Eduardo Torres Cuevas

“Los momentos más felices los he pasado
frente a un aula”

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

La relación del Doctor Eduardo Torres Cuevas con la Historia comenzó desde su primera infancia. Las conversaciones familiares sobre cultura general, las películas de corte histórico que siempre atraparon su atención, los 20 tomos de la colección El tesoro de la juventud y los maestros de la asignatura en la primaria, lo fueron enamorando poco a poco. Más allá de los hechos, los pedagogos le enseñaron a concebir la historia con un sentido ético de la vida y del comportamiento; principio que reforzarían años después sus profesores del bachillerato Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo.

Durante esas etapas iniciales fue fiel lector de obras que coqueteaban con el campo de la ficción y la realidad: recuerda las lecturas sobre la vida de grandes personalidades, protagonistas de momentos decisivos en la historia de la humanidad, como Napoleón, María Antonieta, Fouché… Sin embargo, lo que más alineó su vocación fue la figura de José Martí. Criado en un ambiente martiano, comenzó a leer la obra del Apóstol desde muy pequeño y, sumido en ese mundo del cual nunca se separaría, aprendió a amar la Historia de Cuba y de América.

Junto a ello influyó en su vocación de maestro y en su amor hacia los libros y la escritura el hecho de vivir cerca de grandes pedagogos como su tía abuela, quien en su cuarto conservaba un retrato de Martí acompañado siempre por una flor blanca, y su tío, el Doctor Eduardo Torres Mora, autor de una de las pocas pedagogías cubanas.

Hoy, su destacada labor investigativa y pedagógica le ha valido los más importantes reconocimientos y condecoraciones, entre ellos el Premio Nacional de Historia, las Distinciones por la Cultura Nacional y la Educación Cubana, el Premio Félix Varela, la Orden Carlos J. Finlay y el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas por el conjunto de su obra.

A ellos se suma ahora la máxima distinción otorgada por la Asociación Hermanos Saiz: el Premio Maestro de Juventudes, que en sus palabras de agradecimiento calificó como el reconocimiento mayor que podía recibir, “porque viene precisamente de aquellos a quienes queremos dar todo lo que tenemos, todo lo que hemos aprendido y todo lo que somos capaces de hacer”.

Habiendo dedicado gran parte de su vida profesional a la enseñanza, ¿qué cualidades considera que no deben faltar en un verdadero maestro?

Ante todo la virtud de saber que debe dar todo lo que tiene, que no es solo una enseñanza de conocimientos, sino una enseñanza de virtudes para la formación del ser humano. No se puede olvidar que al maestro le resta mucho por aprender y que solo conoce un poquito más que el alumno. El día que uno piense que sabe demasiado ha dejado de ser maestro. Siempre se lo he dicho a mis estudiantes, porque creo en el progreso humano y pienso que cada generación tiene que ser mejor que la anterior, por eso espero que mis alumnos sean mejores que yo. Si veo que ellos pueden llegar a otro escalón superior, soy feliz, porque logré cumplir mi empeño. No hay nada comparable al orgullo de un maestro cuando ve a un estudiante de cualquier nivel triunfar, ser un hombre virtuoso, capaz de hacer cosas por el bien humano.

A lo largo de su trayectoria en el campo de la docencia, ha impartido clases en diversas facultades de la Universidad de La Habana, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona y en el Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, entre otros altos centros docentes. De acuerdo a su experiencia, ¿cómo concibe que deba ser la enseñanza de la Historia?

En primer lugar, no hablaría nunca de la enseñanza de la Historia en general. Creo que la Historia tiene distintos modos de enseñarse, según el público al que va dirigida. No es lo mismo enseñarle la historia a un niño de tercero o cuarto grado, que a un adolescente de Secundaria, que a un joven universitario, que a otro que no pudo llegar a la Universidad y se hizo de un Técnico Medio en determinada rama.

Lo que más hay que inculcar en la Primaria son los sentimientos, el amor patrio en el más amplio sentido. La patria no es la tierra en que tú naces, la patria es el pueblo que la vive, es el amor a ese pueblo, a ese pedazo de tierra que es tuyo porque lo viven los tuyos, los iguales a ti, los que comparten contigo tu cultura, tu vida cotidiana. Hay que empezar por lo más cercano: el amor a la familia, al barrio, porque es lo más inmediato que ve el niño. Así vas llegando al amor mayor, que es el amor a la humanidad. Esa es una edad de formación de sentimientos y valores. Por tanto, no se trata de historias profundas ni de llenar la mente de hechos, sino de aquellos elementos que forman parte de los valores que ha acumulado tu pueblo y la humanidad en general.

