El Loco: Semanario Demente

Cira Romero • La Habana, Cuba

El arte cubano entre 1923 y 1935 vivió un momento de inusitada renovación. Ha quedado atrás el arte académico modelado por figuras como Armando Menocal, Leopoldo Romañach, Rodríguez Morey y otros destacados pintores. Un grupo de jóvenes con inquietudes inició un proceso de búsquedas que daría frutos extraordinarios a partir de la década del 20. Algunos pudieron ir a Europa para iniciarse en el aprendizaje de las nuevas corrientes, otros fueron autodidactas o recibieron conocimientos en los centros de enseñanza del país, pero todos percibían que la modernidad había llegado a la Isla, aunque fueron conscientes de lo principal y finalmente conseguido: hallar la cubanía. El rompimiento con los moldes de la academia, para que el arte alzara su voz por sí mismo y no al servicio de temas y tradiciones se convirtió en una tarea a cumplir, y se materializó con creces. Al respecto expresó Graziella Pogolotti:

Abrir los ojos hacia lo cubano, limpiar la tela, construir el cuadro alrededor de nuevos principios de composición, renunciar a una centenaria concepción de los valores plásticos, equivalía a instalar de un solo golpe el siglo XX en la pintura cubana, a asimilar las conquistas del postimpresionismo utilizándolas en función de una realidad diferente.

Muchos nombres pueden citarse entre los renovadores: Víctor Manuel, que regresó a Cuba, procedente de Europa, con un cúmulo de conocimientos que le permitieron incorporarse a la deseada nueva sensibilidad; Eduardo Abela, cuya obra pictórica es relevante, pero como dibujante y caricaturista creó en 1926 el personaje “El Bobo”, aparecido en La Semana, expresión, en sus inicios, de la picaresca y más tarde, hasta su desaparición en 1934, una de las más célebres caricaturas cubanas de humor político; Carlos Enríquez, Marcelo Pogolotti, Fidelio Ponce, Arístides Fernández, Amelia Peláez…, mientras que daban sus primeros pasos nombres como: Wifredo Lam, Mario Carreño y el caricaturista Juan David.

A la verdadera revolución que experimentó la pintura se suma lo alcanzado en el grabado, la ilustración, la escultura, la fotografía, abriéndose también a las nuevas conquistas. La citada ilustración, que siempre estuvo presente en numerosas publicaciones y libros, y también en carteles, considerada por Luz Merino como una de las vías del arte moderno en Cuba, tuvo una significación importante en los trabajos de Abela y Carlos Enríquez, y entre los caricaturistas y dibujantes es preciso nombrar a Arroyito, Hernández Cárdenas (Hercar), José Hurtado de Mendoza, Salcines, Massaguer, José Manuel Acosta, Valls y otros, de modo que el arte de la caricatura se integró a las búsquedas tan ansiadas. Más adelante brillaría en esta manifestación el famoso personaje “El Loquito”, creado por René de la Nuez y cuya primera aparición ocurrió en el semanario humorístico Zig-Zag (1938-1960) en 1957.

Si he hecho este rápido recuento es para tomar en cuenta el momento en que surge El Loco. Semanario Demente, aparecido en mayo de 1934, dirigido y administrado por Arroyito (Ramón Arroyo Cisneros). Asumió la jefatura de redacción nada menos que Nicolás Guillén, quien había dado a conocer su primer libro de poemas, Motivos de son (1933) y era, o había sido colaborador del Diario de la Marina (en la página «Ideales de una raza»), en el ya citado La Semana, en El Mundo, a través de la columna «La marcha de una raza» y había sido redactor del periódico Información. Como director artístico de El Loco… fungió Aguilar.

De carácter eminentemente satírico-humorístico, aparecieron en sus páginas, además de poesías, cuentos breves, entrevistas, chistes, caricaturas y trabajos que reflejaban la actualidad de la política nacional, publicados generalmente sin firma. Muchos editoriales dedicados a problemas del patio o internacionales enfocaban los asuntos tratados desde una posición antiimperialista.

Colaboraron en estas páginas, desaparecidas, al parecer, en agosto de 1934, el español radicado en Cuba Rafael Suárez Solís, el humorista Miguel de Marcos, quien, posteriormente, en novelas como Papaíto Mayarí (1947) y Fotuto (1948), dejaría su impronta humorística, Manuel Marsal y la poetisa Mary Morandeyra. Los mejores caricaturistas del momento dejaron su expresión gráfica en estas páginas: Riverón, Hercar, Hurtado de Mendoza, Roseñada, Silvio, estos dos últimos participantes en la singular aventura de la mencionada Zig-Zag, el primero, incluso, como director. Otro caricaturista destacado, Prohías, junto con Silvio y Arroyito, formaron un trío que a juicio de Axel Li, “desarrolló —por su cuenta— una caricatura risible y amena por el modo como dibujaban sus inventos”.

En su libro El Bobo. Ensayo sobre el humorismo de Abela (1949), apunta Enrique Gay-Calbó:

[…] si las empresas tenían directores que pesaban sobre el imperio de la administración y se pagaba a un buen artista, las caricaturas llevaban «cierta cantidad de decoro». Las publicaciones románticas, y por ello transitorias, tenían respeto absoluto por el arte. Las que respondían a un consejo de administración, con base en el negocio editorial y en los dividendos, desdeñaron siempre la discrepancia entre lo bello y lo productivo. Las hemerotecas dan por eso una aportación al arte, en el sector de la caricatura, muy mezquina, comparada con la expresión culta de las ideas y la extensión de los conocimientos. Se ha pensado, en consecuencia, más de una vez, que el fenómeno se explica así: más que periodistas y periodismo, hay publicaciones y negociantes, que dedican su dinero o su influencia a publicar periódicos.

El Loco. Revista Demente, se inscribe, en cierto modo, como una precursora de la reina de las publicaciones periódicas humorísticas cubanas, Zig-Zag, aunque Palante, surgido con la revolución, nucleó también a un importante número de artistas del pincel, inclinados al arte de la caricatura, que es, también, arte grande cuando hay talento y creatividad. Cuba ha dado una verdadera pléyade de grandes caricaturistas, y hoy se muestra un relevo generacional que se desempeña con empuje, llevando intencionalidad y arte a una expresión cuyos orígenes quizá se remonten a aquellos que dibujaron en cuevas como las de Altamira, en España. Quede esta revista humilde, pero grande en su espíritu, como una muestra de humor en texto e imágenes, piezas pequeñas que conforman el universo visual y textual de nuestra Isla.

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