La pre-plantación cubana

Una visión comparada con El Ingenio

Mercedes García Rodríguez • La Habana, Cuba
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Hace ya 50 años que como  verdad absoluta, Moreno Fraginals afirmó en su obra El Ingenio que:

 “una de las características fundamentales del ingenio de 1760 es que se trata de una célula que se autoabastece, mientras que la gran manufactura de principios del XIX ha liquidado este carácter autosuficiente”1.

Esta tesis historiográfica sostenida en tan importante libro apenas  ha sido discutida por los historiadores cubanos, más bien ha sido aceptada y repetida acríticamente, quizá porque muchos no se han detenido a pensar en todos y cada uno de los requerimientos que demanda una unidad azucarera en cualquier etapa de su existencia para su funcionamiento, y tampoco en ver qué diferencias reales existieron entre los ingenios pre-plantacionistas  del siglo XVIII a  que alude Moreno, y los que molieron en la primera mitad del siglo XIX,  comparación que explicaría  si fue real o no este cambio de carácter que dicho autor asegura.  

Imagen: La Jiribilla

Diferentes estudios recientemente concluidos sobre las características de las unidades azucareras que molieron en La Habana durante todo el largo y cambiante siglo XVIII, me permiten afirmar que el molde estructural del ingenio de este periodo no varió  en referencia al siglo precedente, 1600, y apenas cambió en las primeras cuatro décadas del siglo XIX, manteniéndose sus tres unidades básicas: casa de molienda, casa de calderas y casa de purga, con prácticamente el mismo sistema productivo e idéntica fuerza de trabajo, en su casi totalidad esclava.

Sólo se advierte en los ingenios de fines del siglo XVIII y principios del XIX, un crecimiento interior de las capacidades de producción, es decir, son unidades mayores en tierras y equipamientos, y también con un mayor número de esclavos en sus dotaciones, apareciendo en algunos ingenios progresos tecnológicos como las volvedoras, el tren francés para alimentar la casa de calderas, o incluso el comienzo con la experimentación del vapor;   pero todavía ninguno de ellos representa el verdadero salto cualitativo en la elaboración del dulce.

El propio Moreno advierte, con toda lógica, que la introducción de la máquina de vapor y del tren jamaicano, por si solos no representan un cambio significativo, y que ésta revolución no se producirá hasta la cuarta década del siglo XIX, con el uso bastante generalizado del vapor, conjugado con la evaporación al vacío, con la introducción de nuevas variedades de caña, con el control de las plagas, y con los cambios revolucionarios en el transporte, concretamente con el uso del ferrocarril. Por tanto, ¿cuáles son los signos o evidencias que generaron, a principios del siglo XIX, ese cambio de carácter en los ingenios, que advierte Moreno?

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En realidad, el autor de El Ingenio nos legó  esta sugestiva tesis pero no fue muy explícito o más bien nada precisó sobre los porqué de sus afirmaciones, ni cuándo caracterizó los ingenios de los primeros siglos como células autosuficientes, ni  cuándo afirmó que las unidades azucareras de la primera mitad del siglo XIX cambiaron este carácter, tampoco advirtió qué carácter asumieron entonces. No obstante,  a lo largo de su obra Moreno va dando pinceladas que dibujan difusamente los llamados conucos de subsistencia, con los cuales intenta justificar el carácter de autosuficiencia que él advierte en los ingenios de pre-plantacionistas de los siglos XVII y XVIII.

Ahora bien, si la existencia de estos conucos fuera la clave de la autosuficiencia de estos ingenios, por qué afirmar entonces que las unidades azucareras del siglo XIX cambiaron ese carácter, si en su gran mayoría y  hasta mediados de siglo XIX, se mantuvieron activos los conucos de subsistencia dedicados a la producción de viandas, legumbres y hortalizas, cosechados por esclavos;  incluso se mantuvieron  en muchos de los grandes ingenios del ochocientos, poseedores ya de barracones y considerados  por Moreno como ingenios de nueva planta.

