Del crepúsculo al amanecer

Después de una noche difícil, Jorge llega a la parada del ómnibus, en la periferia de la ciudad. Son las últimas horas de la madrugada, aún está oscuro y él está solo en ese lugar. Lleva bajo el brazo el libro que le devolvió su amiga, y se sienta en la acera. Abre el libro e intenta leer bajo la débil luz del alumbrado público, pero el cansancio, los restos del alcohol y las sombras se lo impiden. Lo cierra, y lo deja junto a sus pies. Cruza sus brazos sobre las rodillas, apoya en ellos la cabeza, se queda dormido.

A la parada del autobús llegan otras personas. Jorge duerme tranquilamente. Se ha ido formando una pequeña multitud a su alrededor, pero nadie parece reparar en él. De repente, alguien grita "¡Ya viene el animal, oigan como ruge!". Jorge se despierta, y al levantarse es arrastrado por el tumulto que lucha por subir al camello. "Violento metrobús", oye decir a su espalda mientras lo empujan hacia arriba. Al verse ya en el pasillo corre hacia el fondo y alcanza un asiento vacío, todo un lujo en estas circunstancias. El camello termina por repletarse y parte.

Está sentado, apenas lo puede creer. Aprovecha que está junto a la ventanilla y saca la mitad del cuerpo. La brisa húmeda del amanecer lo hace feliz, refresca su cabeza embotada. Tal vez sea la primera vez en su vida que adivina un asiento en un camello. Solo entonces se percata de que ha dejado el libro. Salta de su poltrona y se abre camino entre el mazacote de pasajeros que protestan. El ómnibus se detiene en la siguiente parada, baja entre gritos e insultos y corre en dirección contraria.

Corre rápido y mucho. Son casi dos mil metros entre una parada y otra, y no quiere perder el libro, ese libro. Está por amanecer, aún no ha salido el sol pero ya hay claridad suficiente. Al llegar ve que en el lugar donde había estado sentado no hay nada. Busca entre las piernas de los que esperan el próximo camello, que lo miran con recelo. Nada.

Su mirada es la de quien no concibe que en tan poco tiempo algo como un libro, ese libro, haya desaparecido. No era una billetera, ni un tratado de cosmetología, sino unas simples memorias inventadas, parece decir. Entonces ve, sentado entre unas piedras detrás de la parada, a un negro grande que lee. Junto a él hay un cartón largo extendido en el suelo, y una bolsa grande de tela en un extremo, como una almohada. Jorge se acerca despacio, en silencio.

El tipo, de unos cincuenta años, tal vez un poco más, tiene su libro en las manos. Es un negro como otro cualquiera, sin ninguna seña particular. Pero ya se sabe el prejuicio, aunque inconfesado, que existe contra esta raza; si leen tranquilamente en un lugar apartado, algo traman. Lee con la boca abierta, moviendo los labios mientras recorre las líneas, y dentro de la boca todo es oscuro, como su misma piel. Y en ambos lados de la boca dos colmillos, afilados y blanquísimos. No, la cosa no es tan fácil –o tan obvia–; no era el demonio, o al menos no parecía serlo. Pero también se sabe que su trampa más feliz es hacernos creer que no existe.

–Disculpe, maestro…pero… ese libro es mío.

 El negro levanta la cabeza y lo mira de reojo. Sí, efectivamente: le faltan varios jugadores en el cuadro, solo tiene dos cubriendo en las líneas de primera y tercera (afilados y blanquísimos). Pero esto no quiere decir que sea un ladrón de libros. El negro deja de mirarlo y vuelve a lo suyo.

–… quiero decir, yo estaba aquí hace un momento, cogí el camello y se me quedó allí, en la acera… Es más, si no me cree mire en la primera página, tiene mi nombre. Mire mi carnet, verá que coinciden…

–Tremendo cabrón que era el Adriano ese…– dice el negro sin siquiera mirarlo. Parece ensimismado en la lectura. Pasaba las hojas a una velocidad vertiginosa.

–Sí, tremendo cabrón. Ahora devuélvamelo.

 El negro baja el libro pero deja la mirada en el mismo lugar. Está así unos segundos, completamente inmóvil.

–Ah, carajo…

–¿Qué?

