea melódica apela al registro agudo del violín, en la segunda utiliza el ritmo de tango, ya consolidado en el género europeo adoptado en la Isla, así como indicaciones expresivas en la partitura tan criollas como «con zandunga».

“Sobresale entre todos estos nombres el de Pablo Desvernine Legrás (1823-1910), discípulo de Juan Federico Edelmann y pianista de gran renombre no sólo en Cuba, sino en Europa y Estados Unidos. Su virtuosismo al parecer era tan significativo, que Manuel Saumell dedicó su reconocida contradanza La Virtuosa: a mi amigo Pablo Desvernine.

“El Ad Libitum y Capricho sobre la canción cubana La Bayamesa, dedicada al también pianista Fernando Arizti, son piezas que denotan no sólo un mayor vuelo técnico sino la preferencia por el estilo romántico, con formas musicales típicas de la pianística decimonónica».

Sirva pues, este concierto de homenaje a los 20 años en que la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís ha sido el escenario donde ha vuelto a sonar tanta música añeja y a Zoila Lapique quien nos ha legado la memoria de nuestro patrimonio musical.

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