Notas sobre teatro espirituano actual

Yayabo está en la calle

Fernando León Jacomino • La Habana, Cuba

Visité la ciudad de Sancti Spíritus, reluciente y muy bien restaurada con motivo de su quinto centenario, invitado por la Casa Editorial Tablas-Alarcos a un taller de crítica teatral pactado con el Consejo Provincial de la Artes Escénicas.  El encuentro, que se programó en varias fechas sucesivas hasta que se concretó en septiembre, formaba parte del evento René de la Cruz in Memoriam, conmemoración  que desde hace cuatro años viene organizando la provincia a instancias del también actor y promotor cultural René de la Cruz Ortiz (Renecito), hijo del Premio Nacional de Teatro y Televisión y principal difusor de su indiscutible legado artístico.

Imagen: La Jiribilla

Este homenaje me permitió conocer a dos personas de relevante trayectoria entre nosotros. Me refiero, en primer lugar, a la Maestra Pura Ortiz, fundadora del Coro Nacional de Cuba y reconocida por su trabajo como pianista acompañante, y por su ininterrumpida labor pedagógica durante más de 50 años; quien fue invitada además en calidad de ex esposa del homenajeado y madre de su único hijo. Además de su calidad humana, asistir al concierto que ofreciera como colofón del evento  me confirmó la importancia de conceder cada vez más espacio y poder de decisión en nuestros medios de difusión masiva a profesionales preparados para seducir y conquistar al espectador con la amenidad y la belleza de tanta canción memorable como la que abunda en nuestra tradición musical, tal como lo hizo Pura en su exquisito concierto y desde la vitalidad de sus casi 80 años.

Otra sorpresa fue la persona y la obra del fotógrafo José Julián Martí Montero, colega y amigo entrañable de René y reconocido por su labor como artista de la plástica. Lástima que no hayamos podido disfrutar de una exposición suya como parte del evento homenaje, o por lo menos de una intervención sosegada con la correspondiente exhibición de sus obras en soporte digital. Más allá de quienes tuvimos el privilegio de acompañarle durante  cuatro largos días, sus fotos solo se mostraron durante el concierto de clausura y esto sin las condiciones técnicas ni la jerarquía espacial que merecen.  Aprovecho para decir que esta idea espirituana de homenajear a René de la Cruz bien merecería una planificación, a mediano y largo plazo y de conjunto con universidades locales y nacionales, de investigaciones sobre los diferentes aspectos de su labor profesional. Esto permitiría dedicar al menos una sesión de trabajo a conversar sobre procesos y resultados de tales indagaciones, aportaría diversidad y hondura a estos encuentros y contribuiría a socializar el legado de una de las personalidades menos estudiadas de nuestro panorama escénico.

En los encuentros con los colectivos teatrales locales tuve la suerte de compartir con los críticos Roberto Gacio, Indira Rodríguez Ruiz y Omar Valiño Cedré, director de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, organizador y principal animador de esta franja del evento. Asistió también la fotógrafo Sonia Teresa Almaguer, que documentó exhaustivamente la mayoría de las actividades. Visionamos siete espectáculos de igual número de grupos, seis de la ciudad cabecera y uno del municipio Trinidad y disfrutamos sobremanera el ambiente sano y la comunicación transparente que caracterizaron los debates, aun cuando el rigor crítico halló más insatisfacciones que aciertos en las puestas en escena analizadas, a las cuales me iré refiriendo en un orden que nada tiene que ver con el de su programación.

Imagen: La Jiribilla
Pelusín, por Teatro Paquelé
 

Teatro Paquelé presentó Pelusín y el pescador pescado, con director de Pedro Venegas Lara; espectáculo sencillo y ameno, con indiscutibles aciertos en lo que respecta al diseño y la realización del retablo, rico en variantes y soluciones prácticas que amplían y diversifican los planos de la representación. Pero se trata de un texto endeble, escrito originalmente por Dora Alonso para una puesta en escena televisiva y dilatado aquí por una manipulación con demasiado apego al clisé titiritero y por largas apoyaturas musicales que aportan poco a la escasa verosimilitud del conflicto. 

La otra experiencia titiritera fue la versión de Jojandry Naranjo Reguera (Grupo Parabajitos) sobre Paquelé, la conocida novela para niños del escritor local Julio Llanes. Además de la pertinencia del texto para festejar el medio milenio de vida de nuestra Cuarta Villa (una ciudad no es tuya hasta que no cierras los ojos y la sigues viendo1, es interesante aquí la síntesis titiritera que se logra con la adaptación del original, complementada con un adecuado diseño y una concentración de la acción que aprovecha bien las posibilidades del pequeño retablo. El problema es que el actor-titiritero, en su afán de interpretar todos los personajes, atropella la enunciación y violenta el ritmo al no connotar adecuadamente las pausas y matices del diálogo, llegando incluso a confundir, por momentos, las voces de los personajes. Tributó negativamente a estas limitaciones de orden técnico la inadecuada selección del espacio de representación: el gran escenario del Teatro Principal, cuyas dimensiones y ubicación, con respecto a la platea, dieron al traste con la intimidad que propone el diseño original de la puesta en escena.

