Entrevista con Tomás Guilarte

“No veo lo mejor de la coreografía,
sino  los errores”

Eyder La O Toledano • La Habana, Cuba

Tomás Guilarte aún tiene una ligera frustración, un sueño irrealizable: ser guitarrista. El hoy ensayador de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) no se propuso ser bailarín, de manera académica; llegó por un juego de engaño, o sea, sin proponérselo. En su casa, allá en Baracoa, siempre se cantó y se tocó trova, sus padres eran unos bohemios empedernidos, amantes voraces de la música tradicional cubana, por eso bailar no era precisamente lo que más le atraía, aunque no le disgustaba.

A Tomás la danza lo atrapó solo por descuido, por ingenuidad. Pero desde ese momento bailar se convirtió para él en su mejor forma de expresión. Entre las paredes y pasillos del Teatro Nacional de Cuba, sede permanente de DCC, palpita a diario su vida.

Queda en él todavía una nota del adolescente que fue: callado, meditativo, estudioso de cada detalle cuando de bailar se trata. Ahora lee a Lezama, dice que algo sacará de Paradiso, “de lo que leo saco mis coreografías, me vienen un mundo de ideas”, comenta en tanto se dispone a comenzar un diálogo sostenido durante una mañana y transido de anécdotas, conceptualizaciones y experiencias de su carrera en diferentes compañías de la Isla. 

Imagen: La Jiribilla

“Es cómico. Yo mismo siempre me pregunto cómo llegué a la danza, siendo un campesino sin ninguna preparación artística. Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta que hoy ser bailarín es mucho más difícil, porque cualquier muchacho de hoy tiene más referentes e información que cuando yo rondaba la niñez y la adolescencia.

“Sucede que Elfriede Mahler y Lorna Burdsall, fundadoras de la danza moderna y contemporánea en Cuba, fueron a Guantánamo para hacer pruebas de captación. Yo me presenté, porque pensé que era para música, eso fue lo que dijeron. Era un niño, venía del campo, de Baracoa, no sabía que era para danza. Me engañaron como niño al fin y aprobé por mis condiciones físicas. Aún tengo la frustración de no ser guitarrista. A mí lo que me gustaba era la música, porque venía de una familia de cantantes y trovadores.

“Frente a mi resistencia, Mahler me dijo: 'si yo le hubiera dicho a ustedes que las pruebas eran para danza, no hubieran aceptado ninguno, y tú no estuvieras aquí'. Ella sabía que había mucho tabú con la carrera para los varones y más en Oriente. En ese y muchos sentidos la Mahler fue una revolucionaria en todo, hasta para engañarnos y convencernos para quedarnos”.

Entonces el aún niño comenzó a pensar cómo lidiar con los prejuicios acunados en la familia, el barrio, la sociedad de un medio casi rural, donde la danza era visto como una manifestación no apta para hombres. Sin embargo, encontró el más sorprendente apoyo de sus padres, gracias a lo cual pudo realizar su carrera.

“En mi familia los únicos que tenía fuertes prejuicios eran mis tíos, mis padres no, todo lo contrario. Ahora lo más difícil fue enfrentar a la gente, desde mis inicios como estudiante hasta que ya ejercía profesionalmente como bailarín en Guantánamo. Yo digo que gracias a Elfriede hoy esa provincia es una de las plazas que más apoya el movimiento danzario, hay más interés por parte del pueblo que en otros territorios con más desarrollo económico y cultural. Ella rompió con el prejuicio.

“Elfriede era persistente, nos ponía a bailar en los cines antes de comenzar las películas. Era una locura, porque a la mayoría de los presentes no le interesaba. Recuerdo un día que se estrenó Robocot y nos puso a bailar, imagínate, los gritos, los insultos no tenían para cuando acabar. Sin embargo, de tanto repetirlo poco a poco la gente se fue acostumbrando a vernos y fue así que le metió en el cuerpo la danza contemporánea a los guantanameros”.

Aún no sabía que su primer acercamiento con Elfriede Mahler, a las puertas de la pubertad, en aquellas pruebas para ingresar en la escuela de arte en la especialidad de danza, sería el principio de una relación profesora-alumno que se consolidaría, contra viento y marea, tiempo después como bailarín profesional. Un vínculo que, confiesa, lo marcó para toda la vida.

“Fue una gran maestra, con virtudes y defectos. Desde el punto de vista metodológico una de las más brillantes que tuvo la escuela cubana de danza. Yo aprendí con ella, puedo decir con orgullo que soy de la escuela de Elfriede. Sus enseñanzas y métodos fueron los que nos ayudaron a seguir. Siempre recuerdo con que voluntad caminaba junto a nosotros para que no nos dejáramos vencer. Aquella generación, de los que fuimos sus alumnos, somos hoy una extensión de ella”.

Luego de egresado de la Escuela Nacional de Danza, en 1988, él y los de su generación, a los que califica de excelentes bailarines, tenían el ansiado anhelo de formar parte de DCC, obviamente un referente. Pero su “suerte fue otra”, a Tomás le toco bailar en otras alineaciones. Fue así que por muy poco tiempo integró el colectivo de Danza Abierta, dirigido por Marianela Boán y después se convierte en uno de los bailarines iniciáticos de la actual Danza Libre (DL), liderado entonces, para más fortuna, por Elfriede Mahler.

“Con honestidad debo decir que fue duro. Venía de la END, de trabajar en La Habana, de tener la posibilidad de intercambiar, ver espectáculos de danza. Llegar a Guantánamo, solo éramos dos graduados profesionales, para integrar una compañía aún en formación y con un grupo de bailarines sin entrenamiento en danza moderna y contemporánea, porque todos provenían del movimiento de aficionados y con de base folclórica, fue frustrante como recién graduado. No lo podía creer. Con el paso del tiempo esta situación comenzó a revertirse.

“La Mahler empezó a incorporar gente, bailarines que venían de la Escuela de Instructores de Arte, del Yarey, en Bayamo, tenían por lo menos formación técnica; también llegaron otros egresados profesionales y así fue creciendo Danza Libre y me sentí contento por tener a mi lado compañeros que estaban a la par y con el nivel de otros de las distintas compañías del país”.

En esos momentos, finales de la década del 80 y principios de los 90, Danza Libre irrumpe en el escenario dancístico cubano, específicamente en un territorio donde la danza folclórica de raíz caribeña y francohaitiana tenían un peso en el panorama cultural. Es con el desempeño de esta compañía que la danza moderna y contemporánea comienza a desdibujar el supuesto criterio de que era una propuesta estética para el occidente de la Isla y que no tendría logros en la parte más oriental del país.

“En la compañía había buenos bailarines en folclore, específicamente francohaitiano, que no se estudia en la academia, pero no los había en danza contemporánea, eso al principio fue chocante. En el caso de folclore fue bueno para mí, porque no sabía bailar con machete, fuego, ese lenguaje corporal me sirvió de mucho posteriormente y para mi integralidad como bailarín”.

Los aportes de su tránsito por conjuntos danzarios tan diferentes como Danza Contemporánea, Danza Libre y la Compañía de Narciso Medina, contribuyeron a configurar su visión sobre la danza contemporánea en Cuba y las maneras de asumirla como bailarín, coreógrafo y maestro.

“La danza es como la vida, cambiante, no te puedes encasillar en un concepto. Elfriede desarrolló en nosotros valores como el respeto, la honestidad, la actitud positiva de nunca rendirnos, el empeño y la búsqueda. Llegó el momento que tuve que partir, fue en 1996, las razones fueron muchas, pero obviamente el crecimiento profesional estaba muy por encima, fue el mayor empujón, además, mantenía la obsesión de llegar a Danza Contemporánea, quería verme bailando con ellos, aquí.

Marianela Boán, es una de las mejores coreógrafas del país, es muy renovadora. Para ella el trabajo de la danza es integral, lo combina con el teatro, con la pintura y sobre todo a partir de la investigación. Fue importante más allá de la interpretación, porque me incentivó a descubrir que podía hacer coreografías, la inquietud de decir a través del movimiento lo que pensaba y no podía por medios de las palabras.

“Gracias a mí tránsito por Danza Abierta pude comenzar mi trabajo creativo con Danza Libre, ahí están piezas como Propuesta a analizar, en el momento que la hice fue poco comprendida, adelantada, porque hace énfasis en cuestiones de la vida y la muerte, en problemas sociales. Otras fueron Eterno retorno, sobre la filosofía de Nietzsche y Al otro extremo, solo tres de una etapa que considero una de las mejores de mi vida”.

Considera a Narciso Medina como uno de los autores de grandes clásicos de la coreografía en Cuba: “Sin pretender ser absoluto, pero ahí está una obra como Metamorfosis, no solo es una de las que más me place, sino una de las más coreografiadas por compañías del país. Narciso sabe lo que quiere, tiene su propia visión de la danza, apela al minimalismo. Pero sea quien sea el coreógrafo o director, trabajar con ellos te encasilla, en el buen sentido del término, en su forma y estilo de trabajo, por lo que eso son aprehensiones que uno toma y va armando su propia manera de interpretar. Elfriede, Marianela y Narciso han contribuido a mi formación y a mi resultado como artista”.

Imagen: La Jiribilla

Danza Contemporánea es la compañía paradigma de ese movimiento en el país, entonces no es ajeno que un bailarín aspire con tanto empeño a formar parte de su elenco. Tomás por fin llegó, lo hizo cuando ya casi ponía fin a sus días sobre el escenario. Empero, nuevamente la casualidad, su llegada fue sin protocolos rígidos.

 “Al fin llegué, bailé por poco tiempo en la compañía, comencé a presentar problemas de salud que impedían que siguiera bailando, por lo que fui intervenido quirúrgicamente. Pero ¿cómo llego? Trabajaba en el mundo del espectáculo, los entrenamientos eran muy deficientes y yo estaba acostumbrado a los buenos y fuertes. Por eso vine un día a la compañía y hablé con el director para participar de los ensayos y  clases, me dijo que sí, me abrió las puertas de la manera más sencilla y fácil, y fue así como pasado el tiempo él mismo me propone quedarme. Ya tenía 32 años.

“DCC es una compañía y una escuela. Todos los bailarines son excelentes, precisamente por la forma de trabajo, el entrenamiento, el reconocido rigor técnico de la institución, que lo ha mantenido a pesar  de todos los imponderables, porque siempre se renueva. Por otra parte, están los elementos contaminantes que cada coreógrafo le impregna, eso ya es una marca de identidad”.

A pesar de que fue corto el tiempo que bailó en Danza Contemporánea a causa de una operación que le impidió continuar su carrera como bailarín, hoy es uno de sus principales ensayadores y maestros, un hombre repertorio, dirían, una responsabilidad que asume con gusto y al mismo tiempo con temor.

“Luego de mi regreso en 2011 de Reino Unido, donde estaba estudiando en una prestigiosa academia de danza, el director me da la responsabilidad de atender la academia de DCC. El año pasado asumo esta otra tarea, un reto, de ser uno de los principales ensayadores, además de maestro y régisseur. Se trata de sustituir a una de las mejores ensayadoras que hemos tenido, por eso lo del reto. Cada vez que los muchachos bailan no voy a ver lo mejor de la coreografía, sino los errores, ese es mi objetivo, anotar las dificultades para perfeccionar el trabajo”.

Sin duda, entre las emociones que vive está el ser parte de DCC, una compañía para él insustituible, atrapable, de la cual “te vas enamorando cada día. Amo mi trabajo. Del músico frustrado quizá quede algo, pero la danza hoy se ha convertido en mi vida. Se me antoja como el hijo  que uno tiene. Ya no puedo estar sin la danza y sin esta compañía, en el trabajo que a diario hago con los bailarines. Gracias a la danza soy. Creo que a pesar de todo he tenido una carrera de éxito. Y estar aquí es algo maravilloso, saber que aquí está el legado de Eduardo Rivero, de Isidro Rolando es más que suficiente para sentirse comprometido y enamorado”.

Imágenes: Tomadas de Internet

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