República peatonal ( I )

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de la autora
 

República peatonal”, así dice un letrero cuando cruzamos la calle República, una importantísima arteria de la ciudad de Camagüey. En estos momentos es pura polvareda, pero en medio del humo que levanta el viento y los pasos de la gente, los transeúntes se apilan a recargar su móvil o su “propia” en el punto de Etecsa, asoman las cabezas en cuanto negocio se esconde en pasillos y salas de estar. Todo sigue normal, nada ha detenido la rutina. Sobre materiales de construcción y la luz “formando otras paredes con el polvo”, también sucedió la 15 edición del Festival Nacional de Teatro que tuvo lugar en esa ciudad del 3 al 11 de octubre.

Imagen: La JiribillaGris, Teatro Tuyo. Las Tunas
 

Más de una semana de programación teatral, exposiciones fotográficas, charlas, presentaciones de revistas y libros, encuentros entre la crítica y los artistas y un público siempre atento, a la espera de la cita escénica que desde 1983 ha escogido esa ciudad para concentrar una representación, no siempre feliz, de lo que se supone sea lo mejor de nuestro paisaje teatral. De todas formas, más allá de ciertas incongruencias en la selección, de algunos desaciertos propios de una crisis que pasa por lo institucional, lo creativo y el “estado de cosas” que nos rodea, siempre es una bendición el reencuentro, la conversación, la certeza de que todavía hay núcleos de interés, otros que surgen, resurgen y algunos que van en caída, intentando hacer algo a bastonazo limpio. Pero como siempre decimos, ese es nuestro teatro, también.

Dentro de esos materiales de construcción: nuevos acercamientos a montajes que han sido hitos de nuestro teatro —Delirio habanero, de Teatro de la Luna bajo la dirección de Raúl Martín, es el ejemplo más ilustrativo con la inclusión esta vez en su elenco de tres jóvenes actores—, un segmento del Festival titulado “Derivas espectaculares” que incluyeron el montaje de Aleja a tus hijos del alcohol, dirección de José Ramón Hernández, dramaturgia de Yohayna Hernández a partir de un texto de Rogelio Orizondo; y Kfé verde pero dulce, un compendio de la producción emergente bajo el rótulo de los novísimos; o la propuesta que con Cuba y la noche trajo al encuentro el Estudio Teatral de Santa Clara, bajo la dirección de Joel Sáez.

Imagen: La Jiribilla
Aleja tus hijos del alcohol, Proyecto ATHA. Beca Milanés de la AHS
 

En una inmersión urgente hacia esas zonas de interés, algunas revelaciones que me resultaron emotivas, por decirlo de algún modo: ver por primera vez un espectáculo del Estudio Teatral de Santa Clara sin Roxana; la vuelta de Teatro del Espacio Interior con La panza del caimán, un montaje riesgoso, desafiante y pertinaz en términos artísticos y políticos; la confirmación de un profundo trabajo de investigación de Teatro de Las Estaciones, como suelen haber pocos en nuestro días; apreciar, en la última función que tendrá por ahora Fíchenla, si pueden, de Argos Teatro, un redescubrimiento de sentidos sobre la escena del Tassende, del complejo andamiaje teatral construido por Carlos Celdrán y su equipo, con Yuliet Cruz inmensa en su interpretación de Lissy; reencontrarme con la energía de Semen, de Teatro El Portazo o con Mundo de muertos, de Estudio Teatral Macubá, de Fátima Patterson y constatar que más allá del tiempo transcurrido, es un mundo vivo para mí. Sentir la ausencia de Teatro El Público, El Ciervo Encantado, Buendía, Estudio Teatral Vivarta, de espectáculos como Oración, de La Isla Secreta o La Misión, de Mario Guerra.

Aunque muchos hemos estado siempre dudosos ante la competencia y lo que a veces acarreaba, se pudieran estudiar otras formas de estimular y reconocer la producción teatral sin ser únicamente el hecho de estar en Camagüey. Se echa de menos ese contrapunteo y la necesidad de poner en valor lo más destacado de nuestra escena. Algunos de nosotros hicimos nuestros propios vaticinios, y no dejaba de ser estimulante.   

Y volvieron los encuentros con la crítica dentro de la franja teórica Volvernos Teatro. Solo dos, para ser más precisos. No obstante, se restableció el diálogo, en ocasiones demasiado unidireccional, entre los creadores y los espectadores. Se hace necesario sistematizar más estos intercambios dentro del Festival, y repensar la dinámica de su funcionamiento. Afloraron allí una mirada más honda hacia el interior de los procesos, y puntos en una agenda que demanda una discusión más abierta, horizontal y profunda, por ejemplo, sobre el suceso “novísimo”, un estadio del teatro cubano heterogéneo, imperfecto y arrollador. Es evidente que despierta interés, atención, preocupación, contradicción, y eso es más que suficiente como arrancada para debatir. No está mal para empezar. Sobre este punto quiero compartir una frase que algunos colegas establecieron como convención para el intercambio que debe llegar de otra manera: “seamos polémicos y no antagónicos”.

Imagen: La Jiribilla
Mundo de muertos, Estudio Teatral Macubá
 

La mesa Una isla, el teatro que tuvo su versión original en el Congreso LASA, celebrado en la ciudad de Chicago en mayo pasado, expuso los intercambios más fecundos entre la producción teatral realizada por cubanos en ambas orillas. Trazó una ruta crítica de esos diálogos, estableció genealogías, jerarquizó esa creación, su exponente más ilustrativo es la antología Dramaturgia de la Revolución, curada por Omar Valiño para la Editorial Tablas-Alarcos; Alberto Sarraín, desde biografía personal y profesional, relató su experiencia en este sentido. Desde ese espacio de enunciación, se propuso reconsiderar el concepto de lo nacional para el Festival e incluir en su cartelera la producción del teatro cubano hecha fuera de las fronteras geográficas de la Isla. La Gran Cuba, término acuñado por Ana López, ensayista cubana radicada en EE.UU., fue el eje central de la mesa y de la posterior presentación de la revista La Gaceta de Cuba, que incluye un dosier del teatro cubano actual.

Siendo el Camagüey cuna de Gertrudis Gómez de Avellaneda, el Festival no pasó por alto el dato y organizó una mesa de lujo: Zaida Capote, Olga García Yero y Luis Álvarez Álvarez. La Tula llegó de varias formas: Capote anunció la llegada a Cuba del Álbum de autógrafos de la autora de “Al partir”, un valioso documento que completa una zona de estudio importante de su vida. Por su parte, García Yero abundó en la obra de la camagüeyana desde una perspectiva de género, pertinente e iluminadora; y Luis Álvarez tomó como punto de partida la vigencia de la producción de la Avellaneda y la contrapuso a una mirada de la crítica aún anclada en antiguos preceptos que la teatrología y los nuevos estudios del XIX deben superar.

Creo que es hora de repensar el Festival de Teatro de Camagüey en tanto espacio vital de reflexión, intercambio, reencuentro, confrontación y ajuste de cuentas de lo que hacemos y nos falta. Buscar, hacia el interior de las propuestas, los procesos que hoy reconfiguran el paisaje teatral, volvernos más críticos, punzantes y abandonar algunas zonas de confort desde el pensamiento y la creación. Reinventar otras dinámicas de confluencia y convivencia más horizontales que se conecten a la realidad de la producción, la gestión y la reorganización institucional que los contextos actuales demandan.

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