Carlos Pérez Peña

“Soy maestro desde la escena”

Eyder La O Toledano • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Considera el reconocimiento inesperado, pero al mismo tiempo uno de los lauros más importantes de su vida, el más entrañable porque “no es resultado de un concurso, es el reconocimiento de una carrera”, confiesa el actor Carlos Pérez Peña, recién galardonado con el Premio Maestros de Juventudes, conferido por la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Actor de una larga trayectoria, sin embargo, Carlos es de esos artistas que no gozan de la fama granjeada por la televisión o el cine. Su nombre por muchos años fue uno de los más connotados en la tropa de Teatro Escambray, una institución que consideró su mejor escenario y a la que se entregó por más de 30 años.

El ameno diálogo estuvo entrecruzado por anécdotas personales y la historia del teatro cubano contemporáneo, con sus momentos de gloria y de dificultades. También habló sobre dramaturgos, de aquí y de allá, de la escuela norteamericana, polaca y soviética; Pérez Peña deja por sentado su amor por las tablas, mundo al que llegó conscientemente, no por azar ni por impulso.

 “Descubrí que quería ser actor. Yo empecé a estudiar arquitectura y no la terminé. Tenía 18 años cuando vi la primera obra de teatro Viaje de un largo día hacia la noche, de Eugene O´Neill, por Teatro Estudio, dirigido por Raquel Revuelta. Esa obra me marcó para siempre, pero en ese mismo instante no lo hice consciente; pero pasado un tiempo dejé la universidad y matriculé en la entonces Academia Municipal de Arte Dramático, de La Habana, eso fue en 1960 y aún siendo estudiante comencé a trabajar en el Guiñol de Cuba, Hermanos Camejo, como actor y diseñador. Luego se crea el Guiñol Nacional y ahí estuve hasta 1973.

Valora con beneplácito la hermosura de la palabra maestro, su significado y compromiso social, pero se resiste a asumirla como propia, pues no le gusta la pedagogía, al menos no de la manera más convencional de la profesión: aquel que enseña en un aula ante un auditorio de estudiantes. Empero, ama trabajar con los jóvenes, lo seduce, es una labor que asume desde sus años dorados en Teatro Escambray.

 “Yo no soy un maestro de parame en una plataforma y dictar una clase, no es mi manera de proyectarme, incluso, no sé cuantas veces me han ofrecido ser parte del claustro de profesores del Instituto Superior de Arte (ISA) o en la academia de Santa Clara, específicamente sobre Voz y dicción, y he dicho que no. Impartir clases nunca me ha gustado.

“El vinculo con los jóvenes viene del Escambray, en la década del 80 comenzó a nutrirse de muchachos, algunos egresados de la carrera otros no. Por entonces y hasta 90 el grupo centró su trabajo en los conflictos del universo juvenil, temas como las becas, los problemas generacionales, los desvinculados laboralmente, en fin…, y comenzamos a investigar, era un mundo cambiante. Yo no era director de escena, pero por circunstancias que se dieron comencé a dirigir espectáculos. Sin que me diera cuenta me fui convirtiendo en la práctica en profesor, sin proponérmelo, me hice maestro para muchos de esos muchachos”.

El premio que acaba de recibir lo corona como maestro en toda la extensión del término. Carlos, quien me insiste que lo tutee, lo acaricia como algo reconfortante, verdaderamente un estímulo a su entrega desinteresada, asumida desde la honestidad y el compromiso con el teatro y la formación de actores.

“Es un premio hermosísimo, me siento satisfecho, arropado por este galardón,  porque, te repito, no es un lauro de un concurso, no optas por nada en particular, sencillamente es alguien que ha mirado tu vida, se detuvo en tu quehacer y dijo: este señor lo merece por la trayectoria de su vida. Por enseñar a otros como ser actor, como ser artistas. Además, la nómina de las figuras que ostentan el premio Maestro de Juventudes es impresionante, verdaderas joyas de la cultura, ponerme al lado de ellos es más que un honor”.

