Manuel Moreno Fraginals y su desafío historiográfico
a José Antonio Saco

Félix Julio Alfonso López • La Habana, Cuba
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Saludo la feliz iniciativa del Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello” y de su director, el fraterno compañero Fernando Martínez Heredia, de conmemorar los 50 años de la primera edición de El Ingenio, una obra maestra de la historiografía revolucionaria cubana y latinoamericana, que ha resistido sin fisuras el paso del tiempo y se yergue todavía como un paradigma, poco frecuente entre nosotros, de investigación rigurosa en las fuentes primarias, aplicación creadora e inteligente del marxismo a las circunstancias de la plantación esclavista de azúcar en Cuba y constituye además un modelo narrativo por su prosa culta, atractiva y polémica.

Estamos conmemorando también los 40 años del prólogo a la segunda edición, fechado en febrero de 1974, aunque el libro no se publicó en tres tomos hasta 1978, donde Moreno daba cuenta de cuáles eran los móviles de su investigación sobre la plantación azucarera, en tanto su perspectiva aspiraba a ser totalizadora, mirando la sociedad insular desde la atalaya que consideraba su eje productivo fundamental: el ingenio de azúcar.

Imagen: La Jiribilla

La tarea que Moreno se propuso en El ingenio…, con el apoyo de la Universidad Central de las Villas, fue reconstruir en sus más mínimos detalles la gran maquinaría de la plantación azucarera del occidente de Cuba, y sus interrelaciones profundas con la cultura material y la ideología de las clases dominantes en el siglo XIX cubano. Lo novedoso de su enfoque marxista, influido por el estructuralismo pero alejado del economicismo determinista, radica en que, como nos advierte desde el inicio:

Esta obra (…) pretende seguir las huellas que arrancan del azúcar y se manifiestan en la instauración de una cátedra universitaria, o en un decreto sobre diezmos, o en la forma característica del complejo arquitectónico urbano, o en los efectos terribles del arrasamiento de los bosques y la erosión. Y hemos ido hacia esta investigación porque estamos plenamente convencidos de que sin un estudio exhaustivo de la economía cubana no hay posibilidad alguna de interpretar correctamente su historia1.

Además, el autor de esta cardinal  monografía no ocultaba la función social que la misma debía cumplir, en el sentido de reconocer que se trataba de una obra “analítica y densa”, pero con la convicción de que “la Revolución necesita estudios básicos, con firmeza en los métodos empleados y en las fuentes de investigación”2. Es decir, se trataba de alcanzar un momento de madurez, no tanto  en el orden ideológico como en las herramientas teóricas en el campo de la historia, mucho más útil al proyecto revolucionario que obras declaradamente marxistas pero de escasos valores heurísticos y ninguna trascendencia historiográfica. Entiendo que fue, además de un libro escrito con un rigor científico y una elegancia expositiva poco comunes, un alegato contra el dogmatismo y el empobrecimiento teórico que predominó en las ciencias sociales cubanas durante la primera mitad de los años 70, y es por ello que la fecha del prólogo a su edición definitiva no puede resultar más reveladora: 1974.

Cuatro años antes de la versión  primigenia de El ingenio, Manuel Moreno Fraginals, influido desde su juventud por  las ideas socialistas y por historiadores del calibre de Elías Entralgo, Herminio Portell Vilá y el mexicano Silvio Zabala, con una consistente formación como historiador en el Colegio de México durante el bienio de 1946-47, había presentado sus credenciales como investigador histórico en su minucioso estudio bio–bibliográfico sobre José Antonio Saco3. En el panorama de la producción historiográfica cubana de inicios de los 60, este era un libro singular y radicalmente diferente a los numerosos discursos, ensayos y exégesis de Saco producidas hasta la fecha, y la lectura de su prólogo pronto revelaba en qué consistía esa esencial divergencia.

