Ganas de tatoo-arte

Aracelys Avilés Suárez • Holguin, Cuba

Eran alrededor de las dos de la tarde cuando los tatuadores comenzaron a delimitar su espacio con una cuerda en medio del Centro de Arte de Holguín. El recuadro, muy parecido a un ring de boxeo, no sobrepasa los tres metros cuadrados y es ideal para mantener a raya a los espectadores, a los curiosos —que no son pocos— y permite, por tanto, una mejor claridad y concentración a los artistas que laboran allí dentro.

Es el primer día de uno de los festivales de rock más reconocidos en Cuba, Metal HG, y en la azotea de la instalación —lo que se conoce como el Caligari— se preparan las condiciones para el concierto nocturno. Mientras, y poco a poco, en la sala principal del centro de arte se han ido aglomerando los muchachos que siempre espero ver en estos sitios: tatuados, con pelo largo los tradicionales, calvos o con pelados exóticos los modernos, y en negro, la mayoría, tanto que una muchacha con pulóver amarillo desentona al grado de hacerme recordar aquella exageración de Cortázar: “como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart”.

¿Por qué se tatúa la gente? ¿Para perpetuar un acto de rebeldía? A veces me parece que es un escudo, un manifiesto, la exteriorización de un sentimiento, pero es solo lo que yo creo, o es quizá la razón por la que hace unos años vine a un lugar como este con la intención de hacerme una marca, aunque no tenía idea de cuál sería el dibujo, ni quién me iba a “picar”.

Se supone que uno deba buscar algo muy trascendental para pegarse en la piel, para toda la vida, pero yo quería, y aún esa filosofía me parece válida, un dibujo que no tuviera nada que ver conmigo, como si la marca me escogiera a mí y no al revés, y que luego, ella misma me develara su significado, o yo trataría con mis vivencias de encontrarle alguno.

Recuerdo que entonces el “ring de boxeo” estaba en el Mestre, un lugar legendario para los seguidores del rock and roll en la ciudad. Llegué ansiosa, tanteando el terreno. Un amigo me dijo “dicen que aquel es el mejor” y le clavé los ojos a un gordito, que tenía entre manos al vocalista de una de las bandas invitadas al Rockmerías de ese año. Luego supe que el tatuador era de Cárdenas y también supe su nombre, pero lo olvidé.

Me paré a mirar, y poco a poco me fui escurriendo hasta que quedé sentada frente a él y su máquina. “Mira, quiero esto”, le enseñé un papel de un dibujo que un estudiante de artes plásticas me había hecho hacía unos minutos. “Eso queda mejor así” y me empezó a pintar la piel. “No importa lo que sea, solo que se vea bien y que no tenga que ver conmigo”, pensé y me dejé llevar, primero por la pluma y después por la aguja rajando e inyectando tinta en mi piel. Ahí mismo lo comprobé, sentí que estaba haciendo algo trascendental, estaba eufórica y mientras soportaba que me magullaran la pierna, pensé que todo el mundo debería sentir esto.

No es la cicatriz de un accidente, un golpe, una operación, no es producto del azar, no es lo que quieren otros, un tatuaje es una marca por decisión propia y es, por tanto, una extensión de tu voluntad, tu carácter, tus vivencias, tus sentimientos, de quién eres, es como salirse de uno mismo, y empezar a desbordarse.

Hay historias muy locas relacionadas con los tatuajes como aquella de un alemán que por ganarse un carro se tatuó la palabra “mini” en sus órganos genitales, o la de otros 40 que perpetuaron en su antebrazo el nombre del burdel Pascha, uno de los más grandes de Europa, para obtener entrada libre de por vida al local, porque así lo pedían los dueños.

No menos llamativa es la historia de Matt, un hombre que de niño pasó mucho tiempo hospitalizado y que de adulto y en agradecimiento a sus médicos, se grabó un estetoscopio en el muslo, un otoscopio en la pantorrilla, y una radiografía en la pelvis.

Las razones pueden ser muchas, pero casi siempre supone una transformación, para mí, y así lo exhibo.

Me he vuelto a acercar al ring de boxeo, esta vez sin ganas de levantar la cuerda para transgredir el espacio de los artistas. Son cuatro los que esta vez participan de la convocatoria que lanzó la AHS. Miro a mi alrededor y me fijo en que casi todos los que me rodean tienen al menos una figura tatuada en los brazos, la espalda y el pecho, quizá alguno de ellos también vino aquí un día, hace muchos años, para que —con rebaja de precios— y aprovechando la oportunidad de hacer de este un acto público, le tatuaran el cuerpo.

Lo más probable sea, entonces, que sentimentalmente estén ligados a este lugar, a este cuadro que se arma y se desarma cada vez que llega un evento de rock a la ciudad de los parques, a ese ruidito que taladra los oídos y la piel, a ese dolor que evocamos, que más allá de los conciertos, las conferencias y los intercambios teóricos, es también parte del alma de todo el espectáculo y parte de nuestra decisión de acercarnos al género y al mundo que propone.

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