Las amistades peligrosas:

Una historia de sombras en un siglo de luces

Eduardo Mora Basart • La Habana, Cuba

 “…Toda la educación de las mujeres
debe ser relativa a los hombres.
Complacerlos, serles útiles,
hacerse amar y honrar por ellos…”

Choderlos de Laclos

El 16 de marzo de 1782 Pierre-Ambroise-François Choderlos de Laclos  firmó un contrato por valor de 1600 francos para la edición de 2 mil  ejemplares de su novela epistolar Las Amistades Peligrosas (Les Liaisons dangereuses).[1]  Bastaron sólo días para que su éxito editorial  condicionara la reedición de un número similar de ejemplares. 

A través de un juego epistolar trazado con meridiana coherencia —donde lo confidencial se hace público—, Laclos nos sumerge en una historia guiada por dos de los personajes más brillantes de la literatura universal: la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont. La indecorosa propuesta de la marquesa al vizconde, para que seduzca a la Presidenta de Tourvel —descrita como la más virtuosa de las mujeres—, nos inserta en un escenario lúdico donde la marquesa promete premiar al vizconde —su ex-amante— con una noche plagada de placer. Esta es la intriga que desencadena la trama, a la que se sumarán figuras como Cecilia Volantes —uno de los objetos de la seducción del vizconde— o el caballero Danceny —símbolo de impotencia.

Seducción y conquista, destrucción física y psicológica, unido a furibundas luchas por el poder, la inscriben como una  de las más fascinantes obras epistolares en la historia de la literatura universal y a su autor —junto al Marqués de Sade— como al más brillante de los cronistas en el último cuarto del siglo XVIII francés. Aunque Laclos soñó con que esta obra suscitara “algo de revuelo en el mundo incluso después de mí —su  muerte”, quizá nunca presagió que lo elevara hasta la cumbre literaria universal.

La ambición por el poder y la decadencia social carcomen a Francia en los años que anteceden a la Revolución de 1789. Allí impera el libertinismo, no solo como doctrina sino como práctica. Las amistades peligrosas delinea con meridiana claridad los puntos reseñados por los libertinos —elección, seducción, entrega y ruptura. El pensamiento de enciclopedistas e iluministas había cercenado la fuerza política de la iglesia, incapaz de oponerse a la subversión de la fe y la moral religiosas, imposibilitada de frenar el empuje de los nuevos héroes de la maldad. Los salones del Palacio de Versalles muestran sin el menor de los pruritos los amoríos de Luis XV por Madame Pompadou y Madame Stael, los constantes cotilleos sobre las relaciones lésbicas de María Antonieta de Austria, mientras las pinturas de François Boucher y Jean-Honoré Fragonard, devienen fieles exponentes del libertinismo de la época.

Esa es la atmósfera en que se desarrolla Las amistades peligrosas. Un genuino fresco sobre una clase monárquica ávida de dinero para saciar sus antojos, en momentos donde la burguesía demanda reformas raigales. La mujer está predestinada a vivir enclaustrada y las rejas no las impone el matrimonio, sino la sociedad.  

En una sentencia de visos lapidarios el escritor francés subrayó:

“¡Oh, mujeres! Acercaos y acudid a oírme. Que vuestra curiosidad, dirigida por una vez hacia objetos útiles, contemple las ventajas que os dio la naturaleza y que la sociedad os arrebató. Acudid a saber cómo de compañeras naturales del hombre llegasteis a ser esclavas; cómo, caídas en ese abyecto estado, llegasteis a complaceros en él y considerarle vuestro estado natural (…) no esperéis ayuda de los hombres autores de vuestros males (…) Aprended que sólo se sale de la esclavitud a través de una gran revolución. ¿Esta es posible? Vosotras debéis decirlo, ya que depende exclusivamente de vuestro valor. ¿Es verosímil? Me callo sobre este punto…” .[2]

Los conflictos de Las amistades peligrosas no solo expresan una antinomia hombre-mujer, sino hombre-hombre, plasmadas con total impunidad por personajes que se mueven entre el amor, los celos, la seducción, la poligamia, la deshonra, la prostitución, la impotencia, el adulterio, la violación y la depravación.[3]

El libro expresa la decadencia de una sociedad donde imperan la deshonestidad y la corrupción, condenada a ser sepultada por la historia. Según sentencia Malraux en el prefacio a la edición de 1939, Laclos tuvo la grandeza de delinear un escenario gobernado por la “arquitectura de la mentira” y donde — como asegura la Condesa de Merteuil en la carta LXXXI—, sólo hay una elección: "vencer o perecer".[4]

Las amistades peligrosas, se erige como monumento literario en un siglo que sobresale por sus análisis críticos y el predominio de un discurso didáctico. Baudelaire subrayó: “si este libro quema, debe quemar como el hielo”, pues  sus personajes  "desarrollan actos premeditados, en función de una concepción general de la vida".[5]

 

Notas:
[1] La obra está a la venta en la red de librerías del país,  publicada por la editorial Arte y Literatura,  prologada por el escritor cubano Ernesto López Chang.
[2] Las amistades peligrosas. Tratado de Supervivencia. www/desesperada.org/las-amistades-peligrosas-estrategias-de-supervivencia.
[3] La novela fue objeto de furibundas críticas después de la muerte de su autor en 1803, llegando a prohibirse en 1824 junto a obras como Cartas de la monja portuguesa de Mariana Alcoforado y a otros autores del siglo XVIII francés entre ellos Voltaire y Rosseau.
[4] Cinco años después de publicada la novela —1787— se constituye en Francia la denominada Sociedad Femenina de Amigas del País, lo cual desata un gran revuelo en círculos conservadores. La mujer va alcanzando poco a poco progresos y participación en la  vida pública. Posteriormente demanda su acceso a la educación en igualdad de derechos que los hombres.
[5] Cita de André Malraux en el prólogo de la edición francesa de 1939 de Las amistades peligrosas.

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