Lo convido a que eche manos a los recuerdos, a  vivencias donde prime algún detalle, que de antemano lo pusiera sobre aviso por tal reconocimiento: “Recuerdo que el año pasado en el congreso de la AHS cuando se entregó este premio, entre las personalidades de teatro que lo recibió estuvo Carlos Díaz, y cuando se acabó el acto, Morlote, entonces presidente de la Asociación,  me dijo: estamos en deuda contigo Carlos, pero no pensé que esa dicha me tocara al año siguiente. Yo solo puedo agradecer”.

Su labor de formador de las nuevas generaciones de actores, lo llevó a establecer lazos insoslayables con la AHS, a propósito, subraya que hubo un tiempo, cuando “Alpidio Alonso fue presidente trabajé mucho con la organización: Siempre estuve de jurado en las becas y en los diferentes concursos;  propósito, que me resultó interesante y complicado sobre quién decidirme para otorgar una beca, en este caso de teatro, porque te enterabas de la existencia de mucha gente talentosa en el país, con proyecciones para el futuro tanto en teatro como en danza”.

Quizá por su vinculación-responsabilidad con los más jóvenes de Teatro Escambray, es que recae sobre él, el personaje de El Director, de la obra Molinos de viento, de Rafael González, con la que paseó por Cuba. En su momento esta puesta movió la opinión pública, al poner al desnudo una zona poco abordada como el fraude académico en una escuela cubana. Se trataba de tocar, criticar, al sistema de educación, que por entonces se consideraba modélica e intachable, pieza que serviría de guion, escrito por Luis Rogelio Nogueras, para el filme Como la vida misma, en la que participó bajo la dirección de Víctor Casaus.

“El Director es el personaje que más me ha marcado, también Molinos de viento es la obra que más me dio a conocer con Escambray. Es una obra importante en el sentido social, surge en el momento que la óptica del grupo comienza a atender más las dinámicas de los jóvenes, y cuando la Educación en Cuba era intocable, esta pieza se atrevió a plantear el fraude dentro de la escuela y la doble moral. Yo hacía del director, su comportamiento en la escena fue cambiando, de naturalista hasta un ente mecánico. Creo que es la obra cubana que más gente  vio en el país, porque recorrimos toda la Isla”.

Hay en la carrera de Carlos Pérez Peña una obra cardinal, representativa de él mismo y no precisamente un personaje. Como caña al viento, título tomado de un verso del poeta Eliseo Diego, en tanto, construcción de un espectáculo hecho a partir de la poética del bardo, mediante la cual se adentra en su universo y que le valió el Premio de la Crítica. Eliseo Diego deviene arte ego de Carlos: “En vez de ser yo el vehículo para expresar el mundo de Eliseo, sucede lo contrario, Eliseo expresa mi mundo”.

Pero antes la vida le juega una mala pasada, problemas personales, como la muerte de la madre de su hijo, jalonan su destino. Se ve obligado a salir de Escambray, un grupo que ama y que sabía un día tendría que dejar. No se arrepiente de la decisión, pues el cambio era necesario, tenía ansias de experimentar e  ir a otras fuentes y forma de hacer teatro.

“Viví los momentos de esplendor, difíciles y fáciles en Escambray, al llegar el Periodo Especial, todavía sentía que el grupo tenía una razón para existir, pero poco a poco esa sensación en mi fue disminuyendo, también coincide con que la madre de mi hijo murió repentinamente. Fue un tiempo difícil para él y me dije que no podíamos seguir separados y decidí venir para La Habana, era 2007. Entre las opciones de trabajo estaba Mefisto Teatro, de Toni Díaz. 

Junto con Mefisto Teatro también trabaja con Teatro Aldaba, de Irene Borges, quien tiene entre sus particularidades concebir el hecho artístico a partir de la creación colectiva. También se vincula en la actualidad con El Cuartel, dirigido por Sail Moreda, colectivos todos preñados de actores que se inician: “Mientras más viejo más me gusta trabajar con jóvenes”, dice Carlos, quien confiesa que en las compañías referidas se ha convertido, por sus años y experiencia, “en un maestro de actores, pero  desde la escena”.

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