En segundo lugar, tienes la etapa en que el joven necesita saber otras cosas, ya no es el qué o el cómo, sino el por qué. Nadie graba fechas, se graban las grandes fechas, pero por personajes no vas a memorizar los días en que nacieron o murieron. Lo que se debe explicar esencialmente son los procesos: cómo se enlazan los hechos, cómo hay un por qué detrás de los acontecimientos… esa es la calve para lograr interiorizar lo que antes fue el sentimiento y llevarlo al plano racional. Entonces, estás componiendo en dos momentos distintos el sentimiento y la racionalidad sobre los cuales se está formando la persona, que se reconoce en su propia historia, en su propio idioma, en su propia vida.

Hay una frase muy importante de la autoría de uno de los primeros escritores que leí, Emilio Salgari, que decía que la historia es el conjunto de nuestros recuerdos, y yo le agregaría algo que decía Martí: el conjunto de nuestros recuerdos, de nuestros sueños y de nuestras esperanzas. El hombre vive de sueños y esperanzas, tiene que comer todos los días, pero además de comer necesita otras motivaciones para la vida.

Hay otro tema en el que insisto: se habla mucho de la memoria, y yo siempre digo que memoria es lo que se vivió y se recuerda. Tengo la memoria de lo que pasó en el año 1959; tú no, porque no lo viviste, lo conoces por los libros. Por tanto, la historia es, por un lado, la materia de un conocimiento de lo que pasó y, por otro, el conocimiento de esa materia.  Cuando conoces lo que pasó, empieza a ser parte de tu memoria, pero mientras no lo conozcas, no está en la memoria. Si la historia está mal contada, de una forma tediosa, si además queremos que defina cosas que no son históricas, es decir, si pretendemos que nos sirva también como arma en otros terrenos, no funciona. La historia funciona casi naturalmente cuando la conoces, la incorporas, cuando es tuya.

Martí decía que patria era la unión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas. Esa unión te la da la historia y de ahí nacen todas las aspiraciones. En la universidad necesitas que los profesionales conozcan la historia de sus profesiones. El problema es saber dar la historia según las personas que la reciben, la preparación que tienen, las posibilidades de desarrollo. Necesitamos una historia que permita a lo que se le llama el lector medio ­—que es, en definitiva, el lector sin apelativos— sentir que vive algo extraordinario que le pertenece y forma parte de él, y que si no lo tiene pierde una de las sustancias que conforman su ser.

¿Cómo valora el estado actual de la enseñanza y la investigación histórica en Cuba?

Lo primero que debemos tener en cuenta es que los tiempos han cambiado y hay numerosos elementos en la sociedad contemporánea que no tienen el mismo peso de cuando yo tenía tu edad, desde el factor tecnológico, desde el consumo… Vivimos en una sociedad que tiene una propuesta innovada constantemente en la tecnología, en la moda, con un ritmo mucho más acelerado que el de otras épocas. La llamada postmodernidad implicó la ruptura con los valores tradicionales y muchos resortes han cambiado, incluso el modo de ver la vida y el enfoque. Por tanto, hay que tener conciencia de eso: con los viejos tiempos se van los viejos métodos; persistir en viejos métodos no es estancarse, sino retroceder.

Qué nos pasa con la historia hoy en Cuba: primero, que hubo un Periodo Especial donde muchos buenos profesores de experiencia dejaron de serlo para ganarse la vida en otros terrenos. Segundo, no se logró en ese periodo interiorizar la necesidad de un cambio en el lenguaje histórico: el profesor no puede manejar los mismos métodos, ni los mismos criterios y fórmulas que manejaba 20 años atrás, tiene que emplear otros recursos. Y por último, la tecnología no sustituye al maestro, es solo un medio auxiliar.

