Situación estética, creación, comunicación, desarrollo social

José Rojas Bez • La Habana, Cuba

En la actividad artística y, de modo más general, en toda situación estética vivenciada a plenitud, los seres humanos se ven compelidos, “tensados” a desplegar sus habilidades sensoriomotoras en compañía de la reflexión y las emociones, de la libre investigación y el ensayo. De modo superlativo en ciertos movimientos contemporáneos que solicitan la participación o colaboración creadora.

Tampoco se pueden ignorar los nuevos retos planteados por la interactividad de ciertos programas informáticos y de diversas modalidades del actual intercambio massmediático.

La función comunicativa del arte, inseparable a la creatividad conlleva el enriquecimiento de la personalidad y el desarrollo social, al implicar el perfeccionamiento de las habilidades y capacidades generales de comunicación, entendiendo siempre como tal el establecimiento de vínculos dialógicos con el vasto universo de temas, problemas y formas expresivas de los distintos seres humanos. De manera específica incumple, claro está, al desarrollo del lenguaje propiamente dicho o de los múltiples lenguajes, en sentido amplio, de las artes; todo lo cual se produce aún en los casos de disfrute o realización solitaria de la obra.

Todo ello no ha impedido para que las funciones comunicativa y cognoscitiva del arte hayan sido controvertidas (para ensalzarlo o rechazarlo) desde la Antigüedad; y  ha ocurrido frecuentemente, sobre todo en dictaduras y diversas instituciones totalitarias como algunas religiosas o iniciáticas, su degradación a simple medio de propaganda y agitación pública, y en algunas malas didácticas una escuálida reducción a medio o material didáctico.

Bien conceptuado y realizado, el arte nos brinda una experiencia y un saber inalcanzables por otras vías. A veces emula y siempre complementa al saber y la experiencia religiosa, filosófica, espiritual de toda índole. Nos proporciona conocimientos sobre nuestros más hondos procesos espirituales, sobre aspectos concretos del saber y sobre los propios lenguajes, creaciones y posibilidades expresivas de los hombres; sobre velados secretos del universo y sobre los fenómenos más cercanos y cotidianos.

Y gracias a su función lúcida, el hombre, que es homno ludens, hombre que juega (como los mamíferos y otros animales), encuentra, expresa y desarrolla múltiples impulsos, tendencias y disfrutes.

En gran medida toda obra de arte lleva implícito el juego, el libre juego de fantasías, reglas, habilidades,  procedimientos, la libertad, desenvolvimiento  de habilidades e ingenio dentro de la reglamentación y la meta, y la libertad creadora también para transgredir las reglas y cánones estrechos, obsoletos e inoperantes, lo mismo en su proceso creativo que en su apreciación y participación consumidora. Indisolublemente unida, como todas, a esta función lúdica, se halla la función hedonística, la del placer necesario al hombre, la del placer enaltecedor asociado a los libres (y a los no tan libres) rejuegos de la actividad artística.

Una simple ojeada panorámica sobre estas propiedades y funciones del arte (creativa, comunicativa, cognoscitiva, lúdica, placentera) nos vislumbra su importancia en nuestra era de continua espectaculización de la vida, con directrices empobrecedoras por exageradas, totalizadoras y niveladoras de espiritualidades, pues nadie niega la conveniencia del buen espectáculo y de una buena dosis de espectáculo en la vida. En verdad, no todo espectáculo es arte ni cuenta con las riquezas estéticas y espirituales del arte, más todo arte si es espectáculo, realizado para la expectación y el disfrute estético, espiritual.

Ha de subrayarse similar correlación entre el arte y los medios de comunicación. No se trata de que los medios se conviertan ni realicen continuamente  obras de arte. Inconveniente e imposible sería, dadas sus funciones y propósitos sociales. Pero si convendría mayor atención a la esteticidad general (lo genuinamente dramático, bello, cómico, sublime) en los medios y, en particular, una mejor participación y selección de lo genuinamente artístico (fílmico, teatral, musical, literario) en ellos.

En el nuevo milenio se puede optar por el Apocalipsis o  la lntegración, pero se puede participar de ambas tendencias a la vez o no adscribirse cabalmente a ninguna de ellas y, al menos hoy, el dilema parece no ser tan obligado ya, si en verdad lo fue alguna vez.

¡Pobre de la cultura oral que aspire a la destrucción del libro impreso; y pobre de la cultura impresa que añore la destrucción de la electrónica y la digital! La galaxia de Homero y los rapsodas, la de Cicerón y los grandes oradores, y escritores estilistas, la de Guterberg, Marconi, Von Neuman y otras más, pueden convivir y colaborar enriquecedoramente entre sí.

¿Quién impide que se pueda buscar una nueva integración cualitativamente distinta con los avances informáticos y tecnológicos rompiendo sus ataduras socioculturales dominantes; o, lo que creemos más factible de inmediato, conjurar la supuesta inevitabilidad del dilema gracias a vías alternativas que no ignoren ni rechacen las nuevas tecnologías y medios, sin someterse de lleno a los derroteros ya dominantes?

Las corrientes humanistas para el uso de Internet, el cine independiente, o el arte pobre o el underground, por ejemplo, pudieran andar por ahí. Mas, hagamos un paréntesis.

En su negación del poder detentador e inhumano, las corrientes alternativas hallarían mal remedio ufanándose y autolimitándose a sí mismas mediante la negación de las virtudes de los medios, las artes y las técnicas “de punta”. Las innegables razones de ser y de  comportarse alternativamente no pueden conducir al soterramiento de cabezas y miradas. Entre otras penas, se entronizaría, mucho más temprano que tarde, el conformismo estéril o una exagerada autoconciencia de pobreza y vulnerabilidad.

Se puede poner como ejemplo los medios o el arte pobre en recursos, como cierta plástica o el cine de bajo presupuesto. Puede ser tan rico en valores como el de mayores recursos, pero ni puede aspirar a que todo arte sea pobre, ni consagrarse como el único que se corresponde con determinada sociedad. Su enorme validez no tiene que asentarse en la invalidez de otras corrientes y modalidades. Se puede empezar con la pobreza y el bajo recurso, sacar el mayor partido a lo poco, pero no hay por qué renunciar a la esperanza ni las posibilidades de lo mucho.

Ante todo, hay que prevenirse contra ensueños vanos e ignorancias histórico-culturales sabiendo que, sin estar necesariamente de acuerdo con que “el medio es el mensaje”, la tecnología impone siempre ciertas reglas o condiciones y todos los progresos han tenido lazos espinosos que las generaciones posteriores se encargan de desbrozar.

Si solo una escasa minoría de egipcios y mesopotámicos dominaron la escritura y la ciencia de sus templos, ello no significa que la escritura no fuese un avance; como también lo fue el alfabeto sumerio seguido por el fenicio y, mucho más tarde, la imprenta, aunque ni la lectura ni la adquisición de libros fue privilegio de todos los seres vivos en el Renacimiento.

El verdadero problema, uno de los verdaderos grandes problemas, consiste en cómo llegar a poner la tecnología, incluyendo los actuales medios de comunicación y de desarrollo cultural, en función de la humanidad entendida como mayoría y, mejor aún, como totalidad de los seres humanos. Un pueblo y un estado que lucha por el bien de todos no es el que se debate entre el Apocalipsis o la Integración sino el que busca una integración democrática y humanista de sus factores positivos a la vez que provoca un Apocalipsis, sí, pero de las instituciones y fuerzas manipuladoras y alienantes, lo mismo en las estructuras sociopolíticas que en las tradiciones y supuestos socioculturales y en el desarrollo personal.

El complejo ámbito de problemas bosquejados demanda complejas y multidireccionales vías reflexivas, críticas y educativas; entre ellas, asumir la necesidad o, al menos, la conveniencia de una preparación integral para la audiovisualidad, una formación audiovisual amplia y rica que atienda las diversas manifestaciones, desde las más antiguas  (bardos, teatro) hasta los más modernos medios (cine, televisión, video): un saber y una actuación que reflexionen y enseñen, que entrenen y formen disposiciones y hábitos de conducta capaces de discernir las satisfacciones (y las limitaciones) de los medios y las artes.

Al unísono establecer una urgente y compensatoria atención a la naturaleza, una reflexión que contribuya a que el hombre valore positivamente su entorno natural (incluyendo al propio cuerpo) y comparta su tiempo y su vida entre lo natural y lo massmediático.

Para alcanzar tan deseable fruto, concierne (no obstante los tan mal manejados discursos postmodernos antisistémicos y antirrelatos-históricos) arrancar desde un sistema conceptual naturaleza-artes-medios-audiovisualidad hondo y riguroso, nunca rígido ni normativo, favorecedor del conocimiento, el disfrute y el trabajo creativo en cada medio específico considerando sus vínculos con los demás medios y toda la cultura. Se desee o no, llegamos a la era de Internet, esa red capaz de enlazar los más diversos puntos geográficos con los más disímiles medios y expresiones; la red capaz de transmitir la televisión que a su vez es capaz de transmitir filmes, conciertos o recitales de poetas.

Se aprecia un sistema o, mejor para evitar los prejuicios y ser más exactos y realistas, una mirada generalizadora sobre los modernos mass media, en sus interacciones con los más tradicionales y los diversos contextos vitales de los espectadores o públicos.

Se impone extender e intensificar nuestra mirada y desarrollar un pensamiento sobre y una praxis (creativa, crítica, pedagógica) de lo audiovisual y, en lo posible, de todas las artes y los medios; teoría y práctica capaces de transcender, sin eliminarlas sino respectándolas y hasta potenciándolas, las parcelas escénicas, cinematográficas, del video, la televisión; avizorando lo massmediático, lo general junto a lo singular y particular, siempre en un enlace dialéctico con la naturaleza y la sociedad y sus proyectos vitales.

Dicho de otro modo, no  se puede entender y actuar en nuestra sociedad y cultura al margen de las artes, los espectáculos y otros usos del tiempo  libre (y no libre); ni concebir a la audiovisualidad ni a los modernos mass media, al margen de ninguna de las manifestaciones con que se vincula: desde la primitiva oralidad-gestualidad (bardos, declamadores, cuenteros), pasando por el teatro más clásico y sus congéneres escénicos, hasta los más modernos  medios electrónicos, incluyendo Internet.

Tampoco es válido soslayar las posibilidades de su relación con la naturaleza, medular y compensatoria, en un mundo que no puede vivir al margen ni de los avances tecnológicos ni de la naturaleza, en una rica dialéctica de asunción de lo uno en lo diverso y de la diversidad en la unidad, necesaria para la formación de un hombre íntegro y lleno de valores, con una espiritualidad superior.

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