En mi opinión, lo que no puede perderse de vista en cualquier análisis azucarero de Cuba es la heterogeneidad que  caracterizó  a este renglón económico en todos los tiempos, incluso en los actuales; solo por esta razón ya  la categórica afirmación de Moreno es discutible por su evidente nivel de generalización para una época marcada precisamente por  la diversidad de una manufactura en crecimiento y conformación.

Está claro que su objeto de estudio en El Ingenio es, valga la redundancia,   el ingenio de plantación del siglo XIX y  que la etapa  anterior solo la toma como referencia histórica por no ser parte de su problema de estudio, esto justifica de alguna manera sus afirmaciones no muy precisas para esta época pre-plantacionista.  El Ingenio, su obra más lograda,  trascendente y viva, aún subyuga a sus lectores y despierta sanas polémicas entre estudiosos del azúcar a sus 50 años de existencia, lo cual es un récord importante y dice mucho de su valía, pues aún es y será referencia obligada  para estudiosos y especialistas, unas veces para citarlo a pie juntillas y otras para debatir con él la pertinencia o no de alguna de sus afirmaciones, lo cual no resta un ápice de valor  a su libro, todo lo contrario lo reafirma como el estudio paradigmático del azúcar en Cuba, del cual todos bebemos  porque sigue siendo fuente de inspiración y sabiduría.

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Ahora bien, ¿fue un hecho real que estos ingenios pre-plantacionistas fueran células autosuficientes? ¿Pudieron los conucos abastecer totalmente a dichas unidades, como para afirmar que les permitieron su autonomía?  ¿Fueron estos conucos de subsistencia una particularidad cubana?

Como ya hemos expresado, en su interés por el ingenio de plantación, Moreno no profundizó,  no fue su objetivo, en el estudio de  la organización interior de los  ingenios pre-plantacionistas,  por ello descuida algunas explicaciones,  o más bien aclaraciones,  que  ayudarían un poco más al lector a comprender cómo operaron las estrategias productivas de estos hacendados azucareros de los primeros siglos coloniales. En tal sentido se impone aclarar que no sólo dentro de los ingenios de Cuba hubo conucos de autosubsistencia, cultivados por esclavos; también en las economías de plantación pura, especialmente en las colonias inglesas de Jamaica, y Trinidad y Tobago, se repartieron tierras entre los esclavos de las plantaciones, para solucionar el problema de su alimentación diaria y con ello rebajar los costos de producción de cada hacienda de azúcar.

A estas tierras destinadas al cultivo para el autoconsumo, situadas por lo general en la periferia de las propiedades azucareras inglesas, se les llamó “polinkas”2, y fueron el símil de los conucos de subsistencia, repartidos en Cuba a los esclavos de ingenios. Este método de doble utilización y explotación de la dotación, dentro de las unidades azucareras, compulsó a que cada esclavo produjera parte de su propia comida diaria, aliviando con ello los gastos en su manutención. Esto  funcionó como una regularidad en casi todos los ingenios caribeños de los siglos XVII y XVIII, incluso en la primera mitad del siglo XIX esta práctica perduró, hasta que la intensificación del trabajo en las plantaciones cañeras terminó por eliminarla.

Pero estos conucos solo aliviaron el problema  de  la alimentación diaria,  no lo solucionaron del todo ya que el hacendado tuvo que ingeniárselas para  garantizar las proteínas animales que diariamente consumía en grandes cantidades la dotación de cada ingenio. Y no solo hablemos de la carne consumida, sino también  de las ropas, medicamentos y otros enceres para la producción, que necesariamente tenían que ser adquiridos en los mercados de la ciudad o poblaciones vecinales, compras que obligaron al hacendado  a comprometerse con crecidas  y continuas solicitudes de dinero a crédito a sus refaccionistas para pagar a los  comerciantes que garantizaban sus necesidades.