A mí me motivaron mis profesores. Si el maestro no es capaz de mover al estudiante con la Historia que da, estamos fracasados. Tenemos que trabajar para que cada vez el profesor de Historia sea mejor y se gane el respeto de los estudiantes. En estos momentos se está haciendo un esfuerzo por encaminar la educación. El problema es que necesitamos cerebros, inteligencias capaces de hacer esa subversión favorable a nosotros y pensar a fondo la gravedad de que se nos estén formando generaciones de jóvenes que no conocen su historia. Aquella célebre frase de José de la Luz y Caballero, “tengamos el magisterio y Cuba será nuestra” es la que debe estar en primer lugar, porque si perdemos el magisterio, perdemos a Cuba.

Otro de los problemas fundamentales es que se ve la historia como pasado. Lo que tú y yo estamos hablando hoy, mañana es historia; por tanto, la historia no es pasado, sino una acción que se está ejecutando cotidianamente año tras año y continúa.

También debemos acabar de entender que es muy interesante la historia del siglo XIX, pero la decisiva es la del XX, y mucho más la de la segunda mitad, que es la historia de lo que ha pasado después del triunfo de la Revolución. Es bueno que se conozca la historia antigua, pero no es menos importante conocer la Crisis de Octubre, y estamos hablando de grandes acontecimientos, pero ha habido otros muchos muy significativos que explican esta historia más reciente, que no hemos sistematizado, y esa es una de nuestras grandes limitaciones.

Con respecto a la investigación histórica, hay un ángulo que se ha trabajado poco, que es la historia social. Hemos estudiado mucho la económica y la política, pero la historia del pueblo, de la vida cotidiana, de esos hombres y mujeres que nos antecedieron y nos fueron legando cosas, es una de las lagunas que tenemos, y otra es cómo integrar la cultura a los procesos históricos. Hay una riqueza en la vida social cubana que si se introduce en la forma de impartir la asignatura, la gente se va a enamorar más de su país y de su historia, que es riquísima. La visión lineal de la historia no ayuda; debe haber una unión entre cultura, sociedad, economía y política.

¿Qué opinión le merecen las nuevas generaciones de profesores, historiadores e investigadores cubanos?

He tutorado muchas tesis y me he quedado asombrado de la voluntad, inteligencia y esfuerzo de esos muchachos; con ellos Cuba está salvada. Como siempre, no es una gran masa, pero pienso que deben aprovecharse las inteligencias que hay en esta juventud y no subestimar las propuestas que parten de ellos. Alguien me preguntaba por qué decía en las palabras de agradecimiento al premio que nos sentíamos en deuda con la juventud. Cómo no vamos a estar en deuda con una juventud a la cual no le hemos dado todo lo que hubiéramos querido darle ni hemos logrado todo lo que hubiéramos querido legarles. Yo tengo fe en esa juventud, en esos profesores que ya empiezan a ser mayoría en las universidades.

A lo largo de su carrera ha obtenido los más relevantes galardones y reconocimientos. ¿Qué distingue entre ellos al Premio Maestro de Juventudes?

Normalmente, cuando te dan una medalla o condecoración la otorga una institución que valora un currículum, una obra, los años de trabajo en tu vida, pero son instituciones, casi siempre parte del mundo académico, político o social. Sin embargo, el premio que viene de la juventud lo otorgan aquellos para los cuales has trabajado, aquellos que integran lo más puro, limpio y sano de nuestra sociedad, aquellos que van a constituir el futuro. Por eso es el premio más bello que uno pueda recibir, porque viene de ese sector para el que trabajas. En lo personal fue muy emocionante y tiene un valor único para mí.

Por otra parte, la Asociación Hermanos Saiz es un movimiento muy necesario, porque nuclea el futuro de todo el mundo artístico y literario del país, y creo que ha jugado, además, un papel importantísimo en la unión y consolidación de las visiones, diálogos y discusiones de conjunto. Eso hace falta, y entre los jóvenes mucho más.

Usted ha sido maestro de múltiples generaciones de jóvenes en el ámbito universitario. Quisiera que me comentara sobre su intercambio con la juventud en las aulas: ¿cuánto le han aportado los jóvenes?, ¿cuáles han sido las mayores satisfacciones?