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En rigor, aunque el libro vio la luz en 1960, en el nuevo plan de publicaciones que Samuel Feijóo impulsaba desde la Universidad Central, su autor expresa en la “Pequeña aclaración” que antecede al volumen, que su origen era muy anterior, y se remontaba a las clases de Historiografía que recibió en el Colegio de México con el profesor Silvio Zabala en 1946. Lo que originalmente debió ser un trabajo de curso se convirtió en el esfuerzo investigativo más serio y erudito sobre la vida y obra de José Antonio Saco de cuantos se habían hecho hasta entonces, y el manuscrito estuvo listo en 1948, aunque no se publicó hasta 12 años más tarde, por azares de la propia biografía de su autor. Es decir, por su fecha de redacción puede ser considerada obra de juventud, no así por la de su publicación, cuando Moreno contaba ya 40 años y estaba inmerso en las investigaciones que lo llevarían a redactar el primer tomo de El ingenio en 1964. De hecho, este ensayo de tesis sobre Saco y su época histórica puede leerse como una suerte de  introducción desde la historia de las ideas a esa obra mayor.

Prácticamente toda la bibliografía activa y pasiva de Saco hasta esa fecha fue literalmente devorada y digerida, con el objetivo no solo de comprender a quien Moreno llama “la figura más definitivamente incomprendida de nuestra historia”4, sino también de saldar una deuda historiográfica con Saco, aquejado de “una penosísima falta de investigación”. Ninguno de cuantos habían escrito alguna línea sobre el abogado bayamés sale ileso de la andanada de crítica historiográfica que les inflige  Moreno, salvo quizá Ramiro Guerra. Incluso autores tan cercanos e influyentes en la obra de Moreno como Raúl Cepero Bonilla no salen bien parados en su exégesis de Saco, al considerarlo Cepero como un “vocero de los hacendados”, opinión que Moreno contradice y argumenta, parafraseando a Eric Williams, cuando afirma que “el azúcar derrotó a Saco”5.

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Con su proverbial ironía, Moreno se burla de los eruditos aficionados que citaban obras de Saco que jamás habían leído y ni siquiera estaban disponibles en bibliotecas cubanas, u otros que apenas se habían tomado el trabajo de cotejar las sucesivas adiciones y enmiendas que Saco introducía en cada nueva edición de sus obras. Era tanto el desconocimiento, que la obra capital del bayamés, su Historia de la esclavitud, “seis gruesos volúmenes de pensamiento político cubano disfrazados de falsa erudición histórica”—acota Moreno, apenas contaba con un “discreto prólogo” de Fernando Ortiz y el ditirambo de Vidal Morales.

Pero Moreno no se contenta en este ensayo con estudiar y analizar la obra  bibliográfica de Saco y  revisitar su figura histórica, sino  que va más allá, su propósito es más ambicioso todavía y adquiere la categoría de una tesis historiográfica revisionista en toda la extensión de la palabra: “En las página de este libro intentamos, no solo una correcta valoración de José Antonio Saco,  sino que pretendemos esbozar una nueva interpretación de nuestra historia”6. Eso eran ya palabras mayores y anticipaban, sin duda, la obra que vendría pocos años más tarde.

Es decir, la figura de Saco le sirve a Moreno como un  recurso legítimo para demostrar su hipótesis revolucionaria de que la historia nacional había sido escrita hasta entonces por y para la burguesía de Cuba: “Nuestros historiadores han escrito casi siempre con mentalidad azucarera. Nuestras fuentes historiográficas son fuentes viciadas por hacendados y negreros”7. Y más adelante  declara abiertamente: “Los biógrafos de Saco han escrito con mentalidad de sacarócratas”8.

Quizá es en este trabajo donde por primera vez Moreno utiliza ese concepto metáfora de llamar a los ideólogos de la plantación esclavista azucarera como miembros de una “sacarocracia”, palabra que aparece originalmente en la obra de José de Frías  y que utilice también la definición, que tanto apreciaba, de la  “historia como arma” con que abre el libro, idea que desarrollará luego con otros matices en textos posteriores con idéntico título.

La obra se compone de dos partes muy bien diferenciadas: el estudio sobre Saco, que comprende apenas 76 páginas de tesis, intuiciones y enunciados brillantes y definitivos, a veces demasiado categóricos y otras con más imaginación que argumentos, más las notas que también suelen ser pequeñas tesis, y la exquisita bibliografía comentada que comprende más de 100 cuartillas y 129 asientos de una erudición pasmosa.