Moreno demostró en su mencionada obra  que en el siglo XIX , los  refaccionistas y comerciantes abastecedores de ingenios eran las mismas personas, es decir, en gran medida con  préstamos del capital comercial se hacían las zafras y las deudas se pagaban casi en su totalidad con el azúcar producida cada año, realidad que pudiéramos trasladar a los siglos anteriores, solo que la solicitud del volumen de créditos era de menor monta; ello es otra evidencia de que los ingenios de Cuba no lograron nunca una verdadera autosuficiencia pues debieron acudir al mercado no solo a buscar alimentos que complementaran la dieta esclava, sino capitales para la reinversión y además para la compra de  mano de obra, ya sea  para reposición por muertes  o para el  crecimiento de  sus dotaciones.

La revisión de un gran número de fuentes primarias, y una enorme papelería contenida en diferentes fondos de los archivos españoles de Indias y Simancas,  me permiten afirmar que algunas cuestiones aproximadas como verdades relativas en la obra de Moreno y repetidas acríticamente por un importante número de historiadores contemporáneos,  deben comenzar a  matizarse  a raíz de nuevas fuentes, datos seriados y evidencias objetivas, reflejadas en la documentación que generó cada ingenio pre-plantacionista , por diferentes razones.

Mis conclusiones, después de acumular información para más de 320 ingenios que operaron en La Habana entre 1690 y 1790, y que puede consultarse en la Base de Datos titulada: Ingenios habaneros del siglo XVIII, son las siguientes: 

Si alguna vez los ingenios cubanos fueron autosuficientes, debió ser en una etapa muy temprana de la producción del dulce, cuando el cultivo de la caña y la producción de mieles y raspadura estaban contenidos en la producción mixta de algunas haciendas y estancias, para el consumo de sus dueños. Pero cuando el ingenio aparece como unidad productiva independiente, con identidad propia, y con una producción destinada fundamentalmente a la exportación y al venta en las ciudades; la posibilidad de asumir todas las necesidades que demanda su ritmo productivo y su fuerza de trabajo se reducen, y una parte de esos requerimientos imprescindibles tienen que adquirirse fuera de sus fronteras. Desde entonces dejan de ser autosuficientes para convertirse en células productivas dependientes del  mercado y la refacción.

Imagen: La Jiribilla

Es importante precisar que los conucos de autoconsumo cultivados por los esclavos de los ingenios no lograron en ninguna época, ya sea preplantacionista o plantacionista, suplir totalmente las necesidades alimenticias de las dotaciones, y solo aliviaron al dueño en la compra de algunos productos agrarios, específicamente legumbres, frutas y viandas que complementaban la dieta esclava de cada día,  y que tenía como base esencial la proteína animal, no producida en los ingenios.  

Así por ejemplo, en la documentación protocolizada de varias unidades azucareras aparecen en sus “Cuentas de Gastos y Aprovechamientos” una  información muy interesante sobre lo que los dueños de ingenios, o en su lugar los mayorales o administradores, se veían obligados a comprar fuera de las haciendas para la alimentación de las dotaciones, e incluso, para la realización de las zafras, lo cual corrobora mi afirmación y abre todo un cuestionamiento sobre la tesis historiográfica establecida por Moreno Fraginals  que afirma categóricamente que los ingenios pre-plantacionistas de Cuba eran células autosuficientes; ya que estos datos, hasta ahora inéditos confirman que, aunque estas unidades funcionaban en la práctica como haciendas mixtas, en que se producía azúcar junto a una variada gama de alimentos; dichas cosechas, realizadas en conucos,  no alcanzaban a cubrir todas las necesidades alimenticias de su población productiva, especialmente la proteica.

Un hecho importante que puede comprobarse en esta  documentación es que más del 55% de los alimentos consumidos por la fuerza de trabajo, tanto libre como esclava, dentro del ingenio,  se compraba en los mercados de la ciudad con dinero generalmente solicitado a crédito a los comerciantes que negociaban sus azucares. También toda la ropa de la dotación y  los insumos e instrumental productivo se adquirían en los mercados urbanos, bajo las garantías y préstamos de los refaccionistas.

