El Festival que la Avellaneda merece

Norge Espinosa • Camaguey, Cuba

Me preguntaron qué desearía para el 15 Festival Nacional de Teatro (FNT). “Que esté a la altura de la Avellaneda en su bicentenario”, respondí, teniendo presente el recuerdo de esa mujer imborrable que durante todo este 2014 ha sido centro de discusiones, lecturas, nuevas ediciones y alcanza ahora a regresar a su ciudad natal bajo los efectos teatrales que la acompañaron en su vida tremolante.

Tan fuerte es el espíritu de Tula, que ha conseguido opacar a su contemporáneo, el gran poeta matancero José Jacinto Milanés, nacido también en 1814 y autor, como ella, de poemas y piezas de valía. El programa del 15 FNT no llevó a sus participantes hasta el sitio donde nació La Peregrina, marcado por una tarja en una bien conocida calle agramontina. Pero ella, desde el cartel de esta convocatoria, se dejaba ver, y algo le habrá llegado de estos homenajes, que en particular, le rindieran sus conterráneos.

Imagen: La Jiribilla
El millonario y la maleta. Teatro del Viento

Con El millonario y la maleta, su última comedia, arrancó el Festival en la noche del 3 de octubre. Teatro del Viento presentó en la sala Tassende esta producción, que contenía varios retos y supo vencerlos con dignidad. Es la primera vez que Freddys Núñez Estenoz, en los 15 años de su liderazgo en el grupo que fundó, toma un clásico como punto de partida. El montaje, lo han dicho otros críticos, marca un estadío de madurez, y es el resultado del reclamo que hizo el director a varios creadores de la capital, que desde la dramaturgia y el diseño, apoyaron el proyecto. El espectáculo se verá en La Habana, como parte del congreso internacional dedicado a Tula que se anuncia para noviembre. Aquí se le estimará y es de esperar que consiga las risas y aplausos que ya ha recogido.

Imagen: La Jiribilla
Sab. Ballet Folclórico de Camagüey

El otro homenaje rendido a la autora de Dos mujeres fue la versión danzaria que el Folclórico de Camagüey imaginó a partir de su novela Sab. La trama ha sido condensada en función del baile, y la puesta se desarrolla con música en vivo, uno de sus principales valores. Falla sin embargo en su pretendida grandilocuencia, desde un diseño de vestuario donde prima el satín y no el trabajo sobre la época, y lo que es más grave, hasta en la exigencia que hace el director a sus intérpretes para que se expresen desde la actuación y el diálogo, para lo cual debieron haber sido mejor preparados. Es visible la tensión de los bailarines cuando deben alternar pasos de baile y verbo, amén de una concepción demasiado ilustrativa que no elude clisés ni efectismos innecesarios. Cuando los cuerpos se liberan en lo que estos artistas saben hacer mejor, aparecen imágenes interesantes, como el dueto entre el protagonista y la encarnación de la muerte o fatalidad que lo acosa. El bicentenario debería servirnos para desempolvar a Tula, no para ahogarla entre ropajes demasiado densos.

Desde esa perspectiva se tejió la mesa que unió a Luis Álvarez Álvarez, Olga García Yero y Zaida Capote. La exposición que rescataba fotos de los montajes que Armando Suárez del Villar dirigió con Teatro Estudio sobre El conde Alarcos y La hija de las flores sirvió también para rendir tributo a ese creador que se empecinó en demostrar que con la Avellaneda, Luaces, Milanés y los bufos, sí teníamos una tradición teatral loable en nuestro siglo XIX. Ello fue el pórtico de diez días intensos, en los que ya sin el peso de la competencia que durante mucho tiempo fue eje del Festival, los teatristas cubanos pudieron encontrarse y dialogar, mientras los espectadores abarrotaban las salas.

Del teatro para niños se destacaron varios montajes. Gris, de Teatro Tuyo, proveniente de Las Tunas, demostró que Ernesto Parra es un director con un camino propio en la estética del clown. Rubén Darío Salazar revivificó el libro de Lewis Carroll con su Alicia en busca del conejo blanco, con Teatro de Las Estaciones. Christian Medina expuso un nuevo título de su trilogía de unipersonales, esta vez con La muchachita del mar, sobre el original de Andersen que conocemos todos: “La sirenita”. Jardín de estrellas, de Blanca Felipe Rivero, encontró en la puesta de La Andariega, compañía anfitriona, un uso inteligente y mesurado del espacio, así como dos niños que actúan sin remilgos para narrar la historia de esta amistad que nace entre infantes del campo y la ciudad. Y Los Cuenteros pusieron la nota de sabor popular que es la esencia de esta compañía para demostrar, con Aventura en Pueblo Chiflado, que aún puede esperarse mucho de ellos.

Imagen: La Jiribilla
Fíchenla, si pueden. Argos Teatro

El público adulto presenció Fíchenla, si pueden, dirigida por Carlos Celdrán con Argos Teatro a partir de Jean Paul Sartre y su Ramera respetuosa. Grande es la exigencia que este montaje hace a su protagonista, Yuliet Cruz, y ella sale airosa. Otra notable actuación fue la de Monse Duany con Las lágrimas no hacen ruido al caer. Del propio Camagüey, Mario Junquera mostró La panza del caimán, con su Teatro del Espacio Interior: una puesta despojada de efectismos, con un texto que brinda lecturas amargas y al mismo tiempo poéticas de nuestros desencantos. Delirio habanero, de Teatro de La Luna; y Mundo de muertos, de Estudio Teatral Macubá regresaron a esta ciudad como parte de un segmento que planea rescatar “la buena memoria” de festivales pasados. Confieso que no me convence del todo la estrategia, pues un nuevo elenco y un remontaje, a varios años del impacto original de un espectáculo, ofrecen siempre una impresión distinta, que no debe quedar en los ecos de un recuerdo. El teatro ha de pensarse en términos vivos, o se convierte en desangelado museo. Por suerte, en estas reposiciones, no faltaron elementos de valor.

Imagen: La Jiribilla
Troya, una leyenda de barro. D’Morón Teatro

Teatro de calle hubo gracias a Troya, creación de D’Morón Teatro, En busca de una antigua ilusión, de TECMA sobre Galápago, la obra de Salvador Lemis; y ¡Ay, Margarita! de Teatro Andante. Un drama familiar fue la propuesta de Teatro D’Dos, con Delantal todo sucio de huevo. Los maestros René Fernández y Fidel Galbán representaron a las figuras más veteranas del quehacer para niños y con títeres, junto a Mario Guerrero que desde el Guiñol de Camagüey anunció su versión de El gato con botas, que pese a su empeño de espectacularidad, se resiente ya por una dramaturgia que fuera típica hace varias décadas, pero que ya debiera haber sido replanteada para eludir interrupciones y pausas en la acción. Muchas fueron las personas y personalidades condecoradas y a quienes se les otorgaron placas y distinciones. Y no faltó el humor, gracias a Kike Quiñones y Carlos Gonzalvo, ni la música, aunque el concierto de David Blanco programado a mitad del festival, una noche de martes, pareciera un sin propósito que no es ni teatral ni suficientemente justificado cuando lo primordial debiera ser aprovechar el tiempo en pos de aguzar los diálogos, las confrontaciones, los momentos para abrir a nuevos horizontes la realidad teatral cubana. La de los escenarios y la de más allá.

La cita fue el punto de encuentro entre generaciones y diversas maneras de hacer. Semen, de El Portazo, brindó un inteligente reajuste del original de Yunior García, mientras que Aleja a tus hijos del alcohol permitió que el dramaturgo del momento, Rogelio Orizondo, no quedara fuera del Festival. La hornada de los novísimos tuvo a su cargo también el Kafé Verde, con fragmentos de obras de estos autores tan recientes, y ya se reclama un mayor trabajo desde la puesta en escena para esos parlamentos que hablan con entero desacato y desde un derecho que es el de la voz de un instante tan duro, en pos de un público que asimile el juego, el reto y la descarga, pero que pueda encontrar también bajo esa superficie otras angustias, otro dolor, otra manera de procurarse alguna felicidad. Ese es el work in progress del teatro en Cuba ahora, y es bueno que Camagüey posea tales síntomas en su mapa escénico.

Imagen: La Jiribilla
Aleja a tus hijos del alcohol

Los coloquios de la crítica volvieron a esta edición, como un espacio natural e indispensable donde hay que afinar la voz para no reducirlos a simples batallas de ideas o estéticas, sino para ahondar en el quehacer de cada cual, y saber encontrar el modo respetuoso de expresar lo que convence o no de cada espectáculo. No hay que temer a la crítica, como no hay que temer al teatro: ambos son indisolubles y lo que no debe estimularse es la recepción pasiva de ninguna obra de arte. Desde esa voluntad es que retornan estos diálogos a la cita, que también hizo sitio a presentaciones de libros y revistas, los cafés nocturnos del infaltable Renecito de la Cruz, foros de la UNIMA y ASSITEJ, una mesa sobre el teatro cubano de las dos orillas, y a exposiciones de Ernst Rudin, Buby Bodde, Abel Carmenate y Jorge Luis Baños, que han fotografiado nuestra escena más reciente. El boletín Gestus se encargó de tomar el pulso a esta edición, y así lo hizo también el noticiero televisivo que se producía en la plaza de estos acontecimientos. Técnicos, choferes, tramoyistas, personal de apoyo, diversas entidades, se confabularon para dar a Camagüey un Festival que tuviera a la Avellaneda como protagonista y estuviera a su altura. Para eso se trabajó. Para eso se hizo teatro por dos años hasta sentir el llamado de estas calles tan añejas donde Rómulo Loredo imaginó una fiesta escénica. Y tan poderosa fue su imaginación, que hemos vuelto a Camagüey, y volveremos allí a dar nuestros mejores aplausos.

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