Huellas latinoamericanas

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Nos sorprenderíamos al conocer cómo fueron de estrechos los lazos con teatristas latinoamericanos a partir de fechas tan tempranas durante los primeros 60´. Si en lo político, América Latina le dio la espalda a la Isla, con excepción de México, en el terreno cultural, en gran medida gracias a la fundación de la Casa de las Américas en 1959 y a los albores de la Revolución Cubana, intelectuales, artistas y escritores de la región comenzaron a mirarnos con ojos ávidos y expectantes.

El teatro no quedó rezagado en esos nacientes flujos. Nombres como los de Manuel Galich, Ugo Ulive, Néstor Raimondi, Ada Nocetti, Alfonso Arau, Adolfo Gutkin u Osvaldo Dragún aparecen con frecuencia en los diarios de la época dando fe de esos intercambios provechosos en ambas direcciones.

Esos diálogos fueron decisivos en un momento en que la escena nacional, que traía consigo una importante tradición y nombres ya establecidos en el panorama teatral de la Isla, intenta reconfigurarse, organizarse institucionalmente y formar nuevas generaciones, así como comenzar a difundir las ideas más renovadoras del arte teatral.

En esa línea de pensamiento se destacaron el uruguayo Ugo Ulive y Néstor Raimondi, quienes montaron en Cuba a Bertolt Brecht y dinamitaron, desde las experiencias que cargaban consigo, zonas de la producción escénica nacional. Ulive puso sobre las tablas del Teatro Nacional El círculo de tiza caucasiano, en 1962 y Raimondi, quien llegaba a la Isla con las vivencias del Berliner Ensemble, dirigió La madre y años más tarde La ópera de los tres centavos. Tradujo directamente del alemán e introdujo en Cuba los libros modelos,  “asimilación” que fue, a decir de algunos estudiosos y teatristas, demasiado ortodoxa en tanto pasaba por alto la cultura y tradición teatral cubanas.

Es imposible construir nuestro relato teatral sin mencionar las aportaciones que, incluso desde esas posturas encontradas, dejó la labor de Raimondi en el teatro cubano. Su presencia en Cuba fue la fuente más vívida de aquella experiencia teatral, la cual se iría renovando y recontextualizando hasta la actualidad. Habría que analizar, desde coordenadas más hondas, el legado real de aquel contacto directo entre el director argentino y los teatristas cubanos. Lo mismo habría que lograr con el paso de Ulive por nuestro repertorio, zonas de colaboración que aún no han sido del todo estudiadas.

El historiador y dramaturgo guatemalteco Manuel Galich —el pasado año la Casa de las Américas e instituciones de ese país celebraron su centenario — fue una figura cenital en el teatro cubano de los tempranos 60. Exiliado en Cuba, Galich luego de obtener el Premio Casa con su pieza El pescado indigesto, se vinculó a compañías del país y fundó la revista de teatro latinoamericano y caribeño Conjunto, así como el Departamento de Teatro en la Casa de las Américas.

Fue el cineasta mexicano Alfonso Arau, quien tendría a su cargo la fundación del Teatro Musical de La Habana durante su corta estancia en la Isla. Una estación teatral aún por historiar y recolocar en nuestras páginas desde una perspectiva actual.

Otro de los episodios más recordados de esos intercambios en la década del 60 ha sido, sin duda, el Seminario de Dramaturgia impartido por Osvaldo Dragún en el Teatro Nacional. Recientemente, la Casa de las Américas junto a la Cátedra de Dramaturgia Rolando Ferrer organizó un encuentro donde muchos de sus discípulos rememoraron el impacto de aquel ciclo formativo en sus vidas. De aquellas aulas emergieron autores imprescindibles del repertorio nacional, quienes tuvieron sus primeros contactos con la escena allí, bajo la guía del gran teatrista argentino. Eugenio Hernández Espinosa, José Milián, René Fernández, todos Premios Nacionales de Teatro, junto a otros autores, como Maité Vera que más tarde sería más reconocida por sus guiones televisivos, encauzarían su creación al abrigo de Dragún, quien más tarde fundaría en la Casa de las Américas, la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe (EITALC) y en la cual seguiría ejerciendo la docencia desde paradigmas renovadores.

Los Festivales y Encuentros de Teatristas convocados por esa institución cultural durante la década del 60, el contacto de artistas cubanos con núcleos de vanguardia teatral en Argentina, con las experiencias de Teatro Abierto y otros importantes maestros; en Colombia con la creación colectiva desde espacios tan vitales como TEC (Teatro Experimental de Cali) con Enrique Buenaventura al frente o La Candelaria y artistas del calibre de Santiago García y Patricia Ariza; en Brasil con las vivencias de teatristas como Antunes Filho, Augusto Boal, Denise Stoklos; en Perú con Yuyachkani y Miguel Rubio, Teresa Ralli; con los artistas puertorriqueños Antonio Martorell y Rosa Luisa Márquez; con la práctica de Malayerba y Arístides Vargas y Charo Francés; con el chileno Andrés Pérez desde su Gran Circo Teatro; son solo escasos ejemplos de un intercambio que se ha enriquecido y engrosado con nuevas voces que llegan desde América Latina y el Caribe, y donde la Casa sigue siendo un lugar para ese encuentro a través de su temporada Mayo Teatral, de talleres o desde las propias páginas de Conjunto, que este año ha llegado a su medio siglo de vida.

En esa escalada de renovación han surgido nuevos intercambios, otras dinámicas de participación y de re-flujos, se han instalado nuevos nombres de teatristas y grupos que han tenido la oportunidad de confrontarse con otros espectadores y  artistas de la escena: Cristóbal Peláez, Ricardo Bartís, Eduardo Pavlovsky, Rafael Spregelburd, Claudio Tolcachir, Guillermo Calderón o el más reciente Damián Cervantes y Vaca 35 a quienes conocimos en Casa Tomada el pasado año. Felizmente  una lista interminable e incompleta en ese afán por dialogar, abrir fronteras, contaminarnos con la escena contemporánea que vibra también sobre la nuestra.

 

 

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