El hombre que pensó la danza

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Sin Fernando Alonso es imposible siquiera imaginar a Cuba en el ballet. Si Alicia, lo sabemos, encarna la leyenda y representa la cúpula de la escuela, la más brillante bailarina, la coreógrafa internacionalmente encumbrada y reconocida, la fundadora y máxima inspiradora del ballet entre nosotros, Fernando aporta no solo la pedagogía sino el fundamento mismo de la razón danzaria de la Isla. Fernando es el hombre que pensó la danza.

Imagen: La Jiribilla

Cualquiera diría que fue asunto de mera inspiración o de una intuición prodigiosa. Pudo haber algo de esto en un  principio, cuando junto a Alicia estuvo en contacto con las compañías norteamericanas donde la diva alcanzó su primera plenitud y luego ambos, en 1948, decidieron dar vida a lo que sería el Ballet Nacional de Cuba.

Pero desde entonces, al sacrificar la carrera de bailarín y postergar la creación coreográfica, optó por desarrollar las bases de un estilo que devendría escuela, mediante la asimilación dialéctica de las formas danzarias preeminentes  y la forja de una identidad singular, que con sus especificidades se expresa tanto en las compañías cubanas como en el ejercicio pedagógico de los que dentro y fuera de Cuba se han  nutrido de esta experiencia.

Imagen: La Jiribilla

Esto lo fue consiguiendo a partir de una articulación entre la observación, la formulación la práctica, desde una plataforma en la que la ciencia y el arte se equilibran con sustancial complementariedad.

De tal manera su comprensión de la técnica avanzó hasta la concepción de una estética del movimiento, a partir de un estudio de las características de la morfología humana, la psicología y las herencias culturales que se fundieron en la fragua de la identidad cubana.

Valdría le pena que no solo los bailarines y profesores, sino los aficionados y el público en general accedieran a la entrevista que le realizó la profesora y promotora norteamericana Toba Singer cuando el maestro acababa de cumplir 93 años de edad.

Sobre la gradualidad de la enseñanza, dijo:

“Aprender ballet es como aprender geometría. Se empieza con el primer teorema, dominarlo y, a continuación, pasar al siguiente. Si usted no ha aprendido a resolver el primer problema, usted no será capaz de hacer frente al que sigue”.

Imagen: La Jiribilla

Otra opinión respetable que muchas veces no se toma en cuenta:

“El cuerpo es la primera bailarina de la compañía. El cuerpo es la medida del valor de la empresa. El director no está bailando solo. El cuerpo de baile le está ayudando, dando el fondo dramático necesario”.

En cuanto al sentido de la pedagogía, afirmó:

“Los maestros son como sacerdotes. Usted debe ser el guía para llegar a la meta. Un buen profesor debe adaptar la coreografía a las necesidades de sus estudiantes y los pasos a las herramientas de enseñanza, en lugar de mostrar que es un buen coreógrafo por sí mismo. El papel del profesor no termina en el aula. Usted debe saber vincularse a sus estudiantes para mostrar libros, pinturas, exposiciones, arquitectura, ropa, disfraces, maquillaje, enseñarles a comer bien y comportarse en público”.

En el Paseo del Prado se levanta uno de sus sueños: la sede de la Escuela Nacional de Ballet. Quizá haya llegado el momento, en este primer centenario de su nacimiento, de que esa institución lleve su nombre.

Imagen: La Jiribilla

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