Cinco razones para volver a Camagüey

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Fotos: José Gabriel

El día inaugural del 15 Festival Nacional de Teatro de Camagüey, yo estaba en la Ciudad de Maldonado, en la República Oriental del Uruguay, participando de la 7ma edición del Festival Internacional de Títeres en ese departamento provincial. Mi corazón estaba en Cuba, desandaba por las calles enrevesadas de la ciudad de los tinajones, que se abría desde el día 4 de octubre a la escena, los retablos, las plazas y los parques, como cada dos años, desde la década del 80. Mis colegas de Buenos Aires, tan cerca  de Montevideo, solo hay que cruzar el inmenso Río La Plata en un barco, me alentaban para que los visitara luego de finalizado el evento, más yo solo pensaba que si llegaba a mi tierra el día 6, me quedaban todavía cinco días para participar de la fiesta de las tablas más esperada en la Isla.  Fue esa idea fija la que triunfó en mí, además de que Teatro de Las Estaciones estaba seleccionado con las obras Alicia en busca del conejo blanco (para niños) y Burundanga (para adultos), en la sección denominada Pálpito y realidad.

Celebrar nuestro cumpleaños número 20 trabajando en Camagüey tenía y tiene para mí varias razones indiscutibles, por el momento me quedaré con cinco de ellas que compartiré con ustedes, cinco motivos que me hicieron regresar y ser feliz.

Imagen: La Jiribilla

I

Un público de teatro

Los artistas que no se hayan presentado ante el público agramontino, seguramente no entenderán lo que suscribo.Tener la experiencia de tener delante a espectadores infantiles o adultos, conocedores, siempre expectativos y sin ningún tipo de prejuicio ante propuestas de múltiples tendencias, es un lujo enorme. Desde 1996, la agrupación que dirijo participa habitualmente en esta cita. Hemos pasado por el Teatro Principal, la Sala Teatro La Edad de Oro, la José Luis Tassende y la mayoría de las veces por el Guiñol de Camagüey. Invariable el comportamiento del público y en ascenso: atención, respeto y cálido tributo final a los actores. Incluso, cuando la función no nos ha salido a la perfección, algo inherente a cualquier actividad teatral realizada por seres humanos, también el respetable ha estado ahí para apoyarnos, con su energía tremenda, ávida de ese hecho efímero que es el arte dramático.

La conducta del público camagueyano no decae ni siquiera en los espacios al aire libre o de índole alternativa como pudieran ser el  Teatro Avellaneda o aquella cancha deportiva en que me tocó ver dos propuestas tan interesantes y diferentes como Vida, pasión y muerte de Pier Paolo Passolini, de Argos Teatro, o Romeo Julieta, del Estudio Teatral Vivarta. Ellos estaban ahí, mezclados con los especialistas y los practicantes, como los expertos que se han ganado su título durante horas y horas de sus vidas asistiendo a las producciones escénicas de buena parte del país. Lo afirmo, así como en La Habana hay un público multiforme para todas las artes o en Matanzas uno degustador de la titerería, en Camagüey hay un público esencialmente teatral.

Imagen: La Jiribilla

II

Lo que pasa y no pasa en nuestra escena

¿Quieres saber que está pasando en materia teatral en nuestro territorio? Entonces no puedes perderte el Festival  Nacional de Teatro de Camagüey. Aun cuando se ausenten espectáculos que han removido el tablado cubano, se habla de ellos, el vacío de tal o más cual compañía flota sobre los comentarios al respecto, uno solo desea tener la posibilidad de suplir esa laguna cultural.

La más polémica de las selecciones para una muestra teatral es la camagüeyana. No sucede lo mismo, o con tan señalada connotación, en el Festival Internacional de Teatro de La Habana, la Temporada Mayo Teatral de Casa de Las Américas o el Taller Internacional de Títeres de Matanzas, por citar algunos eventos de valía. Camagüey es otra cosa, es la fiesta de todos, el lugar que te hace sentir vivo y presente en la vanguardia creativa de la escena nacional, al tanto de lo que pasa y no pasa. Tengo que decir que ese privilegio de popularidad, de pertenencia, no se gana de manera urgente, sino con la perseverancia de toda una ciudad y sus más altas autoridades, un pueblo que ha desafiado carencias, problemas logísticos y amenazas de cambios geográficos para la sede del festival.

Durante los 20 años de Teatro de Las Estaciones y los casi 30 de mi vida profesional, este encuentro ha sido la mejor imagen que he tenido de lo que sucede en el movimiento escénico cubano y fundamentalmente en el teatro para niños y de títeres. He visto desaparecer de su selección a conjuntos de una trayectoria meritoria, hayan tenido la atención de quienes realizan la promoción y la crítica, o el interés de todos en sus resultados, no importa, no han estado por varias circunstancias. Algunos grupos y personalidades han reaparecido intermitentemente y otros hasta el sol de hoy. También el festival  se ha constituido en plataforma para revelaciones artísticas que luego no han podido sostenerse desde su propio trabajo, que es en definitiva lo que realmente importa,  hágase unas veces excelente, regular o con la medianía de un producto que siempre debe ser honesto o al menos digno, amén  de logros o suficiencias reconocidas.

Imagen: La Jiribilla

III

Un teatro de papel, celuloide o para mirar sin aplaudir

Los festivales son el mejor sitio para los eventos extraordinarios, esos que no suceden de forma cotidiana. En Camagüey me he puesto al día con la revista Tablas, con la Conjunto, he podido adquirir libros de textos dramáticos para niños y adultos, publicaciones teóricas necesarias que algunas librerías no venden.

¿Dónde transmiten los documentales,  los retratos fílmicos de algunas de nuestras más queridas y respetadas personalidades, los hitos de la escena que nunca vemos en la televisión o el cine? Pues el vehículo de exhibición ha sido Camagüey y algunas veces hasta me los he podido llevar en una memoria para continuar de forma pública o de mano en mano una muestra audiovisual que va conformando un incalculable patrimonio de la memoria.

Las exposiciones temáticas o de homenaje a figuras y agrupaciones de nuestros bronces teatrales se han vuelto en Camagüey una especie de hallazgo para algunos que llegan recién o de sentida evocación para los que han vivido un poco más y miran ahora el vestido de una antigua colega, la foto de una actuación inolvidable, el boceto salido de una mano maravillosa ausente o presente. Aplaudimos interminablemente desde la observación y el recuerdo.

Imagen: La Jiribilla

IV

Pensar el teatro

Uno de los espacios más reacios, aún para los mismos hacedores del teatro, es el dedicado a la teoría, la crítica y los análisis de los procesos dramáticos; ámbito que se ha ido llenando poco a poco, persuadiendo a los renuentes y consolidando la presencia de los convencidos. Armarlos con una convocatoria atractiva ha sido difícil y no siempre se ha logrado. Asistir a conferencias, charlas, desmontajes escénicos, diálogos con creadores de una u otra tendencia es asunto al parecer solo de los que piensan el teatro sin ejercerlo a nivel físico encima de las tablas, en zancos o tras los retablos, craso error.

Un teatro que no se piensa es un teatro intuitivo que tiene fecha de caducidad, cuando se agotan los recursos histriónicos y repetimos las mismas mecánicas una y otra vez en franco desgaste. Camagüey también ha servido para abrir las entendederas de esos remisos a la reflexión, a la cavilación necesaria y una oportunidad de los que ejercitan el meditar desde la investigación, el verbo y la escritura, de entender al de enfrente y tenderle la mano para conformar una familia de verdad.

