Literatura

Acerca del poemario La Habana que se fue

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

La Editorial Extramuros, con su director, Arnaldo Muñoz Viquillón, a cargo de la edición de un precioso libro de poemas, se viste de gala y rinde homenaje a la llamada “ciudad cortesana del sol” por Jorge Mañach en fecha tan lejana como 1926. Con ilustraciones del conocido dibujante Evelio Toledo, que recrean fachadas coloniales con el buen gusto que ya hemos apreciado en libros anteriores, hace su entrada triunfal en nuestro panorama literario la habanera Cecilia León García, radicada en España. Estomatóloga de profesión, la autora de La Habana que se fue, ha incursionado antes en la poesía, y ha sido publicada fuera de nuestras fronteras. Este mismo libro que hoy reseñamos, vio la luz anteriormente, en 2010, en la ciudad donde Cecilia vive desde hace varios años: Madrid.

Plagado de una fuerte carga emotiva, el poemario traduce las angustias de la autora, quien no vacila en declarar la dicotomía existencial de su doble condición de foránea en ciudades donde intenta convivir: “Allá soy española, aquí cubana. Ya no sé si señora o concubina. Una noche Madrid, otra la Habana”, nos dice sin miramientos. El libro, aunque no se limita a ello, muestra varias confesiones como una larga melodía, cuyos decibeles oscilan entre la alegría criolla (“necesito quitar el pie del freno, y abrasarme la piel con una rumba; Tus piernas son bongó, guitarra y güira”) y el profundo dolor de la añoranza.

La necesidad de evocar La Habana, casi convertida en fuente exclusiva para la motivación de la autora, produce versos de un lirismo y de una belleza que mucho se agradecen. Utilizando el lenguaje clásico de los sonetos (infrecuentes actualmente) transmite no solo sentimientos, sino paisajes, sitios: “Si alguna noche de lluvia y sobresalto, añoras las pupilas asustadas de una niña de trenzas apretadas, que imaginaba mares en tu asfalto. Con certeza estaré en ese momento estallando del mal que me contagia. Sentirás entre tus muros mi lamento, cuando esté moribunda de nostalgia. Por ahora sobrevivo en el intento de crecer alejada de tu magia”.

Si tenemos en cuenta que la poeta vive fuera de Cuba, cabría preguntarse si es  La Habana o si es ella, Cecilia León, quien no está. ¿Se fue, acaso, La Habana, o se fue quien ahora nos dice ―o mejor, le dice a la ciudad―: “No pienses que al marcharme te abandono”? Creo adivinar que la respuesta no está en el viento, sino precisamente en las páginas de este poemario. Es obvio que quien escribe estos versos no vive de forma permanente en el sitio geográfico donde nació, y con quien dialoga con la misma naturalidad que emplearían dos viejas amigas: “no tengo otra salida, no me verás aquí, pero me quedo. Contigo quedan treinta años de mi vida, los secretos que revelar no puedo, mis dudas, mis amores, mis heridas, mi insensatez, mi rebeldía, mi miedo”.

Curiosamente, para nosotros, también hay cierta Habana que ya no está, porque ni siquiera somos los mismos. En otras palabras, es sabido que el hecho de vivir implica pérdidas que se conjugan con ganancias, sin que nada ni nadie permanezcan estáticos. No es la ciudad la que se ha ido, como dice el sugerente título, sino su Habana, la de la niñez de la escritora. Y ella misma, al no estar de cuerpo presente, mantiene un vínculo esencial, orgánico, casi visceral con el sitio que se empeña en conservar intacto. Quizá el poema “Victoria”[1] refleje con elocuencia este afán de su memoria: “Las chancletas de palo de Victoria, con andares de mar embravecido, despertando las aceras con su euforia, son dos gotas de nostalgia en cada oído, que en lo absurdo de esta ausencia obligatoria, plantan cara a la amargura que he parido”.

El amor por La Habana, que es también el cariño hacia el pasado, hacia la niñez, hacia los abuelos, es utilizado por Cecilia León como  resorte que le permite mostrar el orgullo de pertenecer a una tierra peculiar en todo sentido. “No hay más patria que la infancia”, dijo el gran poeta Rilke, y a esa patria, que es, por supuesto, también su pasado, rinde hermoso tributo esta cubana que se niega a desdeñar sus bases raigales. Para el público lector residente en la Isla, será de gran satisfacción encontrarse en los 28 poemas que, a modo de ramillete, nos regala hoy Cecilia, aclarándonos (aunque no hace falta) que son hijos de La Habana y que por ellos pasan personajes, rincones, costumbres y vibraciones habaneras. Agradecemos no solo la intensa lucidez de la poeta, sino la afortunada publicación que asumió Extramuros.   

 

Nota:
[1] Cecilia León. La Habana que se fue. Editorial Extramuros. La Habana, 2014, p.p 11.

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