Desde el monte las yagrumas hasta el país
del olvido y los recuerdos

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Este es un libro singular, entendida su singularidad en lo novedoso, atípico, original y promisorio. Un libro como pocos que alguien haya leído alguna vez, con reminiscencias y voces lejanas, pero a la vez con un aire fresco que lo trae hasta nosotros, luego de casi tres décadas de haber dormido en la ineditez —cual bella durmiente hechizada por un mal (o benéfico: ¿quién sabe?) sortilegio de conjuro y espera.

Sería imposible contarlo, explicar a alguien de qué trata, como mismo no se puede hablar con exactitud del olor de una flor o el color exacto que tiene el sol cuando se esconde tras el horizonte.

Porque este es de esos libros que alguna vez fueron escritos para leer a solas, en cualquier circunstancia o edad, mientras nos enrumbamos por sus mil y un vericuetos de encantamiento y ensueño y, guiados por sus misteriosos personajes, dejamos que cada predio nos sobrecoja y admire, inermes, contritos, abismados, ante tanta hermosura ilimitada y tanto genio inconcebible, ante tanta situación inesperada y, sobre todo, frente a una inusitada geografía de lo fantástico.

El universo que se nos describe es tan atípico como pudiera serlo el creado por Tove Jansson en su valle de los Mumín; el de la Alicia, de Carroll; la Fantasía de Michael Ende, o los Mundos de tinta, de Cornelia Funke. El aire evocador que conlleva cada pasaje de la historia ―una especie de viaje iniciático en pos de lo intangible y etéreo desde los parajes de la realidad misma― por momentos nos sobrecoge tanto como si revisitáramos los entrañables predios de El principito o el alucinante fresco nocturno en el que un Gran Meaulnes, es recordado con asombro y devoción casi hedonista por su mejor amigo.

Daisy Valls consigue con este libro crear una mitología propia, nada complicada en sus criaturas, pero sí muy rica en la honda simbología que se le atribuye a cada personaje, situación, contingencia o paisaje del hilo argumental. Algo así, pero empleando la técnica de hacer ficción desde algunos seres reales de la literatura y la historia, en una especie de diálogo con flores y otras criaturas, haría también inmejorablemente Emma Artiles con su Ikebana (Premio La Edad de Oro, 1995). Sin embargo, El cuento del tomillar es algo muy diferente, pues el hálito de ensoñación y sentimiento que todo el tiempo le preside, nos pone el alma a recaudo ante lo inevitable y contingente de cada día. Libro sin edad que, como bien le califica en su nota de contracubierta la crítica Vitalina Alfonso, encantará sin duda a todos sus lectores.

Aunque apenas sea recordada en Cuba, Daisy Valls hace dos décadas

sorprendió a la crítica de nuestra literatura infantil y juvenil con un debut literario de los grandes, cuando publicaba en Gente Nueva El monte de las yagrumas, inevitable preludio de esta historia irrepetible, del universo surrealista y mágico que hoy comentamos. Con la magia de los grandes en verdad, cuya literatura nunca envejece sino que es mejor cuanto más añeja, conseguía entonces demostrarnos que se puede escribir de la belleza sin caer en la trivialidad, que es posible revisitar la tradición, sin perderse en el acomodamiento de fórmulas trilladas; también, que la cubanía no resulta un lastre sino un blasón universal nada empobrecedor y que el estilo —esa manera tan sui generis de violar la norma (todas las normas posibles e imposibles) sin caer en el disparate— un autor lo gana en buena lid leyendo mucho, estableciendo correlaciones con sus contemporáneos y, sin imitarles un ápice ni revisitarlos, vibrar al unísono con ellos o con su obra guiarlos por nuevos derroteros literarios.

El libro que trae la colección Veintiuno —pensada para divulgar lo mejor de la literatura contemporánea cubana y extranjera, sobre todo apostando a temas difíciles y a novedad en forma y contenido del discurso narrativo—, aunque fuera escrito hace ya casi tres décadas, anticipaba muchas de las modas y modos que hoy otras voces muestran en nuestro abigarrado y cambiante panorama literario, panorama que por demás se ve enriquecido por el quehacer de numerosos autores jóvenes que llegan con otras inquietudes y, también, por el modo en que muchos creadores de viejas generaciones han sabido renovarse al vibrar con las problemáticas más actuales.

Hace muchos años, cuando apareció en Cuba el primer libro de Daisy

Valls, escribí que: «El monte de las yagrumas puede preciarse sobre todo del excelente tino y dominio del lenguaje con que ha sido narrado. […] el interés no decaerá en ningún momento, pues muy hábilmente la autora intercala hermosas viñetas en las cuales afloran las costumbres, cuentos, leyendas, descripciones de los más autóctonos representantes de la flora y la fauna, así como los valores de la infancia, su diálogo con los ancianos y la historia patria. […] No pienso, sin embargo, que El monte de las yagrumas sea una obra excepcional, aunque esté bellamente escrita e ilustrada y posea los valores que ya señalé: tal vez digo esto porque la conocí aún inédita y también he tenido la suerte de conocer a su hermano El dulce olor del birijí, la segunda obra para niños de Daisy Valls, que pronto publicará Ediciones Unión»1.

De alguna manera anticipaba entonces la aparición de El cuento del tomillar (antes llamado El dulce olor del birijí e inédito en Cuba hasta el presente). Por aquella época, Daisy y yo nos encontrábamos con frecuencia y forjamos una amistad cómplice a favor de la literatura para niños. En nuestras charlas o sesiones de lecturas, mientras aprendía mucho con las recomendaciones de Daisy, ella me iba desgajando el misterioso ramillete de una nueva historia que, inevitablemente, me hacía dejar atrás a un libro tan logrado como El monte de las yagrumas.

Hoy pienso que aquella fue su obra de madurez literaria y El cuento del tomillar, su obra de consagración definitiva, uno de esos libros que se abre con sorpresa y se cierra con expectación y al que se vuelve más de una vez con tal de ensoñarse en su mundo de ficciones, con sus personajes ansiosos y vagabundos en pos de algo que apenas intuyen, pero está ahí, como aquellos sueños de los cuales despertamos con la equívoca impresión de que nunca nos desprenderemos de ellos.

 

Nota
  1. Enrique Pérez Díaz. “El digno debut de Daisy Valls”.  Juventud Rebelde, 3 de abril, 1988.

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