Cada edición ha traído su vaivén en cuanto a la cantidad y duración de estos eventos, incluso ha sobrevolado sobre ellos la posibilidad de desaparecer, más siempre la luz de la sabiduría ha sobrevivido sobre la oscuridad de la ignorancia. No digo que siempre se hayan hecho de manera totalmente efectiva, pero no por eso han dejado de ser otra de las fuertes inspiraciones para no faltar a Camagüey

V

Con las ramas de un mismo tronco

Hace dos años, bajo circunstancias éticas  adversas, de esas que no debieran suceder por inútiles, por estar alojadas solo en mentes enrevesadas que confunden convicciones, ideas y pensamientos con invectivas, acusaciones fuera de lugar y tinieblas personales, escribí que la familia teatral, la verdadera, la agradecida, la respetuosa, habla en voz alta. Hoy lo vuelvo a afirmar.

El teatro es una gran familia, una estirpe que no ha podido ser arrasada ni por avances tecnológicos, poderes superiores, ni cambios climáticos, mucho menos por las miserias de los hombres, esas infelicidades que corroen el alma y hacen que se acusen o señalen en otros manquedades cercanas. Cada vez que me rencuentro en una u otra parte del planeta con amigos y colegas del teatro reafirmo esta razón. La amistad y consideración  permanecen ahí, a salvo, lo cual no quiere decir que haya ausencia de sinceridad, de franqueza, de intercambios, de criterios enfrentados. Sería ingenuo no reconocer esas oposiciones que proclaman a ojos vista la propia naturaleza, el día y la noche, el mar y la tierra, el norte y el sur.

Por eso deseché la oportunidad que tuve de conocer Buenos Aires, la capital argentina que posee una calle con más de un centenar de teatros. La cambié por muchos menos teatros en Camagüey, pero teatros míos, donde se presenta mi gente, mi familia. Llegué tarde, pero llegué. No pude ver a TECMA, el colectivo de Pinar del Río, que vino con su versión callejera de Galápago, ese texto ineludible del holguinero Salvador Lemis, ni a mis queridos amigos de Teatro Andante, de Granma, que bajo la sabia dirección de Juan González Fiffe, reaparecieron en el festival con ¡Ay margarita!, fábula mágica, también callejera, que retoma la poética guajira, sabichosa, y espectacular de ese colectivo.

Me perdí la reposición de El gato simple, otro clásico de nuestro teatro para niños y de títeres, esta vez a cargo de su legítimo dueño, el Guiñol Rabindranath Tagore, de Remedios, liderado por Fidel Galbán, ese hombre entrañable, ajeno y distante de cualquier conciliábulo, cabeza de una plaza ganada durante años, sin desmayar bajo tormentas materiales o humanas. No los pude aplaudir en vivo, pero ya con anterioridad lo había hecho con los grupos Teatro Escambray, o lo que es lo mismo el dúo compuesto por la bella Teresa Denisse y su compañero Maikel Valdés con Los pintores, simpática y original visión del cuento Los 3 pichones, del centenario Onelio Jorge Cardoso. Teatro Tuyo y su deslumbrante y tierno montaje titulado Gris, elucubración de ese amigo y hermano llamado Ernesto Parra, afincado hace 15 años con su tropa en Las Tunas. La muchachita del mar, el más reciente estreno del pródigo Christian Medina con su cienfueguero Títeres Retablos, un muchacho no solo querido, sino admirado por muchos, entre los que me incluyo.

Compartí jornada con mis coterráneos del Teatro Papalote  que trajeron Se durmió en los laureles, dirigido por René Fernández, mi maestro y el maestro de muchos. Los cuenteros, conjunto inigualable de la nueva provincia de Artemisa, que ahora comanda Malawy Capote, en su doble función de actriz titiritera y directora artística y general. Todos, como las ramas de un mismo tronco, reunidos para defender lo que amamos y se ha convertido en nuestra razón de  ser y estar.

Y para servir de estímulo a la subjetividad de cada quien, acorde con sus valores, conceptos y visiones, con sus maneras de entender el mundo y de manejarse con él, deslizo una poderosa razón extra: vuelvo a Camagüey porque creo en el teatro.

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