El Moro de Venecia en la danza

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

Hace varias décadas, durante mi temprana juventud, asistí a una proyección de Otelo, una versión para ballet del drama de Shakespeare realizada por el coreógrafo soviético Vakhtang Chabukiani con el Ballet de Georgia y llevada a la pantalla grande en 1960. Se trataba de una puesta extensísima, que seguía los arduos cánones del realismo socialista y procuraba traducir al baile hasta las más insignificantes escenas de la pieza. Aunque había pasajes notables desde el punto de vista danzario, en sentido general resultaba harto tediosa y, poco a poco, la mayoría de los espectadores, entre los que se encontraban numerosos balletómanos, fueron abandonando la sala. Creo que al final sólo alguna acomodadora y yo presenciamos la escena, harto realista, del asesinato de Desdémona. Apenas recuerdo de la cinta un close up del Moro en aquel pasaje, donde unos ojos muy azules resaltaban sobre el grueso maquillaje pardo.

Imagen: La Jiribilla

Años después conté esta experiencia al coreógrafo Francisco Lang, cuando me pidió colaboración para el montaje de su propia versión de Otelo para el Ballet de Camagüey. Él me argumentó que era posible apropiarse con la danza de aquella tragedia, sin excesivos detalles ni pantomimas sobrecargadas y lo demostró con su puesta de 1987, que, a pesar de ocupar toda una velada, resultó un espectáculo dramáticamente convincente, soportado por una banda sonora de música barroca, muy bien recibido por el público en varias temporadas. Lamentablemente, la temprana muerte del artista en 1991 hizo que la obra saliera del repertorio de la agrupación principeña y cayera en un injusto olvido.

He recordado estas cosas durante el desarrollo del 24 Festival Internacional de Ballet, precisamente dedicado a William Shakespeare con motivo del 450 aniversario de su natalicio. Dos de las obras presentadas resultaban ejemplos logrados de coreografías derivadas de Otelo.

El 1 de noviembre, el programa de concierto en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional dio inicio con La pavana del Moro, a cargo de solistas del Ballet de la Ópera de Niza. Se trataba de una obra creada por el coreógrafo mexicano José Limón en 1949 para su propia compañía en EE.UU. Durante 20 minutos y acompañados por una suite de danzas del compositor isabelino Henry Purcell, cuatro bailarines asumen los roles de Otelo, Desdémona, Yago y Emilia. Apenas hay otra peripecia que la generada por el célebre pañuelo sustraído a la esposa del Moro para preparar su desgracia. La obra transforma el drama en una especie de ballet cortesano donde los ejecutantes, sin perder la elegancia al danzar, deben mostrar sus pasiones. Es una obra de sintética elocuencia, que exige de los bailarines no solo musicalidad, dominio técnico, sino importantes dotes dramáticas. Eso explica que la obra fuera asumida por el American Ballet Theatre y otras muchas compañías del mundo y que una estrella del ballet masculino, el ruso Rudolph Nureyev, hiciera una creación muy especial del rol del Moro.

Imagen: La Jiribilla

Lamentablemente los intérpretes de la agrupación francesa que nos visitaba no estuvieron a la altura de lo exigido por el coreógrafo. Fueron más o menos correctos en la interpretación de los pasos, pero les faltó interiorizar sus personajes, trasmitir ese fuego que debe subyacer durante el baile ceremonioso y convencer a los espectadores de que Shakespeare estaba allí presente aunque no se escucharan sus parlamentos.

No significa esto que bailarines como Eric Vu An y Celine Marcinno carezcan de facultades para sus papeles, la dificultad parece provenir del propio montaje de la obra, de la mano del maître que se hizo cargo de la puesta sin tener en cuenta los propósitos artísticos que animaron a José Limón, uno de los grandes iniciadores de la danza moderna en el siglo XX, a crear esta pieza.

El coreógrafo canadiense Brian McDonald (Montreal, 1928) creó para el Ballet Nacional de Cuba en 1978 su Prólogo para una tragedia. El artista no era un desconocido para la compañía cubana, para la que ya había montado en enero de 1976 su Tiempo fuera de la memoria.

Esta vez, sus propósitos parecían inspirados por la creación de Limón, en tanto no se trataba de una puesta integral del drama, sino de una síntesis que procedía, como en la obra precedente, por alusiones, por guiños. Pero su propuesta, apoyada en música de Juan Sebastián Bach, resultaba más extensa y requería de más intérpretes, en tanto procuraba enfatizar en el ambiente previo al desarrollo de los sucesos trágicos, centrado específicamente en la ceremonia nupcial de Otelo y Desdémona, momento en que cada uno de los personajes: Yago, Casio, Emilia, iba mostrando con sutileza los rasgos que los implicarían en el final catastrófico de la pareja.

La obra fue estrenada en el Teatro García Lorca el 5 de noviembre, durante el VI Festival Internacional de Ballet de La Habana, con diseños de Salvador Fernández. En los roles centrales estaban Andrés Williams y Amparo Brito, quienes lograron poderosas caracterizaciones de Otelo y su esposa, aunque un tiempo después Ofelia González logró un desempeño muy personal de este último papel. La obra, muy bien acogida por el público y la crítica, permaneció en el repertorio de la compañía cubana y volvió a escena en la función ofrecida el pasado 6 de noviembre, en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional.

A pesar de los años transcurridos, la compañía ha preservado celosamente la coreografía, sin embargo, se echa de menos el rigor de las caracterizaciones de los personajes principales logrado en la época próxima al estreno. Anette Delgado ofreció una Desdémona elegante y casi irreprochable desde el punto de vista técnico, pero aún le falta madurar las exigencias dramáticas del rol, mientras que el Otelo de Luis Valle, un bailarín de buenas dotes físicas y notable formación académica, en modo alguno logra trasmitirnos la fuerte presencia escénica del Moro, su pasión por la esposa que, ante las murmuraciones de Yago, se irá convirtiendo en unos celos devoradores. Valle puede vencer cualquier dificultad relativa a los pasos atribuidos al personaje, pero no logra aún colocarse dentro de su piel, lo que se hace evidente en el pas de deux con Desdémona, coreografiado sobre la célebre Aria de la Suite en Re.

Por momentos tuvimos la impresión de que el contrapunto concebido por McDonald entre el cuerpo de baile elegante, escultórico y lleno de pompa barroca, con los personajes principales, que son individualidades fuertes y marcadas por una especie de halo romántico, no se ha logrado en esta reposición, en tanto los bailarines a cargo de ellos casi se confunden con el conjunto al no ofrecernos caracterizaciones convincentes aunque puedan sus actuaciones resultarnos plásticas, musicales y con sus pasos bien resueltos, como sucede con el Yago de Camilo Ramos y el Cassio de Víctor Estévez.

Un espectador que presenciara la obra por primera vez, sin acceder al programa de mano, difícilmente podría intuir que asistía a algo así como el primer acto del terrible drama shakesperiano, más bien creería contemplar un atractivo divertimento, porque las formas externas estaban allí pero la poesía del genio de Avon se había evaporado.

Si bien el dramaturgo inglés fue honrado muy apropiadamente en este Festival con versiones coreográficas de dramas y comedias suyas como Romeo y Julieta, La tempestad y Como gustéis, en el caso de Otelo, estuvo representado por dos excelentes coreografías, sin embargo, en ninguna de ellas los intérpretes estuvieron a la altura requerida en la ejecución dramática.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato