De los íntimos espacios (II)

David López Ximeno • La Habana, Cuba
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Las rejas y guarda vecinos, cumplen una función de seguridad, garantizando que nadie penetre al interior del inmueble. Como elementos externos, acoplados a ventanas y balcones, eran elaborados con elegancia, reproduciendo en el hierro formas figurativas como liras, abanicos, flores de lis y ramas florecidas. Otras eran diseñadas con volutas y motivos circulares que al ser observados dan la sensación de estar en presencia de un encaje de hierro. El arte de la herrería alcanzó su esplendor en La Habana del siglo XIX. Vale la pena mencionar la riqueza decorativa de las portadas de las casas quintas de El Cerro, barrio de extramuros, donde las verjas de acceso a jardines y caminos interiores son verdaderas joyas del hierro.   

Imagen: La Jiribilla

La decoración interior alcanza su clímax en el insigne museo habanero. Ambientes característicos de cada rincón hogareño, están recreados con originalidad, cuidado y belleza. Vale destacar el salón principal, ambientado con un lujoso juego de medallón, mueble representativo de las familias pudientes,  y que contribuye a legitimar el ambiente decimonónico. Los muebles de medallón,  llamados así por la forma redondeada o de medalla de su espaldar, son oriundos de Francia. En sus orígenes eran muebles palaciegos, introducidos por los diseñadores e interioristas franceses que en el período barroco renovaron la decoración de los aposentos reales y la nobleza con un mobiliario rico en ornamentos.

Imagen: La Jiribilla

Cuando estos diseños comenzaron a ser reproducidos en La Habana por las manos de maestros ebanistas criollos, su diseño original sufrió adaptaciones. El cálido clima de la Isla, hizo que fuera sustituida la gruesa y decorada tapicería, por rejilla elaborada a base de fibra vegetal. El mueble de medallón hecho en Cuba, se caracteriza por poseer elementos decorativos tropicales en la parte superior del respaldar. Una especie de cornisa tallada con flores, hojas entrelazadas, frutos y líneas curvas. Están hechos de madera de caoba o cedro.

En las ambientaciones de los salones familiares habaneros, también era común el empleo de las artes plásticas, con la tradicional temática de los bodegones, cuando los cuadros decoraban las paredes del salón comedor, o los retratos familiares, combinados con paisajes o pintura religiosa ornamentando el salón principal. Múltiples objetos de artes decorativas como platos pintados a mano, aguamaniles, veladores, lámparas, esculturas de mármol, cristales italianos, porcelana francesa y alemana, loza inglesa y cerámica norteamericana complementaban la recargada decoración. Estos objetos descansaban sobre mesas y pedestales, además de ser resguardados en los muebles canastilleros, que con posterioridad a cumplir su función como mueble auxiliar para el ajuar del bebé, pasaban a engrosar la decoración del salón principal de la casa. Bastoneras de porcelana o loza, mesas de jicotea con tapas de mármol biselado, y cómodas de sacristía, entre otros antiguos muebles, es lo que observaremos en el salón del museo. También existe una sala donde se aprecia el mobiliario religioso del siglo XVII, que exhibe piezas que pertenecieron al antiguo Convento de Santa Clara. Armarios, arcones y fraileros son los objetos más interesantes de esta primitiva colección.

Imagen: La Jiribilla

Después de la toma de La Habana por los ingleses en 1762, acontecimiento que hoy contemplamos en los grabados de Dominique Serres, se amplió el comercio con otras ciudades de Norteamérica y de Europa. Por esa época llegaron a La Habana múltiples viajeros que en sus cuadernos de viaje dejaban constancia de la prosperidad de la zona. La importación y comercio de piezas de artes decorativas, muebles y joyas encontró en el puerto habanero un destino seguro porque la aristocracia de la ciudad demandaba de ellas para la decoración de sus salones y aposentos. Así se introdujo el mueble de manufactura inglesa, que con posterioridad, en el XIX, fue combinado con la decoración de reminiscencia francesa. Ahora podemos apreciar entre las piezas del salón principal del museo, un juego de sala elaborado en madera prensada, construido por el ebanista norteamericano John Henry Belter. Una pieza de alto valor estético e histórico.  

Me deleito en solitario recorrido por los salones de la casa del Conde Bayona. Todavía yacen en las coloridas lucetas vestigios de la lluvia. Gotas de agua adheridas a los vidrios, que aparentan ser traslúcidas larvas de insectos. El cristal refleja sus colores sobre el suelo, los muebles, las paredes y los cuadros. Así la porcelana también recompone sus escenas pastorales con colores ajenos. Las lucetas son uno de los elementos más notables de los trabajos de vidrio y madera de la vieja casona. Resultan muy peculiares por su diseño, pues tienen insertado en el rectángulo de madera un vitral de medio punto. La vitralería fue una de las artes que tomó auge durante el siglo XIX cubano. Los vitrales no tenían solo una función decorativa, se construían para tamizar la luz del sol, que luego de traspasar los coloridos vidrios, llegaba al interior de la vivienda transformada en hermosas combinaciones de formas y colores.

La vitralería doméstica de La Habana, es muy diferente a la europea. En nuestro patio, no era empleado el plomo para unificar las piezas de vidrio coloreado. Es decir, nuestros vitrales, no son emplomados como los de los castillos, catedrales y palacios europeos. El proceso de construcción de un vitral criollo llevaba varios pasos.

Imagen: La Jiribilla

Primero el artista realizaba el diseño a mano alzada, dibujando su idea primaria. Después se construía una plantilla a tamaño natural con los elementos del diseño. En la confección del vitral trabajaban muy unidos los ebanistas y el cristalero, puesto que el soporte donde descansan los vidrios son los bellotes de madera que tomaban las formas más caprichosas que se pueda imaginar. En Cuba resulta común denominar vitral a todos los trabajos realizados en madera y cristal coloreado. Pero existen diferencias sustanciales entre el vitral de medio punto y la luceta, y los vitrales con forma ojival que podemos apreciar el la Iglesia del Santo Ángel Custodio. La luceta tiene forma rectangular. Los bellotes de madera se disponen de forma paralela. Solo se interceptan los laterales y los superiores al llegar a las esquinas, dejando espacio en el centro para colocar un paño de cristal que puede ser blanco o coloreado.

Es muy común encontrar lucetas en la parte superior de las puertas y ventanas que se comunican con las galerías interiores de las casas. En El Vedado habanero, las podemos observar sobre las ventanas exteriores que dan hacia los portales, o decorando ventanas interiores en los patinejos y jardines laterales. El vitral de medio punto, tiene forma de abanico. Se colocaba fundamentalmente bajo los arcos de medio punto que engalanaban la fachada principal de las grandes casas habaneras. Con su presencia, separan los amplios salones familiares del mundo exterior. También podemos encontrarlos cerrando los espacios entre las arcadas en las plantas superiores.

Uno de los vitrales de medio punto más famosos por su riqueza ornamental, es el de la casa de los Condes de Jaruco, en la Plaza Vieja de La Habana. Otro notable ejemplo de vitrales de medio punto empleados como cierre de los arcos de una planta superior, lo encontramos en la primera residencia de los Condes de la Mortera. Los vitrales ojivales de la Iglesia del Santo Ángel Custodio, se encuentran elaborados con la técnica europea del vidrio emplomado. Aunque estos trabajos ya son muy antiguos, esta técnica fue empleada en la elaboración de los vitrales de las casas construidas en El Vedado durante la década del 20 del siglo pasado, cuando eran colocados grandes paños de cristal coloreado, policromado y tallado para dar claridad a las amplias escalinatas interiores de los palacios burgueses. Las mamparas, delgados portieles, con un fino trabajo de ebanistería en su parte superior, y empleadas para dar más privacidad a las habitaciones, es otro elemento donde convergen de forma artística el cristal y la madera. Imprescindible dentro de la ambientación de la casa colonial habanera y trinitaria, tal fue su utilidad y popularidad que hasta entrados los primeros años de la República, fueron empleadas en el interior de las viviendas.

Resulta un privilegio deleitarse la pupila en los espacios interiores de esta casa con más de tres siglos de existencia, y ser parte del jolgorio de las artes. Es hermoso asomarse como antaño a sus balcones para contemplar la plaza y la solemne lealtad de las columnas de la Catedral. La lluvia descorrió su velo acuoso, tímidamente palpitó sobre la piedra para luego evaporar su cuerpo. Pero aún en las paredes yace el musgo. Cuando diluvia sobre La Habana, todos preferimos un rincón de nuestro hogar para sentir como amaina la lluvia.

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