Educación audiovisual: agenda para actuar

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Como en la economía, las cuentas por cobrar en materia cultural no pueden eternizarse, pues el saldo en contra puede llevar a la bancarrota. El proceso hacia el VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y sus sesiones finales en La Habana pusieron en evidencia un viejo reclamo, la necesidad de incidir en la elevación cualitativa del consumo de la producción audiovisual.

Aún antes de atravesar la frontera del actual siglo, la vanguardia artística e intelectual se había planteado el asunto, compelida por la convivencia con una industria cultural que en su ejercicio hegemónico inundaba prácticamente todos los resquicios del entretenimiento. En el VI Congreso de la organización, Fidel Castro contribuyó a la reflexión al estimular un pensamiento que ofreciera argumentos válidos ante la globalización de la banalidad, la desmemoria y la desmovilización de las conciencias. Uno de nuestros más destacados cineastas, Julio García Espinosa, en esa oportunidad discurrió acerca de la confusión existente entre fama y talento y llamó la atención en torno a cómo la noción del éxito se había desvirtuado por la industria cultural.

Si en los años subsiguientes la problemática se centró fundamentalmente en aspectos relacionados con la programación y la promoción, en tiempos recientes la ecuación se ha acercado mucho más a la recepción del universo audiovisual al alcance de los diversos estratos de nuestra sociedad.

De ahí que al adoptarse en el VIII Congreso de la UNEAC, y en correspondencia también con los resultados de los debates en el último Congreso de la Asociación Hermanos Saíz, la necesidad de dar seguimiento al tema, se haya concebido convocar a un foro sobre el consumo cultural que asumiera de manera integral sus perspectivas, pero con la intención manifiesta en cómo transformar la mirada del receptor.

Ese desplazamiento del punto de partida de la discusión no dejó a un lado la responsabilidad de quienes programan las salas de cine y video y las opciones que ofrecen los canales de la televisión. Incluso de quienes, a tono con la revolución de las tecnologías que almacenan y reproducen las imágenes, las hacen circular como parte de estrategias institucionales o al margen de estas, como viene sucediendo en la actualidad.

Sin embargo, uno de los rasgos más importantes de lo acontecido el 31 de octubre y el 1 de noviembre últimos en el Pabellón Cuba fue el relanzamiento del Programa para el Fomento de la Cultura Audiovisual, al que están en la obligación de tributar empeños el ICAIC, el ICRT y los Ministerios de Cultura, Educación y Educación Superior, con la colaboración de la UNEAC y la AHS.

Se trata de propiciar una cadena de acciones que va desde la iniciación de los más pequeños hasta la aportación de elementos de juicio para que el espectador adulto pueda orientarse y adoptar una actitud crítica ante la diversidad de opciones del universo audiovisual.

No se aspira a una idílica e inviable transformación radical y masiva del gusto a base de imposiciones e interdicciones, sino de formar y cultivar sensibilidades y capacidades de intelección, tomando en cuenta como base de la pirámide la educación prescolar.

La respuesta institucional, que implica por sí misma una voluntad política, tendrá que articularse con la vocación participativa e inclusiva de la vanguardia artística e intelectual, de manera que trascienda la fase propositiva y se traduzca en acciones medibles y concretas.

Habrá, por supuesto, quienes no entiendan o no quieran entender esto. Hablo de quienes, ya sean ingenuos o malintencionados, tratan de erosionar el papel de las instituciones y tratan de entronizar el pesimismo, el fatalismo y la anarquía como estadios inevitables.

Sin embargo, no hay otro modo de avanzar y conjurar el fantasma de la bancarrota, como no sea concertando esfuerzos y voluntades y fortaleciendo la colaboración interinstitucional imprescindible. El foro, en cuya organización desempeñó un papel aglutinador la Comisión de Cultura y Medios de la UNEAC, demostró que son muchos más los que creen y trabajan por consensuar y actuar que por dividir y retroceder.

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