¿Es posible negar la acumulación histórica de la cultura?

Melvin Sánchez Roca • La Habana, Cuba

En medio de una agenda cargada de temas que de individualizarse darían pie a la realización de varios eventos, en el Foro sobre el Consumo Cultural me llamó la atención la vindicación de algunos espacios que merecen ser potenciados como parte de la estrategia para la formación de públicos y la educación del gusto audiovisual.

Entre esos espacios se hallan la Cinemateca y los cineclubes de apreciación.

Luciano Castillo, actual director de la Cinemateca de Cuba, resaltó la pertinencia de una política comprometida con el patrimonio cultural del cual forma parte el patrimonio fílmico. Una institución como la que dirige es un lujo en cualquier parte del mundo y recordó cómo sus compañeros de generación se formaron asistiendo a los programas de la sala del Vedado, que tuvo extensiones en casi todas las capitales de provincia.

Fue interesante conocer, además, que el movimiento de cineclubistas, contra viento y marea existe. Lázaro Alderete, presidente de la Federación Nacional de Cine Clubes, informó acerca de la existencia de agrupaciones de este tipo en varios territorios del país. La experiencia de Las Tunas, con su evento anual denominado Cinema Azul, es una prueba del alcance que pueden tener los debates sobre películas en el entorno comunitario, lo cual no debe menospreciarse.

Estas formas de socializar valores estéticos y culturales cuentan todavía como opciones para la formación de públicos y el disfrute inteligente de las producciones audiovisuales. 

En consonancia con la irrupción de la computación, también vale considerar el proyecto que la Asociación Hermanos Saíz, con el apoyo del ICAIC y la colaboración solidaria de la organización italiana ARCI, ha implementado en su sede nacional y en las Casas del Joven Creador, al disponer de un banco de 200 filmes de diversas nacionalidades y épocas que pueden ser descargados en dispositivos extraíbles de manera gratuita.

No caben dudas, sin embargo, que los patrones de consumo han sufrido un proceso de cambios. Aunque ver películas en salas y pantalla grande resultará siempre una irrepetible aproximación al cine, se va imponiendo el consumo individualizado a partir de circuitos donde las jerarquías culturales se difuminan.

El gran reto asumido por la mayoría —no todos, como veremos más adelante— de los participantes apuntó a la necesidad de que esas jerarquías se atemperen a la dinámica de la circulación y recepción de la producción audiovisual que se derivan de las nuevas tecnologías de la información.

No comparto por tanto la sensación del profesor de la Facultad de Medios del Instituto Superior de Arte, Gustavo Arcos, de que en las exposiciones sobre la Cinemateca, el cineclubismo y los programas de promoción se estaba aludiendo a un pasado. En su comentario al panel que trató esos temas, Arcos dijo que esas instituciones y programas no tenían en cuenta las referencias y prácticas culturales de jóvenes para los cuales El acorazado Potemkin nada significaba y se sentían más atraídos por The Matrix. Manifestó que la juventud no tiene interés por los clásicos, pues consideran que no les aporta nada a su conocimiento ver determinadas películas, pues las aprecian como algo anacrónico y ajeno a su gusto y percepción.

Esos planteamientos fueron refutados por varios participantes, entre ellos el profesor y crítico holguinero José Rojas Bez, quien argumentó cómo no podía ignorarse la acumulación histórica cultural, en tanto suponía la negación de la memoria. Al respecto se preguntó si era posible, en literatura, prescindir de Cervantes o de Shakespeare. La misión del pedagogo, afirmó, es motivar a los educandos para que la experiencia histórico-cultural les sea atractiva. Hay que visibilizar lo representativo de cada época

Entre otras ideas defendió la idea del cine como arte sin negar en lo absoluto la función de entretenimiento, y descartó como improductiva la separación generacional entre un gusto joven y un gusto viejo, porque lo que valen son los conceptos.

El joven crítico y promotor Reinaldo Lastre explicó cómo el patrimonio fílmico, comenzando por las películas de la era silente, debe ser transmitido con inteligencia y tener impacto en los jóvenes: “Estamos en la obligación de alentar este interés educativo”, expresó, y para ello deben dinamizarse los procesos de promoción y difusión cultural entre todos los que deben incidir en la formación del gusto y la programación audiovisual. Manifestó que sería provechoso hallar vías para reformular la promoción y circulación del llamado cine de arte. “No es posible renunciar a la lucha por formar mejores personas”.

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