Pablo Armando Fernández

Aprendiendo a vivir

Mayté Madruga Hernández • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

“La vejez es otro estado de la vida. Cuando uno es viejo, la mente viaja al pasado, y el cuerpo es el único que sufre”. Así, en una tarde, lo más invernal que podemos tener en Cuba, me despidió en su casa Pablo Armando Fernández.

Hablamos de todo, pues con el poeta y escritor de nada valen los cuestionarios, la palabra más adecuada para describir el encuentro es: conversación. La idea original estuvo en preguntarle qué significaba para él, los centrales en la cultura cubana, tanto desde su experiencia de vida como desde su quehacer intelectual.

“Para mí sin azúcar no hay país, frase que se decía cuando yo era un niño. Yo nací en un central azucarero norteamericano. Era un Company Town, como dicen los ingleses. Mi mamá y mi papá ambos venían del campo. Éramos nueve hermanos, siete varones y dos hembras, yo el menor de ellos.

“Yo tengo un texto que se llama “De bateyes”, que pertenece a mi libro de ensayos De memorias y anhelos, y ahí cuento todo mi mundo de infancia”.

La interrogante no era casual y Pablo Armando lo confirma. “El central azucarero está en Los niños se despiden y está en El vientre del pez”.

Aún con los años el intelectual posee una dicción envidiable para otros idiomas, se le escucha perfectamente el inglés. En ese sentido afirma: “mi viaje a EE.UU.  me vinculó con la lengua inglesa”.

“De niño un día entré a una habitación donde mi mamá escuchaba en una novela radial, el primer capítulo de Cumbres Borrascosas. Me pasó algo muy extraño al escuchar, no a los personajes, sino el mundo del que se hablaba, y a escondidas escuché la novela, no sin antes leérmela. Eso me convirtió en un ser muy extraño que escribía unos textos en inglés, llamados “Gestos”, de los cuales no quería que nadie se enterara de que yo los estaba haciendo.

“Tengo que hacer una lista de las mujeres que ha influido en mi vida: mi madre que me trajo al mundo, mis dos hermanas, Emilie Brontë con Cumbres Borrascosas, y así sucesivamente han indo apareciendo mujeres que han guiado mis destino, lo han organizado, me han ayudado”.

En la adolescencia Pablo Armando viajó a EE.UU., con el interés de prepararse y “conocer el mundo norteamericano”, o al menos esos fue lo que le dijo a una cuñada de su hermano. Regresó en 1951, “y de esas cosas misteriosas que tiene mi vida— me explica— conseguí un empleo en la oficina del Central Delicias done ganaba más de lo que obtenía en Nueva York.  Trabajé allí la zafra del 52, pero volví a los EE.UU. porque llegó Batista al poder. Ya para ese entonces había conocido a dos grandes intelectuales: Fina García Marruz y Cintio Vitier, me los presentó Emilio Ballagas”.

Con 18 años conoció a Carson McCullers y le dijo que era un escritor. La escritora  le convirtió su prosa en poesía, argumentándole que sus textos eran eso exactamente. “Para ti la poesía es el poema, es el verso, y la poesía es el espíritu en la palabra y ahí está, cogió un lápiz y empezó a dividirme aquello y me lo leyó, cuando terminó le dije, esa es su poesía no la  mía”, recuerda quien años después sería declarado, justamente, como el príncipe de la poesía.

Con 24 años conoció a Maruja, nombre, persona, mujer, a la que Fernández ha dedicado varios de sus libros como pequeño homenaje a la vida compartida. Esta idea me lleva a preguntarle por algo que hace poco afirmó en otra entrevista: “las mujeres han gobernado mi vida”.

Cuando le cito la frase, seguro contesta: “!Claro Emilie Brontë me hizo escritor, Carson Mccullers me hizo poeta, Manila (Hartman) también contribuyó a esto, Maruja hizo mi vida, me acompañó 50 años, me dio cuatro hijos maravillosos. Continuamente ha habido  una dama que me ha abierto las puertas para que yo sea quien soy”.

También en su participación en Lunes de Revolución está la mano de Maruja. “Guillermo (Cabrera Infante) me convenció de que me quedara en Cuba para hacer Lunes de Revolución, pero  fue Maruja quien tomó la decisión, me llamó por teléfono desde EE.UU. y me dijo: `no quédate, yo voy para allá con la niña´”.

Por este emblemático suplemento es que muchos jóvenes se han acercado a la obra de mi entrevistado. También por su labor en la revista Casa de las Américas y en Unión. No hubo un candidato más exacto este año para el premio Maestro de Juventudes.

“Los jóvenes han sido conmigo muy afectuosos, cercanos a mi persona, a mi obra. Ahora me sorprendió de un modo tan grande, el Maestro de Juventudes, que dije, bueno, es verdad, lo merezco. No lo digo por vanidad sino por gratitud, porque muchos de ellos han pasado por mi casa y se han interesado en todo lo que ha sido mi vida”.

El poeta confiesa que la editorial Alfaguara no le publicó su novela Otro golpe de dados, “porque yo fui jurado del Premio Cervantes en 1992, propuse a Dulce María Loynaz, y lo gané. Eso me buscó el odio español. La editorial esperaba que fuera Mario Vargas Llosa quien lo ganara.

“Este libro iba a ser un guion cinematográfico que Octavio Cortázar iba a filmar, cuando no se concretó, una amiga dominicana, la escritora Chiqui Vicioso, me sugirió que hiciera una novela”.

Casi al final vuelve a su central, el origen de todo. “Mi reconocimiento a mi mismo, saber quién soy, lo aprendí cuando acepté ser poeta y escribí mi primer poema en español, donde ya sentía la voz de mi madre, el jardín y el patio del Central Delicias”.

Leyendo los poemas de Pablo Armando para esta entrevista, reafirmo que no hay mejor virtud que la coherencia y todo lo que el poeta me ha dicho ya lo ha escrito y lo ha hecho público desde su primer libro de poemas Salterio y lamentación.

“Válgame conservar los contornos de la silla/y la cama que alojaron mi infancia y aún cuidan/   del reposo/de la ancianidad de mis progenitores. /El yerro hace dibujos”.

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