Un retablo para Avellaneda en su sala

Frank Padrón • La Habana, Cuba
Imágenes: Nancy Reyes
 

Hace 200 años nació una cubana ilustre, aunque viviera mucho tiempo en España: Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873). El Ballet Nacional de Cuba aprovechó la coyuntura para, en el 24 Festival Internacional de la Habana, homenajearla, de modo que en la abultada y variopinta programación del evento, hubo una noche para la escritora decimonónica que se adelantara en muchos aspectos a su época.

Imagen: La Jiribilla
Gala del Ballet Nacional de Cuba en saludo al Bicentenario de la Avellaneda
Teatro Nacional, La Habana. 23 de marzo, 2014

 

Estrenado el 29 de octubre de 1989, en coproducción de la compañía cubana junto con la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de España, el ballet Tula —sobrenombre que dieran sus amigos a la dramaturga, novelista y poeta— volvió al escenario, y no podía ser en otro que en el de la sala que lleva su nombre, dentro del Teatro Nacional.

Estructurado en dos actos, coreografiado por Alicia Alonso y escrito por José Ramón Neyra, Tula resulta un ejercicio de recreación sobre la vida y obra de la camagüeyana ilustre; pasajes de su juventud, su carrera artística, su madurez, se mezclan con personajes de sus novelas y piezas, junto con varios colegas contemporáneos que se relacionaron con ella, así como hombres y mujeres de la alta sociedad en la época, el siglo XIX.

La Prima Ballerina Assoluta diseñó coreografías muy sencillas, de modo que el virtuosismo de los bailarines cede su habitual protagonismo a una proyección mucho más teatral que la de otros ballets, por lo cual el movimiento de los danzantes en escena, la escenografía, el decorado, el vestuario y el trabajo lumínico, sin olvidar la siempre esencial música, importan mucho más.

Tula es, pudiera decirse, teatro coreografiado, o simplemente una de esas obras que clasifican dentro de lo que se ha dado en llamar danza-teatro, pues la dramaturgia de cuanto acaece en escena —en definitiva, siempre importante en el ballet, no va a negarse— resulta esta vez imprescindible.

El primer acto contempla cinco escenas que de manera cronológica presentan la entronización de la Avellaneda en el mundo literario bajo la guía tutelar de su colega y admirado José María Heredia; la presencia de criaturas salidas de la pluma de Tula (desde Sab hasta Leoncia pasando por Alfonso Munio o Berta de Luneville); para concentrase en La hija de las flores, Leoncia y finalmente Baltasar.

Imagen: La Jiribilla
Gala del Ballet Nacional de Cuba en saludo al Bicentenario de la Avellaneda
Teatro Nacional, La Habana. 23 de marzo, 2014

 

 

El segundo acto abre con España, con su alta sociedad dominada por el machismo y los hombres que hollaron la desdichada vida amorosa de la protagonista; el regreso a la patria, en La Habana de 1859 con los lauros otorgados a la triunfadora en lides literarias, aunque derrotada en lo personal, por lo cual Tula evoca su pasado y su presente, para finalizar en el Gran Teatro de Tacón (hoy Gran Teatro de La Habana), cuando el 27 de enero de 1860 ella recibe el más alto honor al ser coronada con laurel dorado por su compañera y amiga Luisa Pérez de Zambrana, aunque la ficción del relato trae de nuevo al dios tutelar de Heredia.

 Neyra ha creado un libreto imaginativo e integrador, si bien no ha logrado evitar que en ocasiones la aludida fusión de los caracteres generados por la intelectual con episodios de su vida se torne  un tanto anárquico, lo cual impide el deslinde y la comprensión absoluta de quienes no conocen de primera mano el mundo de la Avellaneda, o no lograron alcanzar el programa de mano, que dicho sea de paso, sí es bien esclarecedor y resulta un feliz complemento de lo que acontece ante nuestros ojos.

Mas, de cualquier manera, estamos ante una vistosa representación donde se aprecia un ritmo siempre fluido y una dinámica escénica que arroja un sabio aprovechamiento de la espacialidad; el amplio escenario de la sala donde esta vez ocurrió facilita esto, de modo que el despliegue de los bailarines ocurre expedito, sin estorbos.

Ya hablábamos a principio de la importancia que tienen aquí elementos relacionados con la dirección de arte; los diseños de vestuario de Salvador Fernández son un verdadero lujo, por la exquisitez, la fidelidad a la época y la correspondencia con los personajes, tanto los reales como los creados, que en definitiva siempre responden a un contexto, a veces no coincidente con la etapa reflejada (digamos, los tiempos bíblicos, antiguo-testamentarios a los que remite Baltasar).

Imagen: La Jiribilla
Gala del Ballet Nacional de Cuba en saludo al Bicentenario de la Avellaneda
Teatro Nacional, La Habana. 23 de marzo, 2014

 

La escenografía en general detenta semejante mérito, en tanto elemento evocador no sólo de los tiempos aludidos sino de estados anímicos y espirituales.

Consideración aparte merece la música de Juan Piñera, que deviene sin exageración otro personaje, por demás de los principales; el talentoso artista borda cada pasaje representado con un sonido que le viene como anillo al dedo; contradanzas para las escenas de salón y sociedad, temas románticos para cuando la protagonista se ve inmersa en su soledad y sus fantasmas, segmentos mucho más rítmicos, cuando así lo requiere la acción.

Los bailarines asumen y proyectan sus roles con la profesionalidad y el brillo esperados: Amaya Rodríguez nos devuelve a la escritora y la mujer, casi siempre imposibles de separar, con toda su dignidad, su energía y su dolor, inderrotable pese a las malas jugadas de la vida, siempre vencedora.  

La secundan con buen paso Gabriela Mesa, Carolina García, Alejandro Silva, Adrián Masvidal y Arián Molina. El cuerpo de baile, algo disperso e impreciso en algunos momentos, en otros resultó la imprescindible apoyatura en un ballet como este, como se ha visto, de una acentuada coralidad en el dramatis personae.  

Tula resultó uno de los elevados momentos de la 24 edición del Festival Internacional de la Habana, entre los que alcanzaron esa categoría dentro de sus intensas y abundantes funciones.

Y sobre todo, encontró, en el lenguaje de las zapatillas, y mucho más allá, en el mundo del escenario, la reverencia merecida a esa gran dama del siglo XIX que se proyecta al minuto actual con toda la fuerza y el vigor de una obra que se agiganta por día: Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato