Escenas entrevistas

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Quizá el género que nos conceda el beneficio de lo superlativamente periodístico sea la entrevista. Recurso de muchos propósitos y de una variedad de actores, a saber: médicos, abogados, profesores… y de cuanto curioso opte por su método científico, no se ve sino en el periodismo con el rigor de graduar/calibrar competencias estrictamente profesionales.

La capacidad y hasta la necesidad de inquirir miran a través del hombre común, y en la pluma del buen escritor, aunque vibran con talento, no siempre se emplean manos esenciales: la orfebrería de la letra es apenas presupuesto en un cuestionador de oficio. Entonces, ¿qué late en el corazón de un entrevistador? Tal vez sea la habilidad de escudriñar, y no la de imaginar de escritores, donde descanse el verdadero ardid.

Escenas entrevistas, compilación “añejo cinco lustros” de 17 personajes en La Gaceta de Cuba bajo la guía de Norberto Codina y la concreción editorial de Alarcos según su colección La selva oscura, nos convence de la certeza de distinguir en la entrevista, el método, pero más allá el género a través del cual se forma el periodista de carne y hueso y, acaso, se transforma y evoluciona. Colectivamente con él lo hacen: la realidad vivida, la historia incontable, aquella que pende del relato cortés e irreverente, y ante todo crítico.

Imagen: La Jiribilla

No lo han hecho exprofeso sus cronistas. Posiblemente para ninguno —o muy pocos— cuente su pieza en el gran discurso escénico del libro como un episodio esencialmente periodístico, pero qué es sino, al fin y al cabo, presentar desde la humanidad, desde la diáspora, el eufemístico “interior” o el habanocentrismo, a Alberto Sarraín, Carucha Camejo, Osvaldo Diomeadiós… y también desde el otro lado a Valiño, Rubén Darío Salazar o Leandro Estupiñán… Los modos de actuación aquí se complementan y confunden, y los que se dieron a conocer por estudiosos, terminan siendo eficaces vectores del periodismo.

Seis trabajos dentro del conjunto asumen a la luz de estos tiempos el triste pero subastado icono de la ausencia. Son las voces inseparables de Vicente Revuelta, Carucha Camejo, Fernando Alonso, Abelardo Estorino, Inés María Martiatu y María Elena Molinet (fallecidos mas no en sus herencias culturales) relatoras perpetuas entre la dirección y escritura teatrales, sus vestiduras y la enseñanza artística de la danza… Y un puñado mayor se resuelve, por fortuna, en el crescendo profesional y humano. Los ahora Maestros de Juventudes de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), el tridente de Carlos: Díaz, Celdrán y Pérez Peña, y los aún recién nombrados Premios Nacionales de Humor y Teatro: Osvaldo Doimeadiós y Eugenio Hernández Espinosa, no traicionan su inserción en el texto compilatorio con obras ascendentes y en espiral. Tampoco los ponen en entredicho, aquellos y nuevos testimonios.

Imagen: La Jiribilla

Entrevistar no es una práctica cómoda, huelga decirse, ni pudiera hablarse de consumada en cortos años de ejercicio. La pléyade aquí reunida, y con la sola excepción de Susadny González Rodríguez (la más núbil de las autoras) forma parte de una inquietante generación de coprotagonistas de las artes escénicas cubanas, si entendemos asimismo por protagonistas a las personas que extrajeron con la sabiduría de sus preguntas el legado de los encuestados y lo pusieron a nivel. Estoy seguro de que hay muy pocas oportunidades en la vida de cada hombre/mujer en que alguien le dice justamente lo adecuado para él/ella y se lo dice en el momento preciso, con la misma paridad y valor para el que inquiere como para el que devuelve. Y para un público lector —agregaría.

La sagacidad reporteril es palmaria: se ha conciliado cuidadosamente las personas a entrevistar, a fin de obtener las opiniones más acertadas sobre el tema en cuestión, se ha desbrozado con llanura los relieves de muchos, pues nunca se vulneró la adversidad de las fuentes vivas —ni su complejidad tratándose de creadores—, que en reiteradas investigaciones condenan los resultados por la vía del acceso y la buena voluntad, males espantados de este libro-sacristía por pericia de nuestros entrevistadores y contrapartes, aun ante la suspicacia contenida en algunas demandas.

Recuerdo ahora en un primerísimo plano la plausible intervención de Vivian Martínez Tabares con Alberto Pedro aparecida en el número 6 de 1994 cuando, tanteando la zona creativa del director de Teatro Mío, lo enfrentó a ciertas matrices de opinión que lo conectaban con un tachado oportunismo. Imagino el tremendo improperio que pudo ser leído de poner en cuestión un territorio moral del también dramaturgo, pero a su vez muy profesionalizado en su manera de ser planteado. Manera que encuentran casi todos los aquí compilados para rehuir de lo laudatorio y excesivamente poco crítico. Las disensiones más que las avenencias son, pues, una forma de la objetividad periodística. No de fomento de la diatriba, pero menos del panegírico vacilante.

Imagen: La Jiribilla

Obviamente, ningún éxito hubiera sido posible si, aun elegidos con acierto aquellos protagonistas, no se cosiera logradamente la interlocución a través de preguntas que rebasaron lo básico, lo elemental y se instalaron justamente en investigar el tema en profundidad: la historia de vida de la escena cubana.  Con suerte hubieran sido estas las únicas habilidades a reunir, pero se trataba de ir también a una prolija toma de notas y por qué no a transcripciones fieles de lo que se ha dicho y sobre todo, de lo que nunca se escribe, de lo que se ha visto y vivido al momento de la entrevista. Eso sí, sin pérdida alguna de la coherencia, organización y siempre cuestionable fidelidad en la escritura de lo escuchado. Minucioso ha sido el dueto Valiño/Hernández-Lorenzo en esa consecución.

De horas canónicas sustraídas a personas ocupadas y de templos y moradas en allanamiento se basó gran parte de la inversión de esfuerzos porque, claro está, las mejores entrevistas se conceden, o bien en las oficinas o casas de los entrevistados, excepciones tampoco arruinaron la regla como la concedida por Doimeadiós a Estupiñán en una habitación del holguinero hotel Pernik. Algunas ocuparon unos pocos minutos mejor que algunas horas y a este problema de optimizar tiempos invaluables supo sobreponerse además el garbo reporteril de nuestros encuestadores, que ya metamorfoseaban a biógrafos. A ello ayudó notoriamente un andar sistematizado por espacios de afinidad temática y personológica que veladamente cosechara Codina en años de experiencia, y que a la postre le merecieran una comprensión global del asunto de lo organizacional, personal y procesal de lo escénico y sus unidades artísticas.

Cronistas sin muletas —por la soltura e independencia mostradas al asumir la empresa— de realidades pasadas que explican comportamientos presentes y presagian algunas de las conductas futuras, se sitúan los encuestadores en un estatus de omnisciencia total ante tensiones que únicamente se develan táctiles para quienes acudieron a su estudio con sistematicidad y donaire.

Sin estrecheces ni miopías, el valor fundamental que aporta la investigación-libro, a mi modo de ver, reside en la interpelación lograda con protagonistas que escribieron historia organizacional, gremial y nacional y su discusión en un espacio público, primero a través de una revista, y por si fuera poco la recogida en una obra escrita mayor (por más concentrada): el libro de lo que fue en el pasado, y será a través de la lectura viva de consultantes en el presente, el futuro de la escena cubana.

“Para saber hacia dónde vas, debes saber dónde estás y mirar hacia atrás”. Si el proverbio africano sentenció bien, asentiremos en el punto de sublimar esta obra por su importe histórico y la utilidad de su recurso base: la entrevista. Sin descuidar que por razones obvias de espacialidad y manejo de capitales humanos Escenas… es un volumen deudor de nombres todavía inmensos en la filigrana nacional de las tablas.

La entrevista es posiblemente el medio que más honor le produzca a la escena cubana. Eso sí. Su actitud de poner (re)sentimientos tras bambalinas a la vista de un lector, de humanizar idolatrías, creo se trata de una manera perfecta de sanación y (re)presentación de un hecho —la puesta— que por finito, único, irrepetible y caprichosamente emplazado en La Habana, se hojea mejor, se sufre y divierte en las páginas de un libro. De donde parte todo.

Interesante, importante o útil, y, con hado los tres, son atributos de una azulada —por cubierta— compilación que con diálogos dispersos en el tiempo hiló para este 15 Festival de Teatro de Camagüey, la Editorial Tablas Alarcos. Traspásela, acomode sus ojos y disfrute de la (a)puesta. Se aceptan foto(copia)s, “fusilamientos” y grabaciones.

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