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Entre las ideas  más  sugerentes extraigo una de las que inician el libro, y es la que refiere que la obra capital de Saco, su Historia de la esclavitud, fue una obra de “frustración política” porque su autor la publicó a destiempo, cuando ya la esclavitud había sido abolida por las armas de la guerra y por las leyes coloniales. El corolario de lo anterior es que Saco era y escribía como un político bajo un disfraz de historiador, y de ahí el doble anacronismo de su ensayo sobre la esclavitud: político respecto a Cuba e historiográfico con relación a Europa. También está el hecho de que Moreno considera a Saco un historiador de la esclavitud que utiliza el pasado para referirse a su presente, no es un arqueólogo de la servidumbre humana sino un comentarista contemporáneo de sus males y por ello, afirma “sobre su imagen del Partenón y el Coliseo se refleja la sombra de la Catedral habanera, los ingenios cubanos y el látigo de nuestros mayorales”9.

Otra  idea de largo aliento, que se expende por todo el ensayo,  es la de la negrofobia de Saco, de quien dice Moreno que “fue esclavista, pero no por convicción intelectual, sino por odio y desprecio al negro”10 y de ahí sus reiterados llamados al blanqueamiento de la Isla, la extinción de la trata y la sustitución del trabajo esclavo por trabajo asalariado.

En estas páginas Moreno introduce también la noción, no por discutible menos interesante, de que Saco es un hombre de transición entre el viejo patriciado criollo de las oligarquías municipales, ganaderas y tabacaleras del siglo XVIII y la pujante y ambiciosa burguesía esclavista plantacionista. En este sentido, Saco estaría más cerca ideológicamente del presbítero Caballero y de Arrate que de Arango y Parreño, pese a que muchos historiadores habían querido trazar un hilo genealógico entre Arango y Saco, que a Moreno se le antoja imposible, pues “bastaría su prédica contra la trata y sus ideas económicas sobre los ingenios para demostrar su oposición a la sacarocracia”11.

Los burgueses esclavistas y Saco, afirma Moreno, compartían prejuicios similares frente a la población negra: miedo, aversión y certeza de que no formaban parte de su nacionalidad blanca, excluyente y racista, pero diferían en la forma de juzgar los beneficios económicos y los perjuicios sociales que reportaban. De tal modo “Para los hacendados fue siempre más importante el azúcar que la nación, y cuando Saco les propuso un medio de producirla a mayor costo, pero con menos peligro patrio, naturalmente no lo tomaron en cuenta”12. Este sería el motivo esencial de la lapidaria sentencia del bayamés, en su batalla contra los anexionistas, cuando afirmó que los plantadores no tenían más patria que sus ingenios ni más compatricios que sus esclavos. El dilema de Saco era, explica Moreno, que al mismo tiempo que criticaba la esclavitud como un mal económico y social, también creía en la inferioridad del hombre negro, mentalidad compartida con muchos criollos cultos de su época, los mismos que fueron abolicionistas de salón y crearon una novela romántica antiesclavista plagada de negros buenos y radicalmente falsos.

Otra cuestión de gran peso en Saco es su pensamiento antitratista, no antiesclavista, que buscaba en última instancia frenar el aumento de la población negra, iniciar el paulatino blanqueamiento de la Isla por cruces sucesivos o por inmigración europea, y todo ello conllevaría a un escenario futuro de cambios radicales en la estructura social, donde podría verificarse el fin del trabajo esclavo y la posibilidad de la población blanca de pedir  reformas políticas, eliminado el peligro negro. Todo el tiempo se produce en el pensamiento de Saco un juego de cálculo social, probabilidades lógicas y razonamientos teóricos que la propia realidad se encarga de desmentir una y otra vez, pues lo que ocurre en vida de Saco es todo lo contrario, el auge de la trata ilegal y la expansión de la plantación, y eso es lo que lleva a Moreno a afirmar  repetidas veces la fórmula retórica de que “el azúcar derrotó a Saco”.

Curiosamente, el férreo opositor de la trata no fue abolicionista convencido nunca, pues dentro de su proyecto el negro no debía formar parte de la nación, y de lo que se trataba era de impedir que entrasen más africanos a la Isla. A Saco no le interesa la conversión del esclavo negro en liberto asalariado,  sino la sustitución de la población negra, sea cual fuere su condición, por jornaleros y obreros blancos. Para Saco, en última instancia, y este es uno de los aspectos más  negativos de su pensamiento, el negro libre se entregaría a la vagancia, la inmoralidad, el robo, el asesinato y otros crímenes, y jamás postula su plena capacidad para incorporarse a la vida “civilizada”13. En su opinión, expulsar los negros de Cuba era como limpiar su tierra de malezas. Y el corolario de esta afirmación tan peyorativa era la formación de una nacionalidad étnicamente blanca, de raíz criolla o europea, sin esclavos pero también sin negros.