Precisamente, uno de los alimentos más demandados para las dotaciones de esclavos, la carne, ya fuera fresca o salada, era por lo general obtenido fuera del ingenio, debiendo ser comprada en las haciendas ganaderas vecinas o en la ciudad, y su precio variaba de acuerdo a su calidad. Cada esclavo consumía aproximadamente dos libras diarias de carne fresca de vaca o en su defecto carne salada conocida como tasajo, así que eso supone un volumen importante  de compra realizada fuera de las fronteras de la propiedad azucarera, pues la monótona dieta esclava incluía carne en los almuerzos y las comidas como condición para que soportase con fortaleza las duras faenas en los campos de caña y la manufactura del dulce. 

Después de consultar gran número de tasaciones e inventarios de ingenios, la información contenida en ellos demuestra que no fue una práctica común la existencia de potreros de crianza dentro de las unidades azucareras3, más bien, los pocos existentes fueron excepciones. Es posible que algunos autores, especialmente Moreno Fraginals, hayan confundido la existencia de potreros, corrales o pequeños establos en los que se guardaba, refrescaba y alimentaba el ganado adquirido para las diversas funciones productivas del ingenio, con potreros de crianza; pero de ser así, el ganado reportado en las tasaciones e inventarios debía ser mucho mayor en cantidad al usado en las labores del ingenio, incluso tendrían que aparecer mencionados los pie de crías, los terneros, los cerdos, las gallinas y otros animales de corral. En la práctica, los inventarios solo dan fe del número de las yuntas de bueyes de carretas y trapiches, y de las mulas y algunos caballos existentes en estas unidades, todos animales de carga y tiro. Es importante precisar que en  la dieta de las dotaciones no se acostumbraba a integrar ni carne de aves, ni de conejo, ni de ovejas, ni carneros (animales de corral), solo tasajo, carne fresca de vaca y algún pescado, fresco o salado, especialmente el bacalao adquirido en las ferias de la ciudad o directamente en el puerto, para fines del siglo XVIII hay algunos reportes de carne de cerdo en esta dieta esclava, pero son solo evidencias muy contadas, lo cual confirma la regla del consumo de carne vacuna.

Diferentes datos extraídos de documentos protocolizados en La Habana, muestran cómo los dueños de ingenios negociaron la compra de alimentos, principalmente de carne de vaca (fresca y salada), para sus dotaciones, entre 1680 y 1792, así por ejemplo:

En 1708, Dña. Luisa de Urabarro, viuda del Gobernador Don Francisco Blanco y heredera del ingenio San Antonio, compró 182 arrobas y 21 libras de carne entre salada y fresca, por un valor total de 202 pesos de a 8 reales, y 26 fanegas de arroz por 58 pesos, para la alimentación de su dotación, compuesta por 24 negros y la de su  mayoral y carpintero, trabajadores libres, contratados en el ingenio. La documentación aclara  que a los trabajadores libres contratados se les rebajaría de sus jornales el valor de los alimentos consumidos, con la excepción del mayoral cuyo alimento y casa corrían por cuenta del propietario del ingenio.

Para confirmarnos que estas compras no eran casuales, sino una práctica, una nueva escritura, ahora de  1709, advierte que la misma señora adquirió 163 arrobas y ocho libras de carne entre salada y fresca, por valor de 182 pesos, para el mismo fin, y similar cantidad en 1710 y 1712. También, en estos años, compró en los almacenes de la ciudad, sal, granos, maíz y manteca de cerdo, para complementar la alimentación de sus esclavos y del personal contratado4.

Por su parte, y como  segundo ejemplo, los  señores Miguel Castro Palomino y Nicolás Duarte, propietarios del ingenio San Francisco del Guato, compraron en 1742, para cada mes de zafra, cuatro arrobas de carne fresca de vaca y tres arrobas de tasajo, además de sal, legumbres, arroz, manteca de cerdo, y 14 esquifaciones de cañamazo, para vestir a igual número de esclavos5.