Imagen: La Jiribilla
Los payasos desaforados y ovalados, por el grupo Piramidal
 

En un segundo apartado de espectáculos, signados por la ingenuidad y la escasa elaboración estética, incluiría a Piramidal, con Los payasos desaforados y ovalados, de René Fernández; Amalgama, con Siempre se olvida algo, de Virgilio Piñera y Lorca Teatro, con la obra Tardes grises, de Eleuterio González (Telo). Inspirado en la puesta en escena original del maestro Fernández, los jóvenes de Piramidal, bajo la dirección de Juan Modesto Castillo, se encomiendan a procedimientos técnicos cuya naturaleza desconocen en profundidad. Concebido como un espectáculo de mimo-clown, los dos actores y la actriz que lo ejecutan carecen del entrenamiento psicofísico indispensable y, como consecuencia de ello, desarrollan pautas coreográficas muy pobres (limitadas a un solo plano del escenario), cadenas de acciones e interacción reiterativas y modos de enunciación maniqueos y demasiado similares de un  personaje a otro. Todo esto se  acrecienta con la deficiente iluminación del espacio y un uso de la música que descuida  su relación con la acción teatral.

Siempre se olvida algo nos llegó a instancias de Fernando Conde, quien tuvo a su cargo la dirección y la versión del texto. Si, al decir de Rine Leal, en esta zona de la dramaturgia piñeriana la circunstancia original de los personajes representados “es trágica en el sentido en que muestra la contradicción irreconciliable entre el hombre y su medio, entre su voluntad individual y la necesidad social” y si tenemos en cuenta además que la puesta de Conde no alude con intencionalidad al contexto original, La Habana de 1962;era imprescindible preguntarse en qué nueva circunstancia social maniobra ese “destino inexorable en que fuerzas inevitables operan con la precisión y frialdad de un mecanismo prefijado, que nada ni nadie puede detener”2. Si bien el momento actual de Cuba y su correspondiente reacomodo socioeconómico justificarían con creces la relectura del divertimento escénico que nos ocupa, la simple reproducción del texto no alcanza para obrar el milagro de su recontextualización. Semejante apuesta implicaría un grado de indagación y asimilación que no se percibe en la versión de Amalgama Teatro. Esta carencia de base, no deja otro camino a los actores que una representación sobreactuada y caricaturesca, en tanto vacía de sentido; que agota su escasa comicidad en los primeros diez minutos de puesta en escena, mostrando al desnudo las limitaciones expresivas del elenco y la escasa elaboración de sus estrategias comunicacionales.

Imagen: La Jiribilla
Tardes grises, de Lorca Teatro
 

En Tardes grises, de Lorca Teatro se aprecia una mayor preparación del actor-director Julio Luis Morales y de la actriz que lo acompaña, sobre todo en lo concerniente al diseño de los personajes y sus respectivas pautas de vestuario y desplazamiento escénico. El problema está en la relación que se establece entre los personajes y entre estos y el público.  Un texto intencionadamente simple, donde la situación importa más que el argumento, se representa aquí con gran monotonía y mediante una reiteración cíclica e indiscriminada de clisés teatrales que van desde el maquillaje y la enunciación del texto hasta la selección e insuficiente manejo de los elementos escenográficos y de utilería. Todo ello se acrecienta por la no correspondencia entre el espacio seleccionado (sala pequeña, ambiente íntimo) y el tono de la puesta en escena (grandilocuente y monocorde). Como consecuencia de este error de perspectiva, el equipo de Lorca Teatro renuncia de antemano al grado de sutileza que propone el texto y que constituye su mayor virtud.

El Grupo Teatro Trinidad, que abre un tercer y último apartado de obras concebidas para la calle, presentó Génesis, con dirección de Yanny González Hernández. Más que de un espectáculo, disfrutamos en este caso de una escena breve, concebida para la calle, que retoma el tema de la Conquista y el socorrido enfrentamiento entre nativos y españoles (se concibió como homenaje al quinto centenario de Trinidad, celebrado recientemente); todo ello mediante una pauta de movimientos, vestuarios y maquillaje poco cuidadosa en sus detalles y muy similar a la empleada por el grupo D´Morón Teatro en sus dos últimos espectáculos. Y esto último no sería un problema si se tratase de una asimilación creativa de aquellos recursos y no de una representación que, lejos de sintetizar, banaliza el conflicto representado. Bastarían para sostener esta afirmación la carencia de un adecuado entrenamiento actoral, la simplificación extrema del argumento elegido y el deficiente uso del espacio —boulevard espirituano— y sus posibilidades. Se aprecia no obstante en el joven colectivo teatral, un sentido de grupo y una conciencia bastante clara de sus limitaciones y necesidades de superación profesional.

