Selección de poemas

Marcial Gala • La Habana, Cuba

Me gusta escribir como lo hacen los monstruos

Claro, te gustaría escribir como lo hacen los grandes,
pero para eso debiste  haber tenido experiencias muy distintas,
debiste haber conocido el verdadero París
y no un bar de la calle Argüelles de Cienfuegos
que ni siquiera se llama París,
se llama la Lonja y allí sirven un mejunje de porquería
que ni siquiera es ajenjo,
es puro matarrata o chispa de tren como lo llaman los sabios.
Hasta las mujeres que amaste están marcadas por no ser de Paris.
Así, es muy difícil solazarse en el verso
como lo logran los grandes,
así sólo te queda adentrarte en tu pequeña verdad
como en una cueva donde entras sin linterna
y  donde no siempre sales ileso,
en un túnel al final del cual no está Notre Dame
sino la funeraria de Cienfuegos
y si la suerte te acompaña
saldrá en un periódico de circulación nacional:
Ayer murió el escritor.
¿Y quién es ese? preguntará más de uno
Y tú, ya muerto,  te deslizaras sobre la niebla
                                 de la noche insular  y sus jardines invisibles
y pensaras en lo fatal de no haber nacido en París,
lugar donde como sauces se alzan los poetas
y  los que se creen poetas que es casi lo mismo.
 

Si un segundo antes de morir de inanición

                                           a Vallejo le hubieran dado el Nobel
                                                                                  todo sería distinto.
Vallejo premio Nobel diría en los libros de historia,
y de seguro a Van Gogh la vida le hubiera reservado algo agradable
justo antes de que se cortara la oreja
justo antes que se perdiera en ajenjo de tanto ser olvidado:
quizás algún marchand   compraría alguna de sus obras,
o alguna muchacha de las que pasean por las orillas del Sena
se hubiera detenido un segundo a admirar su cara de atormentado,
                                                                            de bueno para nada,
todo eso para garantizar el futuro premio Nobel de Vallejo.
Porque si Vallejo fuera premio Nobel
Se podría meditar con más calma,
Ya no fuera tan precisa la convicción
                                       de que la vida es una mierda.
Siendo Vallejo premio Nobel
tú y yo también seríamos un poco premio Nobel
aunque no nos postularan,
aunque nadie diga se merece un Nobel:
un país de premios nobeles,
un país de bebedores de ajenjo y desorejados.
Vamos a cantarle una nana a la noche
Vamos a cantarla junto a Van Gogh y Vallejo
Y los que nunca jamás seremos premios nobeles,
Ni de contra:
Porque para ser premio Nobel
No basta con morir en París con aguacero.

Veíamos la cara de Alejo Carpentier,

las mejillas de tortuga milenaria,
los ojos hundidos de quien nació vetusto,
la boca que balbuceaba sandeces refinadas
                                       en un francés gutural.
Veíamos el traje de funerario en día de asueto
Y aquellas manos que como fantasmas neurasténicos
                                             No podían estarse quietas
y nos juramos a nosotros mismos
que nunca jamás seríamos como él.
Seríamos los felices,
los normales.
Ahora todo pasó
y somos peores que Alejo Carpentier
más gordos que Lezama
más flacos que Virgilio,
más tristes que el más triste de ellos.
Sin fama ni talento,
Solo algas aferradas al casco de una nave
                                                 que se hunde.

 

Ficha: Marcial Gala. La Habana, 1963. Poeta, narrador y ensayista. Miembro de la Asociación de Literatura de la UNEAC en la provincia de Cienfuegos. Es autor de los libros de cuento Enemigo de los ángeles (1991); El juego que no cesa (1993); Dios y los locos (1995) y Es muy temprano (Editorial Letras Cubanas, 2010), así como de la novela Sentada en su verde limón (Letras Cubanas, 2004). Mereció el Premio Alejo Carpentier en la categoría novela, en el año 2012, por La catedral de los negros.

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