Es importante resaltar que tanto las telas para confeccionar las ropas de los esclavos, como muchas veces la hechura de la mismas debían ser resueltas en la ciudad, y podían ser pagadas con dinero efectivo o con cantidades de azúcar equivalente a los precios. Los esclavos recibían dos esquifaciones  o mudas de ropa anuales, una para el verano y otra para el invierno, y el costo de cada una oscilaba entre los tres y cuatro pesos, de ocho reales de plata. Muchas de estas esquifaciones fueron confeccionadas con cañamazo, tejido parecido a una loneta gorda,  a veces de color crudo y otras a rayas, este tejido resultaba muy resistente y por tanto duradero y era adquirido por lo general en las tiendas y almacenes de la Real Compañía de comercio de La Habana,  donde muchos hacendados azucareros compraban a crédito, en base al pago futuro en azúcar de buena calidad.

Los ejemplos que se han expuesto, seleccionados de forma aleatoria de un amplio  grupo de casos similares, son motivo suficiente para abrir un debate sobre la tesis de autosuficiencia de los ingenios pre-plantacionistas  sostenida por Moreno. Si esto no bastara pudiera sumarse la opinión contraria a la misma, que sin prever este debate actual,  emitió  Agustín Crame, quien en su Discurso sobre el fomento de la Isla de Cuba, de 17656, advierte a la Corona la necesidad de imponer, a la Villa de Puerto Príncipe, que abastezca a La Habana anualmente con 25 o 30 mil arrobas de carne salada, para suplir las necesidades de los dueños de ingenios y esclavos, garantizando así la producción de azucares; o en su defecto, autorizar que se establecieran pesquerías, imitando a las colonias extranjeras, que mantenían con ello a sus dotaciones, como una vía de reducir los costos de producción en las haciendas azucareras, como también se les llamó. Crame, consciente de las necesidades de los dueños de ingenios de obtener carne barata y en grandes cantidades para el sostenimiento de sus esclavos, propone al Rey una tercera solución alternativa, por si fallaba el mercado interno insular: abrir un nuevo comercio con el continente americano, especialmente con Tuxpán, Tamagría y Tampico, de donde según sus cálculos, los hacendados azucareros de La Habana podrían recibir cada año, a precios muy cómodos, 50 mil arrobas de carne salada, para suplir con ello lo que no pudiera enviar Puerto Príncipe, Remedios y Bayamo, y por su puesto propone que el pago fuera con azucares, lo cual abría una nueva brecha comercial a esta producción.

En la práctica, el crecimiento azucarero que va produciéndose en el occidente de Cuba, condicionó en este período que las llamadas tierras del interior fueran sometidas a reiteradas obligaciones de entregas de ganado a La Habana para cubrir su déficit alimentario y de ganado en pie para mover los trapiches y en general la tracción en los ingenios7. Estas medidas perjudicaron sobremanera a los hacendados centro-orientales, no obstante, estudios regionales de este tipo siguen ausentes, y los problemas agrarios de la región centro oriental de Cuba continúan siendo todo un reto para la historiografía actual, aspecto que acertadamente señalaba Moreno desde El Ingenio.

Como se advierte de los ejemplos anteriores y de la opinión de Crame, tan elevadas demandas anuales de carne salada por parte de la región habanera, demuestran la incapacidad de los ingenios, como unidades económicas, para autoabastecerse de alimentos.

Otras evidencias objetivas que se contraponen al supuesto carácter autosuficiente de los ingenios pre-plantacionistas son las mantenidas y crecientes compras de utensilios de trabajo para la manufactura, me refiero a los llamados cobres menudos y a las piezas de hierro que componen el propio molino; también a los clavos para las cajas de azúcar, a los machetes, a los arados; a las yuntas de bueyes para el trapiche y las carretas; e incluso algo clave para estas unidades, la fuerza de trabajo, que descontada la mínima que se obtenía por reproducción natural en los ingenios con dotaciones mixtas, y alguna libre contratada, el resto, que era la mayoría, tenía que ser adquirida a precio de feria en los enclaves de la factoría del Asiento de negros, o de contrabando a través de tratantes foráneos que arribaban a las costas. El propio alquiler de esclavos para garantizar los cortes de caña en algunos ingenios con escasa dotación, y los trabajadores libres con oficio que se contrataban en la ciudad para la manufactura, también indican las insuficiencias de muchas de estas unidades, en relación a sus supuestas plantillas autosuficientes.