Imagen: La Jiribilla
La mano del negro, Cabotín Teatro
 

Cabotín Teatro, dirigido por Laudel de Jesús, tuvo a su cargo la segunda propuesta callejera del evento y ofreció La mano del negro, un espectáculo de creación colectiva basado en pautas danzarías de la tradición bantú que sobrevive en áreas del municipio Taguasco, aledaño a la capital provincial. Un pasacalle con música en vivo, pancartas, disfraces y rutinas danzarias simples nos condujo hasta el parque escogido para la representación, situado entre varias edificaciones coloniales y delimitado, al fondo, por la Iglesia Parroquial Mayor. Se trataba, sin duda, de un entorno muy favorable al tema de la representación: las luchas entre esclavos y amos en la Cuba colonial y la desesperada búsqueda, por parte de esos esclavos, de una espiritualidad que no pueda ser sofocada ni siquiera por la más cruda represión. Este es el tema del espectáculo y, al mismo tiempo, la historia que nos cuenta, ya que las escenas no están enlazadas en función de contar una fábula, sino que van planteando diferentes atmósferas o variaciones sobre el mismo asunto, concatenadas acaso por la ubicua presencia del colonizador, que domina el plano más alto de la representación empleando recursos como el látigo, el machete, la omnipresencia de la muerte y, en especial, los zancos, manipulados aun sin la suficiente destreza por los actores y actrices de Cabotín Teatro. Tocante a este complejo elemento, sugiero se escoja un lugar menos visible para su montaje y desmontaje, de modo que tal actividad no contamine visualmente la acción teatral.

Figuran entre los principales aciertos de este espectáculo el uso de música en vivo con ritmos y cantos pertenecientes a la tradición de base, cuidadosamente situados en función dramática, la preponderancia de lo coreográfico y su asimilación colectiva, así como la intensa y orgánica relación que se establece entre los actores y actrices en todos los momentos de la representación. Pero falta mucho por hacer en cuanto a la relación con el espacio y, a través de este, con el espectador. Si bien se aprecia un conocimiento de las danzas y los rituales representados, no sucede lo mismo con el entrenamiento actoral específico que exige el agreste espacio callejero. Otro tanto sucede con la colocación de las voces, pobres aún para enfrentar la extensión y complejidad del entorno. Por otra parte, la carencia de un hilo argumental que articule unas escenas con otras, obliga a una mayor concentración del desenvolvimiento escénico, en ocasiones disperso o insuficientemente delimitado.

Con todo y las perfectibles aristas de su propuesta estética, Cabotín Teatro destaca también por la profesionalidad y cohesión de un elenco mayoritariamente joven, formado al calor del trabajo en equipo y con personalidad y prestigio suficientes para dialogar con las instituciones culturales y sociales de la comunidad. Tal autonomía le distingue dentro del concierto territorial y exige al mismo tiempo una mayor movilidad nacional e internacional para el grupo, pensando sobre todo en la necesaria interacción con otros colectivos especializados en este tipo de representación teatral.

Más allá de las particularidades de cada espectáculo, encontré en Sancti Spíritus una comunidad teatral voluntariamente aislada, muy poco dada al intercambio incluso entre sus miembros, lo cual no impidió, paradójicamente, la exitosa realización de nuestros debates sobre las obras. Esta limitación, relacionada sin duda con la dinámica institucional y su capacidad para aprovechar al máximo las potencialidades de sus representados, explica la excesiva proliferación de agrupaciones y condiciona, de algún modo, la repetición de los mismos errores técnicos de un espectáculo a otro y la acumulación de un repertorio territorial de muy bajo nivel estético, cuyos problemas no pueden conjurarse con una visita aislada de la crítica especializada.

No vendría nada mal, sin embargo, y así lo hemos sugerido al Consejo Provincial de las Artes Escénicas, tomar las recomendaciones de este encuentro como punto de partida para un adecuado diagnóstico de los problemas que aquejan al movimiento teatral local y pasar a una nueva etapa que incluya la organización de talleres por especialidades, enfocados a resolver las principales carencias generales y de cada colectivo artístico.

Notas: 
1. Frase que caracteriza al personaje Paquelé, de la novela homónima de Julio Llanes.
2. Leal, Rine. Prólogo al Teatro completo de Virgilio Piñera. pp. XIII. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 2006.

Comentarios

Fernando, aprecio su valoración abarcadora y a la vez sintetizada de estos esfuerzos por preservar y fortalecer el talento tanto local como la posibilidadde participación de otros, lo cuál contribuirá a el arraigo transparente de nuestra identidad nacional desde estas modalidades de expresiones artísticas, un saludo

En estos momentos recibi su articulo enviado por mi gran amigo Marti,el me hablo del evento y creo que se le debio darle mas prestancia y organizacion,por suerte estaban uds ahi, no se si aca en el icaic se promovio el evento ,vere si nuestro portal cubacine lo reseño presisamente,el sabado cubriendo el festival de ballet coincidi con mi tambien amigo Renecito de la cruz, el trabajo muy bien.

Nota: Pude ver las imagenes del envento en su sitio

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