Televisión:

¿Derrotada por las nuevas tecnologías?

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

A finales del siglo XIX, con el surgimiento del cine, hubo un grito unánime: “¡Murió el teatro!”. Años después  cuando nació la televisión se apostó por el adiós al cine. Ahora con el desarrollo de nuevas tecnologías no faltan quienes aventuren la defunción de la televisión. No lo creo: con cine, radio y televisión el teatro sigue existiendo, y en el caso de Cuba, con un auge actual para tener en cuenta. Por supuesto, el teatro de hoy no es igual al que se generó en la época griega ni en la isabelina, pero es TEATRO. Incluso,  mañana podemos disfrutar en una computadora un estreno londinense de hoy, aunque  nos perderíamos esa comunicación única que se establece entre los actores en el escenario y su público en la sala.

Claro ese galope tecnológico apabulla y mete miedo, por lo menos a una parte de los seres humanos adultos y racionales. ¿Hasta dónde llegarán las inteligencias artificiales? ¿Dónde está la razón: en los que apuntan que los videojuegos son inofensivos o aquellos que dicen que hacen daño? Existen investigaciones que avalan una u otra posición, incluso no faltan quienes aseguren que nuestros padres no fueron asesinos aunque jugaron a policías y ladrones, dispararon con pistolas de palo o con algunas portadoras de balines plásticos, un símil de matar en una computadora.

Lo real es que nadie puede parar ese desarrollo, pero tampoco nadie puede decir que los videojuegos o las series son beneficiosas per se: ningún producto cultural, sea en una sala de teatro o en un audiovisual enviado a un móvil, es inocente. Quien escribe un drama persigue un fin y el que hace un audiovisual también quiere conseguir un objetivo. Sería ingenuo negar lo que influye en la formación del gusto. Un elevadísimo por ciento de lo que se consume hoy en Cuba en  lo audiovisual (filmes, muñequitos, series, musicales, videos clip…) proviene de EE.UU., con sus patrones de vida que poco tienen que ver con los ideales de justicia y equidad que forman parte del proyecto social cubano. ¿Sobra decir acaso que no hubo tal fin de las ideologías, como anunciaba Fukuyama, y que hoy el debate es más abierto y cruento que dos décadas atrás?

Pienso que en esta vorágine de producción audiovisual y radiofónica, la televisión y la radio de servicio público pueden y deben jugar un importante papel de esclarecimiento y confrontación. Tanto en un medio como en otro deben existir espacios en los que los ciudadanos puedan escuchar opiniones, incluso divergentes, sobre lo que en ese momento haya alcanzado la cumbre en el famoso You Tube o en series, musicales, noticias… que circulan en el mercado audiovisual, también conocido popularmente en Cuba como “el paquete de la semana”.

La única forma de coexistir con el desarrollo tecnológico es utilizando sus bondades de una forma crítica. Una excelente serie transmitida por nuestra televisión debe llevar aparejada una promoción acorde con sus valores, que incluya una explicación crítica de lo que verá el telespectador. No son pocos los buenos filmes que pasan por nuestra pantalla sin que tengan, al menos, una adecuada divulgación.

Pero si me he referido al cine específicamente, no es porque excluya espacios de otro carácter, de esta necesidad de “venta” del producto.  Hace un tiempo Eduardo Vázquez era guionista y conductor de La isla y el tiempo, un excelente espacio sobre Historia, que se transmitía por el Canal Educativo. Es de los programas que no sólo necesita promoción, sino que no es difícil hacérsela porque además de bien hecho, tiene ingredientes que pueden despertar el interés de televidentes no aficionados a la historia. Pero nunca vi una buena divulgación acerca de los temas variopintos que abordó Vázquez.

Así sucede con propuestas musicales o dramatizadas, que deben tener una promoción directamente proporcional a la calidad de lo que se exhibirá, mucho más si son realizadas en Cuba. Creo que la acertada y buena publicidad es la forma más viable de convivir en una era de consumo cultural que te permite ver en tu televisor o en tu computadora, con pocas horas de diferencia, el estreno en Japón o Francia de un filme, un concierto o un partido de fútbol.

A esta altura del juego satanizar las nuevas tecnologías es tan peligroso como beatificarlas. No son ni Lucifer, ni Dios: depende de quién las use. Contra quienes ven cercano el fin de la televisión, pienso todo lo contrario: una propuesta responsable, por tanto culta y diversa, es una manera de enrumbar el consumo cultural del audiovisual por caminos que contribuyan al enriquecimiento espiritual de los seres humanos.

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