El azul pálido del cielo

Yonnier Torres Rodríguez • Villa Clara, Cuba

El viento mecía las hojas de la mata de almendras en el portal. El calor ofrecía una tregua, era una mañana fresca en medio del verano.

Katia fue la primera en despertar.

Miró a través de la ventana. La vista desde su cuarto era triste: un campo yerto detrás de la casa, montones de tierra apisonada, hierba seca como espinas y algunas rocas blancas sobre las que se trepaban, a cada rato, los hurones.

Se calzó las chancletas, fue hasta el armario. Allí estaba su mochila, preparada desde el día anterior, su oso de peluche y las raquetas del tennis. Puso el equipaje en la sala, sobre el sofá de cuero. Despertó a su hermano Vania y le dijo que ya había amanecido, que debía recoger todas sus cosas.

El hermano tardó en salir de la cama. Caminó hasta el baño, abrió la llave del grifo y le dijo a Katia:

Despierta a mamá para que prepare el desayuno, si llegamos temprano, mejor.

Café con leche y tostadas con mantequilla, dijo Ana. Vengan pronto, que se enfría.

Iván desplegó el periódico.

Los niños se acomodaron sobre la mesa, compitieron para ver quién desayunaba más rápido. Vania fue el vencedor y corrió por toda la sala con las manos extendidas, dijo que desayunar rápido era el primer paso para convertirse en un buen aviador de la Armada.

Iván cerró el periódico, le dijo que se dejara de tonterías, que en esa casa nadie más sería aviador, mientras Ana se refugiaba en los bordados del mantel y recogía con la palma de la mano algunas migajas desperdigadas sobre la tela blanca.

Con esfuerzo lograron colocar todo el equipaje en el maletero del auto.

Para solo una semana en el balneario cargamos con muchas cosas, dijo Iván.

Encendió el motor, comprobó el nivel del combustible y anunció que ya todo estaba listo para partir.

Vania recogió sus manos extendidas y entró al asiento trasero.

Katia abrazó su oso de peluche.

Ana retocó su peinado frente al espejo retrovisor, mientras el calor ofrecía una tregua y con lástima, miraba a la familia feliz.

La calle estaba despejada. Desde que terminó la guerra, el tráfico por la zona norte había disminuido. Sin embargo aún se mantenían inalterables los puntos de control. A cada rato, junto a la carretera, se podía ver un jeep verde y algunos soldados bajo el sol implacable del mediodía.

Ana sintonizó una emisora donde trasmitían algunas noticias.

En la lechería número quince había ocurrido un hecho extraordinario. La vaca Madreselva rompió el récord de litros de leche en el día. El director estaba sorprendido, dijo nunca haber imaginado algo así, sobre todo en Madreselva, que siempre había sido una vaca del montón.

A las noticias le sucedió un tiempo musical. Katia adoraba la música, acomodó al oso de peluche sobre sus piernas y lo hizo bailar, le movía las piernas, los brazos.

Vania permanecía en silencio, no le gustaba que lo mandaran a esto o aquello, de grande quería ser aviador, no le importaba que su hermano hubiera muerto en la guerra, al estrellarse contra una torre de trasmisiones.

Después de cruzar el puente, la carretera hacia el balneario se volvió estrecha. Iván redujo la velocidad, se concentró en el volante. Al cruzarse con un carro de la senda contraria debía tomar la orilla, detener la marcha y darle prioridad a los que ya estaban de vuelta.

Durante todo ese tramo solo se cruzó con dos camiones de soldados, que según comentó Ana, debieron ser los últimos en regresar del frente. Aún traían los cascos, los fusiles y la mirada acuosa, tan acuosa como solo la puede tener un soldado que regresa del frente.

El área estrecha del camino le dio paso al pedraplén. A ambos lados de la carretera las olas se hacían pedazos contra las rocas. Una fila de pájaros volaba en línea recta sobre el agua. Ana le dijo a los chicos que miraran los pájaros y comenzaron las preguntas:

¿Por qué el mar es azul?

¿Quiénes construyeron el pedraplén?

¿A dónde van los peces cuando se hace de noche?

¿Por qué no puedo ser un aviador de la Armada?