Ahora bien, es importante establecer una diferenciación entre el cuestionado carácter autosuficiente y el carácter autónomo de los ingenios del siglo XVIII. Como ya se ha demostrado, las unidades azucareras de La Habana no lograron su autosuficiencia, pues dependían de la compra de muchos alimentos, ropas, utensilios de trabajo, tecnología, mano de obra; y podría agregarse a esta lista, la dependencia del capital a crédito, casi siempre capital comercial, obtenido a través de los contratos de refacción, que eran los garantes del proceso productivo. Sin embargo, esto no niega cierto carácter autónomo de dichas unidades, en su estatus de células productivas independientes defendido con buen tino por Moreno, y en este caso hay que diferenciar muy bien autonomía productiva de autosuficiencia.

Los ingenios, debido a su condición de complejos agromanufactureros, tenían una estructura productiva que podría considerarse autónoma, pues la materia prima para la elaboración del dulce: la caña, era cultivada en cada unidad y procesada en ella empleando el escaso  instrumental tecnológico en esa época, hasta llegar a obtener el producto básico final, el azúcar, la que muchos dueños comercializaban directamente en el puerto y en las ferias.

Por otra parte, la fuerza de trabajo (dotación esclava) y el personal contratado por el propietario para el control de la propiedad (administrador y mayoral) y otros trabajadores con oficios como el carpintero, herrero, cantero, etc.; compartían, aunque estructurado estamentalmente, un espacio común dentro del ingenio, el llamado batey. En él, se encontraban los bohíos de los esclavos, la casa del administrador y del mayoral, la residencia temporal del hacendado, la cocina colectiva, la enfermería- hospital, la ermita, el tejar y el almacén de comestibles y  de ropa para el personal de la unidad. Esto hizo que esta comunidad de personas, se constituyera en una célula social que operaba en los límites del ingenio, con lo estrictamente necesario para la convivencia, existiendo una autonomía hacia el interior del ingenio para el control y vigilancia de esta fuerza de trabajo; entiéndase que el mayoral, máxima autoridad dentro de la unidad productiva después del hacendado, se movía con autonomía en el tratamiento y control de la dotación y personal contratado

Podría afirmarse entonces que el ingenio pre-plantacionista  tuvo cierto carácter autónomo y polivalente, porque funcionó como unidad económica con todos los requerimientos productivos:  poseía la tierra para el cultivo de la caña, la manufactura para la elaboración del dulce, los bosquecillos interiores para extraer la leña que servía de fuente energética para sus fornallas, y la caña, es decir la materia prima fundamental para la elaboración de su producto básico final,  el azúcar. Además lograba realizar internamente producciones adicionales favorecedoras al proceso productivo principal como la fabricación de tejas para las casas o fábricas, hormas de barro para la purga, lejías, cal, e incluso la producción de algunos alimentos en los conucos de subsistencia como: legumbres, boniato, yuca, maíz, plátanos y algunas frutas;  para aminorar los costos en el mantenimiento de las dotaciones.

Por tanto, en los ingenios, se abría y se cerraba el ciclo productivo del dulce, lo cual convirtió a cada unidad azucarera, al decir de Lloyd Best y Kari Levitt, y también de Moreno,  en una “institución  productiva total; islas autónomas en el proceso de elaboración de azucares”8. Sin embargo, esta autonomía en la producción, no implicó que los ingenios se constituyeran en células cerradas, ni autosuficientes, pues como ya se ha explicado, sus relaciones con el exterior, más allá de las fronteras de la hacienda, para conseguir los insumos y los productos alimentarios que se requerían, la comercialización de su producción, y la compra de la fuerza de trabajo, además de la negociación de los capitales para la refacción con particulares, impusieron a las unidades azucareras una dinámica y  un carácter muy diferente, en función de alcanzar un modelo agroexportador, que estuvo explicito en el renglón azucarero prácticamente desde su propio nacimiento.