Un último elemento que se destaca en este ensayo es el conocido antianexionismo de Saco, so pretexto de la defensa de la nacionalidad blanca criolla. Moreno restablece, para explicar este punto, la pretendida genealogía de Saco como un ideólogo del hombre de la tierra adentro, heredero de un imaginario criollo afincado en la autonomía civil de los cabildos y la riqueza autárquica, patrones socioeconómicos dinamitados por la burguesía negrera y que reconoce el peligro real para su proyecto de nacionalidad blanca de la anexión al sur esclavista de los EE.UU. En última instancia, deduce Moreno, con el  anexionismo al sur se salvaba la esclavitud y con la unión al norte se perdía la nación con la que Saco soñaba. Entonces el abogado bayamés se encontraba en un callejón sin salida, enfrentado a los hacendados en el combate a la trata y a los anexionistas en oposición a su carácter esclavista o antinacional, nada podía contra unos ni contra otros, y tampoco se decidió a adoptar posturas más radicales, como las que lo hubieran conducido al separatismo independentista. Por el contrario, es asombrosa la rigidez política reformista de Saco durante más de 40 años, en los que perseveró como el ideólogo brillante de una minoría intelectual y social, enfrentado a los grandes intereses dominantes peninsulares y criollos y alejado de las clases dominadas del pueblo.

Las páginas finales del ensayo tienen un matiz más sicológico, y enfatizan en la incomprensión, la soledad y el anacronismo de Saco en una sociedad que lo negaba constantemente. Moreno insiste mucho en su condición de pensador idealista, solitario, vencido, inadaptado al ritmo de la época y con sucesivas muertes políticas en las numerosas polémicas que se vio envuelto, después de su prematura brillantez en la década de 1830. Paradójicamente, en los párrafos finales asoma un destello de simpatía por este Ángel caído del reformismo insular, este patricio incomprendido, cuando Moreno habla de su “fe cubanísima en nuestro destino” y en su “sentido nacional más allá de la venta de azúcar”, frases extrañamente elogiosas y contradictorias con el recorrido  biográfico que se acaba de exponer con tanta  lucidez y apasionamiento.

Pero así era también Manuel Moreno Fraginals, brillante, lúcido, apasionado y controvertido, quien a pesar de considerar en 1989, en entrevista concedida a la periodista italiana Alessandra Riccio, que había “superado totalmente” la interpretación de Saco que proponía en dicho texto, todavía su ensayo, con las lógicas actualizaciones o reinterpretaciones que sean pertinentes, no deja de ser una lectura provechosa y de alto vuelo para quienes se inicien en la aventura intelectual de estudiar el reformismo cubano del siglo XIX, sus contradicciones y en especial la figura, siempre atrayente y polémica de José Antonio Saco.  En cuanto a la bibliografía comentada, sigue siendo la mejor guía crítica que conozco de toda la producción escrita y publicada de Saco, está organizada de una manera metodológicamente satisfactoria y sigue ahorrándonos a los historiadores la angustiosa búsqueda en los catálogos de las bibliotecas. Y solo por eso ya el libro hubiera sido útil, lo cual no es poco, tratándose de un escritor de la talla intelectual de José Antonio Saco.

 

Notas:
1. Manuel Moreno Fraginals, El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978, t. I, pp. 9-10.
2. Idem, p. 10.
3. Manuel Moreno Fraginals, José A. Saco. Estudio y bibliografía, Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1960, pp.  8-9.
4. Idem, p. 6
5. Ibidem.
6. Idem, p. 10.
7. Idem, 8-9.
8. Idem, p. 9.
9. Idem, p. 25.
10. Idem, p. 30
11. Idem, p. 35.
12. Idem, p. 36.
13. Idem, p. 51.
 

Ponencia presentada en el taller La historia como arma. En el 50 aniversario de “El Ingenio”, de Manuel Moreno Fraginals  celebrado del 14 al 16 de octubre en la sede del Instituto Cubano de Investigación CulturalJuan Marinello”, La Habana.

 

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