El balneario estaba casi vacío. Con la guerra la gente pierde la costumbre de tomar vacaciones. Iván pidió la oferta más barata, no necesitaba una habitación de lujo con ventanas de cristal, alfombras rojas, espejos en el techo y vistas hacia el muelle de madera.

Katia se colgó la mochila en los hombros y le prometió al oso de peluche que en cuanto desempacaran lo llevaría a la playa, mientras tanto podría bailar un rato con la música que ponían en el bar junto a la piscina. Fue la primera en subir las escaleras y encontrar la habitación.

Vania se había quedado atrás, extendía sus brazos y planeaba sobre los escalones.

Ana dijo que no se fueran lejos. Acomodó la tumbona en la arena y con las gafas de sol puestas miró el azul pálido del cielo.

Iván caminó un rato sobre el muelle, se sentó en la punta y hundió los pies en el agua. Un Mig 5 sobrevoló dejando en el cielo una estela de humo. Todos miraron hacia arriba, sobre todo Vania, que había terminado sus ejercicios de inmersión.

Un aviador debe aguantar lo menos quince segundos bajo el agua, les decía a Katia y al oso de peluche, que se encargaban de contar desde la orilla.

Los días fueron apacibles, tan apacibles como solo pueden ser los días en un balneario. El calor extendió su tregua, se entretuvo estudiando el comportamiento de una familia feliz, tan feliz como solo lo puede ser una familia que sale de vacaciones después de un duro período de guerra.

En el viaje de regreso se cruzaron con varios autos familiares que se dirigían a la zona de la playa. Al parecer la gente había comenzado a perder el miedo.

Katia iba dormida, el oso de peluche también. Por la radio daban el parte de noticias.

En la lechería número doce había ocurrido un hecho extraordinario. La vaca Tierra Verde rompió el récord de litros de leche en un día. El director estaba sorprendido, dijo nunca haber imaginado algo así, sobre todo en Tierra Verde, que siempre había sido una vaca del montón.

Ana fue hacia el cuarto, comenzó a desempacar, abrió las puertas y ventiló la habitación.

El calor había regresado con una fuerza brutal.

Katia guardó el oso de peluche en el armario, las raquetas del tennis, y se asomó a la ventana. Los hurones, desde lo alto de las rocas blancas, se atrevieron a mirarla.

Iván reunió todos los diarios que habían dejado en el buzón. Leyó las páginas de deportes, las económicas y los reportajes especiales.

Las tropas enemigas se retiraron definitivamente, dijo en voz alta; pero nadie lo pudo oír. Un Mig 5 rompió la barrera del sonido, sobrevoló el cielo con los brazos extendidos y una sonrisa amarga en el rostro.

 

Ficha: Yonnier Torres Rodríguez. (Placetas, Villa Clara, 1981).Sociólogo, narrador. Egresado del XI Curso de Técnicas Narrativas del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido entre otros premios: Premio Nacional de NarrativaFélix Pita Rodríguez” 2011; Premio Nacional de Ciencia Ficción “Luis Rogelio Nogueras” 2010; Premio Calendario de Narrativa 2011 y Premio Nacional de Novela “Fernandina de Jagua” 2011. Ha publicado los libros de cuentos: Delicados procesos (Extramuros, 2011), Elementos comunes” (Unicornio, 2011), Esto funciona como una caja cerrada (Abril, 2011) y la novela Clavar los ojos al cielo (Mecenas, 2012). Cuentos suyos aparecen publicados en revistas y antologías cubanas y extranjeras. Es miembro de la AHS.

Comentarios

Sería sumamente interesante poder leer el resto de los comentarios que escriben para valorar las ideas que sopesan los demás receptores.Imparto la asignatura PILE, en la Facultad de Ciencias Pedagógicas de Matanzas, y desde que leí este cuento pensé enviarlo a mis estudiantes de la carrera Lengua Inglesa y Pedag- Psicología, para que comenten sus lecturas desde los elementos o factores que intervienen en el acto de comunicación. Este cuento pone a los receptores en una postura valorativa, pues el referente, Euopa deaspués de la Segunda Guerra Mundial, no se define explícitamente sino por algunos elementos que lo sugieren, una de las actividades que he orientado a mis estudiantes es dejar los comentarios del cuento desde este espacio para la socialización de estas lecturas compartidas que nos ayudan a crecer para bien. Un placer.

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