Yo no sé si el profesor aprende más de sus alumnos que los alumnos de su profesor. Te puede parecer una frase fuerte, pero a mí me ha gustado siempre dialogar con los estudiantes y creo que lo que te mantiene fresco y cercano a la realidad y te señala los cambios y transformaciones es el estar en contacto con los estudiantes, sobre todo universitarios. Es como refrescar constantemente tu propio pensamiento y lógica, porque te das cuenta de las cosas que dejan de tener importancia, las nuevas que la adquieren, las que no deben perderla y la pueden perder, y los asuntos en los que tienes que pensar y no has pensado, pero sí lo están pensando los jóvenes. Toda esa riqueza te fortalece y revive. Año tras año es como pasar un nuevo curso, porque nunca se repite un grupo, cada uno crea su lógica interna, tiene sus personalidades, unas que priman más que otras, pero van concibiendo una dinámica que los hace distintos a otros que vienen detrás o que estuvieron antes, y eso también es una enseñanza: ver desde distintos ángulos, en diversos momentos, las propias direcciones que toma la juventud.

Llevo ya 49 años de profesor y los momentos más felices los he pasado frente a un aula. Hay grupos que se recuerdan más, pero me he puesto a pensar en las lógicas de pensamiento de un grupo de hace 30 años y de uno de ahora y los proyectos de vida han cambiado mucho. Aprendes esa evolución que se produce en el ser humano; no se trata de estudiar la sociedad en abstracto, sino estudiar directamente a las personas y ver como la dinámica y los modos de pensar cambian.

Desde el año 2007 comparte sus labores investigativas y docentes con la de Director de la Biblioteca Nacional José Martí, que fue recientemente remodelada. ¿Qué trabajos se están desarrollando actualmente en la institución? ¿Cuál es el estado de sus fondos y cómo marcha el proceso de digitalización de las obras?

La Biblioteca Nacional tiene tres funciones fundamentales: primero, preservar el patrimonio bibliográfico de la nación, ya que es la depositaria de toda la literatura, pero además tenemos fondos musicales, fotográficos, de mapas, la cultura del país se preserva aquí. La segunda función es la de biblioteca pública, a la que pueden acudir estudiantes, investigadores y lectores en general a consultar los fondos, y la tercera es la de dirección metodológica del sistema nacional de bibliotecas públicas, que son 410.

El trabajo que se ha hecho en los últimos años ha sido crear una normativa para el funcionamiento del sistema de bibliotecas y de la Biblioteca Nacional, con la instauración de la Ley de Bibliotecas de 2010. A su vez, se ha llevado a cabo la reparación de gran parte de los problemas centrales que teníamos: eso ha incluido desde la limpieza y catalogación de todos los libros para lograr un inventario exacto de lo que tenemos, hasta la digitalización, que es en estos momentos una de las áreas en las que más intensamente se está trabajando.

En diciembre tendremos digitalizado completo el catálogo de la colección cubana y un nuevo sitio web bien preparado. Pensamos tener lista pronto la bibliografía nacional cubana en digital para que cualquier persona pueda consultar digitalmente los fondos de la biblioteca. Ahora estamos tratando de reproducir los raros y valiosos y gestionando la publicación de una multimedia sobre la biblioteca.

Estas han sido nuestras estrategias fundamentales. Los muebles, las salas, la galería y el teatro han sido rehechos, y queremos que la biblioteca esté siempre presente con una vida cultural muy activa. Las exposiciones este año han sido de primer nivel, al igual que los sábados de concierto celebrados en el teatro.

¿Qué proyectos se encuentra desarrollando con respecto a su quehacer científico como historiador y el resto de funciones que desempeña, ya sea en la Presidencia de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz y las direcciones de la revista Debates Americanos y la editorial Imagen Contemporánea?

Quizá te asombre, pero lo que he estado trabajando en los últimos tiempos es la Orquesta Aragón. Me interesa mucho la incidencia del factor musical, cultural y social que implica una orquesta de 75 años. Con Cubarte vamos  a sacar una multimedia y con el Museo de la Música un libro. Además, estoy terminando el tomo II de Historia de la Iglesia Católica en Cuba y el tomo III de En Busca de la cubanidad, el cual va a tener una serie de temas que me interesa que los jóvenes conozcan del aspecto social, cultural y religioso. También la editorial que dirijo, Imagen Contemporánea, va a publicar algunos libros, entre ellos unos raros y valiosos de la colección de obras clásicas que forman parte de los fondos cubanos.

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