Por todo lo expuesto, considero que los ingenios de Cuba, en ningún período histórico pueden ser definidos como células cerradas, monoproductoras y autosuficientes, pues casi todos funcionaron más como haciendas mixtas que como verdaderas plantaciones puras al estilo de las de Barbados o Martinica.  

 

Ponencia presentada en el taller La historia como arma. En el 50 aniversario de “El Ingenio”, de Manuel Moreno Fraginals  celebrado del 14 al 16 de octubre en la sede del Instituto Cubano de Investigación CulturalJuan Marinello”, La Habana.
 
Notas
1. Manuel Moreno Fraginals. El Ingenio. Ciencias sociales. La Habana. 1978. Tomo I, página 63 y 202.
2. Malawi, Akhil. “Historical Roots of Explotation Structures in the Caribbean”. En: Nordic Jornal of Latin American Studies. Institute of Latin American Studies, Stockholm. 1995, Vol XXV; 1-2. P. 62-63.
3. Ídem. El autor afirma en la pagina 63: “Los trabajadores, esclavos y libres, comieron maíz, tubérculos, y carnes de las siembras y crías de la propia finca azucarera....”.
4. ANC. Fondo: Protocolos Notariales de La Habana. Escribanía: Fornaris. Año: 1712. Folios: 561-565 v.
5. Ídem, Año: 1742, los folios aparecen ilegibles y rotos.
6. AGI. Fondo. Santo Domingo. Legajo 1157.
7. AGI. Santo Domingo. Leg.1157.  Ver en este legajo el expediente titulado: Discurso sobre el fomento de la Isla. Elaborado por el ingeniero militar Agustín Crame, en el que hace una radiografía de la economía colonial y además elabora algunas propuestas para solucionar los serios problemas existentes con los abastecimientos alimentarios en la región occidental.
8. Lloyd Best y Kari Levitt. Un Modelo de Economía de Plantación Pura.. Universidad de Mc Gill, Montreal, Canadá. 1968. Separata de la Conferencia pronunciada por ambos profesores en las Universidades de La Habana y de Oriente, marzo de 1999, p.p 2.
 
Fuentes consultadas
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  2. Archivo Museo Histórico de la Ciudad - AHMC (La Habana- Cuba) Fondo: Actas Capitulares de La Habana. Libros correspondientes a los Siglos XVII y XVIII.
Fondo: Protocolos Notariales de La Habana.
Fondo: Anotaduría de Hipoteca.
Fondo: Escribanía de Varios.
Fondo: Bienes del estado.
  1. Biblioteca Nacional José Martí – BNJM (La Habana).Colección de Manuscrito de Pérez Beato
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  2. Craton, Michael.Worthy Park, 1670–1972: “Cambios y continuaciones en el sistema jamaiquino de plantación azucarera”. En: Latin America Studies #45. Plantaciones, Empresarios, indios y Estado. Compiladores: Cristina Torales y Arij Ouwencel. CEDLA, Holanda, 1988. Pág. 580–582.
  3. Colectivo de autores. Historia y tecnología del azúcar. Ed. Centro de estudios de historia del Atlántico. Madeiras, 2000.
  4. Boletín del Archivo Nacional de Cuba, “Correspondencia de Caxigal al Marqués de la Ensenada”,   1915. Págs. 263- 267.
  5. De la Fuente, Alejandro. “Los ingenios habaneros del siglo XVII: Estructura y fuerza de trabajo”. En: Revista de Historia Económica, Año IX, Invierno Barcelona, 1991.
  6. Del Valle Hernández, Antonio. Sucinta noticia de la situación presente de esta colonia. 1800. La Habana, 1977. Pág. 78.
  7. Ely, Roland T. Cuando reinaba su majestad el Azúcar. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 1963.
  8. Tornero Tinajero, Pablo. Crecimiento económico y Transformaciones sociales: Esclavos, hacendados y comerciantes en la Cuba colonial: 1760-1840. Editado por el Ministerio de Trabajo y seguridad Social, Madrid, 1996.
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