–Mire, consorte, éste libro yo me lo encontré, es decir que ahora es mío aunque tuviera tu ojerosa cara en la portada…Lo que se encuentra no se roba, ya se sabe. Es más, ¿quién coño te dijo que me iba a quedar con él? Aunque también puedo…

–Bueno, bueno, tranquilo, yo solo…

–¿Tú estás esperando el violento?

–Si (ya le dije, acabo de irme en el que pasó hace un momento, pero tuve que volver porque había dejado el libro y…)

–Bien, cuando llegue yo te lo devuelvo. O tal vez no… Veremos. Ahora déjame leer y no jodas más.

–¿Y cómo puedo saber que es cierto lo que me está diciendo?

–Porque aunque me falte la mitad del cuadro soy un hombre de palabra, porque nadie me trata de usted y eso me gusta, y porque si no te callas ya, me lo como hoja por hoja y lo único que te vas a llevar será una pulpa apestosa donde ni siquiera podrás leer el título.

Jorge se queda frente a él, de pie, mirándolo. No sabe qué decir, y se sienta sobre una piedra cercana. Aquel tipo hablaba como un personaje de Raymond Chandler. No puede hacer otra cosa que mirar cómo el negro pasa las páginas como si las azotara, mueve los labios mientras lee, y escuchar la salmodia que produce. Él también susurra por lo bajo, dice: "Vaya, negro, la fría franchute se derretiría de gozo si te viera aquí, ahora, sentado sobre una piedra en el culo del mundo estrujando sus palabras". El otro, leyendo, parece que reza. Dice: "las ideas rechinaban, las palabras se llenaban de vacío, las voces hacían sus ruidos de langostas en el desierto o de moscas en un montón de basura…

La frase que el negro lee se corta de golpe por el ruido del ómnibus que se acerca. Jorge se levanta, pero se queda allí, inmóvil. El negro mete un dedo en su boca, lo moja con saliva, pasa la página y la dobla en una esquina. Luego cierra el libro y mira a Jorge, por primera vez, directamente a los ojos. Alarga la mano, pero la retira un poco cuando Jorge intenta agarrar el libro.

–Con una condición–, dice.

–Con cinco, si quiere, pero acabe de dármelo que se me va el violento…

–El violento nunca tiene apuro– respondió el otro, muy despacio. Hace una pausa, pasa la mano por el cartón duro de la cubierta del libro, acaricia el rostro en piedra del emperador. –Mañana aquí, a la misma hora. Ese Adriano es un cabroncito de la vida y quiero saber a dónde va a parar todo esto. ¿De acuerdo? No quiero intriga, tú no sabes quién soy yo, en el momento que menos lo esperes vuelvo a aparecer y…

Jorge agarra el libro de un tirón, corre hacia el ómnibus y sube cuando este ya ha empezado a moverse, fundiéndose otra vez en el molote. Colgado de la puerta logra volver la cabeza y mirar hacia donde está sentado el negro. Parecía leer todavía, los brazos apoyados en las rodillas, las palmas de las manos hacia arriba. No puede explicar por qué, pero sabe que al día siguiente ese tipo estaría allí, esperándolo.

Ficha: Narrador, poeta, teatrista, traductor y profesor cubano. Nació en Cienfuegos, en 1959. Licenciado en Teatrología y Dramaturgia por la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte. Director del grupo Teatro de La Fortaleza. Ha publicado, entre otros, los libros de relatos Tarántula y El azar y la cuerda, las novelas Naturaleza muerta con abejas, La última playa y La máquina de Bukowski, así como Escribir el teatro (ensayo), El sabor del agua y La arena de las plazas (poesía) y Cuarteto (teatro). Traductor de literatura italiana, sus libros de traducciones Utopía y desencanto (Claudio Magris) y Cuaderno de cuatro años (Eugenio Montale), han sido publicados por Letras Cubanas y Ediciones Holguín, respectivamente. Ha obtenido, entre otros, los Premios Cirilo Villaverde (Uneac, novela, 1998), Luis Felipe Rodríguez (Uneac, teatro, 2000), Calendario (poesía, 1998), Dador (teatro, 1997) y Pinos Nuevos (narrativa, 1996). Obtuvo el Premio Alejo Carpentier de cuento 2012 con el libro de relatos Rosso Lombardo, al cual pertenece el texto que publicamos.

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